Señor gato.
O Don Gato.
Quizás simplemente gato.
Nunca me propuse ponerle un nombre, de pronto lo tiene, pero mi madre ya no puede decírmelo.
Es imposible que los muertos hablen.
Tal vez yo pueda hacerla hablar, pero ahora…
Siempre ha sido algo difícil hablar con mi madre. Me comenta lo necesario, es una relación de beneficio mutuo, así que no hay mucho de que quejarse.
- Ya te traje la comida, gato
¿en dónde se habrá metido el gato ahora?
Hasta el momento no ha llegado a perderse ni un solo plato de su comida, traída de las raíces de la naturaleza humana.
- Vamos, sabes que este es tu plato favorito.
Es una comida que debe ser ingerida de inmediato, pues se pudre en un instante.
No me molesta si no se lo come el día de hoy.
Total; hay más de donde salió esto.
Hay en abundancia.
No para todos, o esa parece ser la impresión.
- Vamos gato, eres uno de los privilegiados para este tipo de comida. ¿Vas a desaprovecharla hoy?
Un alimento que puede ser recolectado de las miradas. La comida de hoy la encontré en el colectivo camino a casa, por lo que debe de ser de muy excelente calidad.
Los ojos curiosos llenos de avaricia y deseo, queriendo descubrir que hay más allá de las cosas, así es como han descubierto muchas cosas.
Eso, miren.
Sigan mirando.
Que las larvas seguirán creciendo hasta convertirse en gusanos.
Eso suena a una comida digna de personas a la alta clase.
- ¿Renunciaras al derecho de comer hoy, entonces?
El olor pestilente de su hocico puedo reconocerlo a kilómetros de distancia. Esta aquí. Con unos calcetines en sus patas. Ah, no, simplemente cambio el color de su pelaje debido a la edad.
- ¿Qué es hoy? –pregunto al fin el gato.
- Miradas mientras estaba en el bus.
- ¿Otra vez? –reprocho el gato-. Si hace dos días comí lo mismo.
- Lo sé. Pero que se le puede hacer, es algo de lo que abunda todos los días.
- ¿No podemos dárselo a –ellos-?
- Ya se lo hemos dado muchas veces últimamente, puede que los esté afectando.
- A mí también me afecta –protesto el gato.
- Ya, pero tú vives con ello cada día. –Ellos- tienen otras creencias, viven diferente a nosotros.
- Uno más, uno menos. Realmente que importa, la gran mayoría son así.
- Y es por eso que tú estás acabando con todo esto.
- Pero ya hasta me ha salido más panza –refunfuño el oscuro gato-. Así perderé mi estatus.
- En cuanto terminemos con esto volverás a tomar forma. Además, piensa, se te vera como un héroe cuando termines.
- Pero ya he comido mucho de lo mismo y nada que termina, quizás no quiero que se me vea como un héroe, tal vez ni llegue a disfrutar de sus beneficios.
El plato está servido. No me importa si no come, preocupa que haya es en abundancia.
Su pestilente aliento lleno toda la sala. Olores nauseabundos, recuerdos desagradables, momentos inaguantables. Al final el gato accedió a comer por su pizca de… ¿humanidad?, pero es un gato en realidad.
De su gatoniedad.
¿Los gatos pasaran por lo mismo que en el bus de regreso a casa?
Lo dudo, ellos no tienen bus para transportarse.
Eso es injusto con ellos, tal vez quieran viajar lejos de aquí como nosotros. Pero no todo se puede tener. Sin embargo, hay cosas que no quisiera que nadie tuviese en este pueblo.
Desde la muerte de mi madre, me pregunto como me consideraran a mí. La hija de la más grande bruja que ha existido. Es una pena que haya muerto.
Pero la muerte no es una pena. Los sucesos lo son.
En fin.
Medias largas, una mini falda. ¿No es algo pronto para una niña como tú?, es lo que suelen preguntarme cada día que me ven con estas ropas. Jum.
Miradas desde los callejones, a través de los cristales, los despescuezados me gusta llamarlos.
Y mira tú a quien tenemos aquí. Un pequeño gato con un corbatín. La gente que lo ve piensa que es adorable, lástima que quienes piensan así ya no salen. ¿yo?, bueno, privilegios, ya sabes.
O eso dice mi padre. Cuando llega a la casa y me invita a la cocina para comer, me dice que se está esforzando mucho para sacarnos adelante, así que sí. Son privilegios.
