Su viaje eufórico fue brutalmente interrumpido por una voz femenina que pronunciaba su nombre. No muy segura y ahogada en una niebla de incertitud, perpleja, pensaba que su mente acababa de hacerle una broma. La misma llamada sonó de nuevo, con más vitalidad esta vez. Con la oreja atenta, algo interesada, Svetlana cerró el agua y se oyeron unas palabras claras: “Sveta, ¿estás ahí? Soy Masha, tu compañera de cuarto y compatriota.” Svetlana le respondió que estaba en la ducha, luego ocupada. “Sí, ya sé. Las dos chicas me dijeron que seguramente estabas aquí. Sólo quería proponerte venir a tomar algo después, cuestión de dejarlas dormir sin nuestra presencia que parece perturbarlas.” Svetlana aceptó la invitación. Le pidió esperar quince minutos, mientras se enjuagaba y se vestía. En el

