Gael salió del bar sin mirar atrás. La noche estaba fría y el alcohol seguía corriendo pesado por su sangre, pero su paso era firme. El whisky no lo hacía tambalear. Solo lo volvía más silencioso. Más oscuro. Agatha salió detrás de él, como lo había hecho durante toda la noche. Sin perderlo. Desde que salieron del club de la pelea ella había estado ahí. En el bar. En la mesa. En el silencio. Observándolo. Pero Gael no le había dicho ni una sola palabra. Ni una. Ni siquiera la había mirado. Llegaron al auto. Gael abrió la puerta del conductor y se dejó caer en el asiento. El cuero frío recibió su peso mientras apoyaba las manos un segundo sobre el volante. Agatha rodeó el coche y subió al asiento del copiloto sin pedir permiso. El motor rugió cuando Gael lo encendió. No habló.