Pero ahora, lo más importante que tengo frente a mis ojos. Un gato con un corbatín. Su mirada se mantiene atenta y sus orejas siempre alertas decantan que saben de mi presencia, pues bien, su lomo erizado no deja que se me acerque.
Su nariz inquieta cede ante mis olores, sus ojos se postran en unas montañas lejanas, vírgenes para la buena suerte de la humanidad. Se siente atraído, es verdad, la comida de mi gato deja una fuerte presencia.
No parece haber comido por un buen tiempo. Su corbatín, amarrado con fuerza, deja ver los días de precariedad por las que ha tenido que pasar este gato. En antaño, por su porte, llego a gozar de grandes ventajas.
- De todas formas, no me quejo de la vida que ahora llevan mis ojos.
- Hace dieciocho años que mi madre te dejo hechizado, eh.
- Me dejo viendo por siempre, o lo que dure esta vida, en lo que me atrapo de ella.
- Tendrás hambre, me imagino.
- Estoy comiendo en estos momentos –confeso el gato.
Prefiero seguir con mi camino, total, como ese gato hay muchos sin necesidad de ser aquellas cositas peludas. Son más animales.
El aire siempre ha jugado una mala pasada, por lo menos para mí, los demás residentes de este pueblo no se quejan, no de esto. Hicieron un complot para que días venteara más y así dejarlo en las leyes para nosotras.
Con libros en las manos, un ceño fruncido, vestida a como el aire beneficie más a la gente poderosa, pero con sus pirciengs a la vista. Eso irónicamente evadía los ojos, se ponían tensos; incluso de mal humor.
“Bruja”, le suelen gritar.
¿Así llamarían a mi madre cuando vivía acá?
- ¡Pues tengo dos!, ¿qué más quieres que haga?, esa es mi naturaleza.
Alcance a escuchar sus gritos protestantes. Su apariencia, aunque ruda, en su voz refleja la ternura con la que está obligada a mantener en secreto. No es que nadie la merezca, ese tipo de cualidad nunca han sido bien vistos en una sociedad donde se asustan por el tacto humano.
Solo escuche el chillido del hombre en forma de respuesta y prefirió seguir su camino, no hasta gritar un gran “bruja” en toda su cara.
Sus rasgos iracundos, con los pómulos contraídos, el entrecejo fruncido y la mandíbula tensa; eso aparentemente frente a ella. Aparentemente. Pero la realidad es otra.
Sí, ella es una bruja.
Entonces mi mamá también lo fue.
Fue la primera de muchas que siguieron sus pasos.
El refugio, lleno de remaches y tablas podridas; con estantes quebrados y las paredes quemadas. Un signo protestante. Una suerte que a duras penas se puede gozar.
Aquél lugar lo construyo mi madre.
En una noche helada y traicionera. Sin luz de la luna, pues la había abandonado desde el momento de su nacimiento.
¿cómo llego a tener todo su poder?
Por su cuenta, por algo es la más poderosa bruja.
Pero tuvo ayuda, cuando existían…
Ni una sola mano de ningún hombre puso alguna de todas las tablas que sostienen el lugar.
¿Quién será la chica de los pirciengs?
Será como mi madre…
Oh, el fuego…
- ¿Si?, pues me iré en mi escoba y que tan a gusto estaré volando con ella. Ya quisieras tú poder tener ese privilegio, ¿o me equivoco?
El señor simplemente no respondió. Aunque su mirada ya estaba satisfecha, otra parte por sus pirciengs le incomodaban. Oh.
El gato a mi lado rechisto.
- Así era ella –comento tratando de acomodarse su corbatín.
- Lo sé, después de todo de vez en cuando me llegan sus recuerdos.
- No pensaba que eso fuera posible.
- Cosas de brujas.
Tuve el acompañante a mis espaldas durante todo el camino. Subía a mi hombro cuando sentía la presencia de otro hombre, tan intimidante como lo llego a ser él antes de su hechizo.
- Hoy me doy por bien servido –pronuncio maullando a la luna.
Su pescuezo rodo por toda la cocina. Ciertamente tengo las manos de “mantequilla” cuando tratan de estas cosas.
- Siguiendo los pasos de tu madre.
Don gato quien recibió la comida sin rechistar termino por hacerme compañía toda la noche hasta terminar con mis asuntos.
- ¿y tu escoba? –pregunto discretamente.
- He tenido tanto estrés últimamente que no he tenido ganas de utilizarla.
- Se te nota lo tensa que has estado.
- Reunir tu comida no es nada fácil.
- Ya, pero eso puede alivianarte con el estrés.
- Mañana cuando todo termine lo hare.
