CARTER El portero llama, informándome que Elizabeth está subiendo segundos antes de que toquen a la puerta. Y cuando la veo, casi dejo caer mi teléfono. —¿Qué demonios? —gruño, acercándome y tomando su brazo sin pensarlo dos veces. Está helada. Completamente congelada y empapada—. ¡Tus labios están azules, por el amor de Dios! Comenzó a llover a cántaros hace unos veinte minutos, las cálidas temperaturas veraniegas desplomándose junto con la lluvia, y por su aspecto, ella estuvo caminando bajo el aguacero. Su cabello está pegado a su rostro, su ropa de yoga empapada y adherida a su cuerpo como una segunda piel. No me responde, y no puedo decir si es porque está hipotérmica o porque algo terrible pasó. —Elizabeth —prácticamente ladro su nombre, retrocediendo para revisarla. Sus oj

