KIERAN Toda esta semana ha sido un juego. Un truco de la mente. Cuándo llamar a Avery. Cuándo no llamarla. Cuándo enviarle un mensaje —y qué decir— y cuándo no hacerlo. Cuándo pensar en ella y cuándo no. Cuándo verla y tocarla, y cuándo contenerme. Jamás en mi vida había puesto tanto maldito cuidado en mis acciones con una mujer como lo he hecho esta semana. Quizá sería más fácil si Avery no fuera tan resistente, y yo no fuera tan persistente. Formamos una pareja extraña así. Sigo diciéndome que me aleje. Que escuche a Avery y mantenga las distancias. Y, sin embargo, no puedo evitar hacer exactamente lo contrario. Puede que no sea de relaciones, ni siquiera quiero que esto sea real, pero tampoco me he contenido jamás con alguien que deseo. Y creo que, a estas alturas, es bastante evid