El gato camina con cierta incomodidad, su corbatín de vez en cuando se tropieza con sus cortas y ásperas patas. Anda dando trompicones a grandes distancias por el sol, hoy sí que está calentando, mucho más de lo habitual.
Un árbol. Ese va a ser su refugio durante toda la tarde. Pero es ubicado estratégicamente, pues frente a este vive alguien la cual es la razón del porque hoy el sol esta tan brillante.
El día perfecto para salir y frente a ella todo se derrite. Se acomoda esperando plácidamente para poder comer y sin más me hago a su lado.
- Hoy si que es un gran festín –revelo el gato con gran ansiedad para comer.
- Este tipo de platos no se ven todos los días.
Su corbatín surgió efecto. Ay. Como es habitual; todas las mujeres quedan encantadas por la apariencia del gato, no las culpo, en cierta parte tiene un toque algo tierno haciéndolo parecer como si trabajara.
Se agacho para acariciarlo. El gato no demoro en jugar inocentemente con la tela de su falda y gracias al sol, la chica decidió quedarse toda la tarde bajo el árbol, con un tronco tosco y ramas que sobresalen por todos los lados.
Poso al gato sobre sus muslos y agradecido le dedico varios ronroneos. Se movía por todo su cuerpo, posando sus patas sobre su delicada piel. Sus almohadillas se sentías ásperas, con algo de sangre quizás, al final, la acera lastima sus almohadones.
Son las cicatrices de una vida callejera.
Ni siquiera hablamos. Ninguna de las dos emitió una sola palabra hasta que cayó la noche y fue cuando pude escuchar su voz.
El viento que jugueteaba no solo con la falda de la chica, removió los bigotes del gato, desbloqueando un recuerdo.
Era un día, así como hoy; bastante fresco, de vez en cuando las ráfagas de viento desacomodaban su cabello y un listón se mecía en el cielo azul.
Alargue la mano para alcanzarlo, pero el viento se lo llevo lejos de mí a un infinito donde muy pocas personas pueden llegar a el.
Unos gritos tiernos entumecieron el ambiente. Era ella. No conocía su pasado o en lo que se especializaba. La primera vez y ahí caí.
Los brillos en los ojos delataron en el hechizo lo que pretendía hacer con ella y el listón se amarro en mi cuello para convertirse en un corbatín.
Sin embargo, mi mirada siguió más allá. Mis babas cayeron como perro deseoso por ruñir un hueso. Pero ella. Ella.
Quien se convertiría en la mayor bruja de todas.
Fui su primer hechizo en un mundo cansado de tantas miradas.
Y así fue.
Hasta el día de hoy.
- Debo regresar a casa gatito. Mi padre me estará esperando –exclamo.
El gato le dedico los últimos ronroneos hasta que termino de acariciarlo. Se movía al ritmo de la brisa, acompasada y sin prisas, sabiendo de su juventud y sin preocuparse mucho por su belleza. Una flor que espera a retoñar.
¿en un cementerio quizás?
Don gato no tardó en llegar hasta el árbol y en su hocico traía las mezclas de la noche anterior.
- Tan bien comí en mi última cena –ronroneo el gato, más para sí que para querer hablar conmigo-. Al principio maldecía a tu mamá por haberme transformado en esto. Me costó mucho aceptar cual sería mi destino.
El viento hablo por mí y el olor que desprendían los menjurjes que realice para el gato terminaron por llamar completamente su atención.
Así olía ella.
Sin protestar, la desapacible y puntiaguda lengua del gato lamía sin cesar aquel líquido que prepare. Ligero que de comer, pero espeso de digerir. Al fin de cuentas es un gato muy querido entre las chicas.
Oh madre, lo poco que reprendiste sobre este pusilánime pueblo.
- Perderás una de tus comidas, don gato.
- Al fin. Ya me estaba colocando más gordo por esa comida.
- Pero debemos estar atentos de –ellos-. Hay que ir a verlos.
Don gato solo asintió, serio. Ambos sabíamos lo perjudicados que estarían ahora –ellos-. Esparcimos toda la humanidad hasta su pequeño rincón. Pero sigo preguntándome si ahí no existiría todo esto.
- Los despescuezados no tardaran en llegar.
- Así podré dejar mis olores nauseabundos en ellos. Hasta a mí me estaban causando un gran asco.
Pasos rústicos y pesados resonaban alrededor mía. Zapatos de charol y bien lustrados. Corbatines, un traje de esmoquin. Ellos también querían comer.
