CALEB Antes de que el amanecer pueda abrir sus ojos contra el cielo nocturno, los míos se abren de golpe. Por un momento, estoy desorientado hasta que siento el cosquilleo del cabello sobre mi pecho y la cálida, suave respiración de la mujer que me abraza como una enredadera. Odio moverme. Odio irme. Pero no tengo opción en ninguno de los dos. Deslizo su mano de mi pecho y salgo sigilosamente de debajo de ella. Ella gime antes de que siquiera me mueva unos pocos centímetros, girándose, y suelto un suspiro de alivio hasta que dice: —¿Te estás escapando? —Sí —le digo, sonriendo al verla abrazar su almohada contra su pecho desnudo—. Tengo un turno temprano y dos cirugías que preparar. —Diviértete con eso. Me río entre dientes. —¿A qué hora terminas hoy con tus cosas? —Estoy en Children

