Ágata no estaba en la Torre del Alba. Prefería no estar cuando se reunían todos. No porque no pudiera. Podía entrar a ese edificio cuando quisiera. Tiberio nunca se lo negaría, pero había algo que Ágata entendía muy bien: el poder también se ejerce desde la distancia. Así que estaba en su despacho privado, en otro edificio de la organización. Un lugar más discreto, más silencioso, donde podía pensar sin tener que soportar la mirada constante de los otros jefes. La tarde estaba avanzada. Sobre el escritorio había varios documentos abiertos, pero Ágata no los estaba leyendo. Estaba pensando. Pensando en Valentina. Sus dedos golpeaban lentamente la mesa mientras organizaba sus ideas. El problema de esa mujer… tenía que resolverse. Estaba demasiado alzada, demasiado cómoda, demasiado