Las cuencas de sus ojos rápidamente quedaron vacías. Los gusanos, muertos de hambre, rápidamente cayeron hasta el suelo para dirigirse al desprevenido gato.
Buses pasando a gran velocidad. A parecer un trato con el conductor. Una curva rápida y todos ellos quedaban felices.
Los asientos exclusivos para ellos. Manos que se alargaban para sostenerse cuando ya los asientos se llenaban. Y bueno, no se quejaban. Ellos.
Grandes brisas que se llevaban consigo los pétalos de las rosas. Rayos de luces por todas partes. Miradas carcomidas, como cuervos acechando al animal muerto, pues más no le permitían hacer.
Sus vistas, por muy lejos de terminar, se pudren más. Manos largas y jeans ajustados. ¿Es en serio?
¿De dónde salen tantos?
¿Por qué tienen que ser demasiados?
Las especias rápidamente escaseaban y tardaría en encontrar a otros gatos como él. El ruido de los zapatos transmutaba a sucias larvas que no podían salir de esos charoles. Un nido de gusanos.
Sus cabezas caían, rodaban, sus pescuezos por fin se desprendían de ellos cayendo sobre sus propios ojos y siendo aplastados por el peso de su humanidad.
Al fin.
No demoraron en llegar los cuervos para llenar sus estómagos. Aquellos animales protectores del cielo sellaron con esta comida los vientos y así pronto los días de mini falda podrían verse liberados.
Para nosotras.
El fin para ellos.
- Don gato, ¿qué te apetece comer esta noche?
- Con lo de toda esta semana he quedado más que satisfecho –revelo el gato con suspicacia.
La mañana era fría. Mis piernas se volvían blancas por el gélido aire en el ambiente. Unas medias junto con una mini falda estarían bien. ¿por qué no?
De las grietas de las calles se asomaban los gusanos más grotescos que los cuervos no pudieron llevarse. Se arrastraban entre los escombros, se pinchaban con los objetos punzantes y de su gordo cuerpo emanaba un pus viscoso que cubrían todas las aceras.
Por turnos; descendían los cuervos del cielo para picotear el cuerpo de los gusanos. Les arrancaban su cabeza y se tomaban a sorbos su pus. Parece como la sopa especial para ellos.
Incrustan fuertemente su largo pico sobre el grotesco cuerpo de los gusanos, cuando sentían el pinchazo no hacían más que revolotear, queriendo escapar. Las punzadas de sus acciones los quemaba.
Llegaban el resto de cuervos para beber del pus, los más avariciosos se tomaban el tiempo de repasar con su pico el globo ocular de estos asquerosos seres para luego arrancarlos con tanta sutileza y saborear el tremendo manjar.
Al menos entre ellos se respetan la comida.
Animales pulcros para comer, pues no se manchaban más que sus picos a la hora de comer, para luego limpiar ese pus rebosante en un charco y volver a ascender al cielo para sellar las nubes.
¿El sol volvería a brillar y las nubes a soplar?
Espero que sí, pero cuando ellos ya no estén aquí.
Entre callejones era donde más desperdicios regados habían. Ese pus viscoso cubría las paredes alrededor, incluso en las tiendas, en el cristal de exhibición solo había larvas. Por todos lados.
Cada paso que daban sonaba como aplastaban los gusanos y explotaba todo ese pus en toda la acera.
- Hoy tendrás un día libre.
- Después de tanto tiempo por fin no escuchare esa campana en el día de hoy.
Las hojas grises caen marchitas sobre la tierra infértil. Aquel mismo árbol que la noche anterior presencio tal desagrado fue impregnado por los deseos revoltosos de unos hombres carnales. Sin más.
- ¿Qué ha pasado hoy? –preguntaba la chica que ayer estuvo alimentando al gato con el corbatín.
- Ni idea, pero gracias a esto tengo el día libre hoy de esa campana.
- Mi padre cuando vio esto se asustó demasiado –repuso nuevamente la niña de ayer.
- No deberías dejarlo salir, si es que lo aprecias.
Ambas niñas quedaron en silencio.
Volvía a pasar la chica nuevamente con sus pirciengs y libros, pero tras ella un silencio tranquilizador, ni una sola brisa y todas sentimos paz.
¿curioso?
Don gato llego hasta mí, ahora sin sus olores tan pestilentes no notaba su presencia hasta cuando se encontraba muy cerca de mí.
- Me sorprende como no te corrompiste.
- No tomes a tu madre tan a la ligera –confeso don gato-. Espero una comida rica como recompensa. Nada de eso que solías traerme, por favor –termino diciendo don gato mientras se alejaba de mí.