Salvatore ni siquiera alcanzó a verla. No importó cuánto corrió en su auto, cuando llegó a la tienda no la encontró. Manejó hasta las afueras de la ciudad, esperanzado de poder detenerla. No tenía idea de para qué la quería cerca, pero no la quería con Marco. Ese hombre no podía llevarse lo que era suyo. ¡Lía Giordano era suya! Solo suya… El hombre golpeó el volante con rabia al no encontrar ningún rastro del auto de Lía, pero entonces recordó que no había ido a su casa. Ella quizá aún estaba allí, no obstante, volvió a equivocarse, por mucho que llamó a la puerta y gritó, nadie salió para intentar callarlo. Cuando volvió al centro de la ciudad, ya el cielo se había oscurecido, tanto como su corazón. El sonido de su móvil le hizo reaccionar. —Paula… “¿Dónde estás, Salvatore? No te he

