Isabelle se levantó de la silla, sentía las piernas entumecidas por el tiempo que llevaba sentada y por la actividad fogosa de la noche anterior con Leandro. Solo recordar todo lo que habían hecho encendía su cuerpo y le hacía desear perderse de nuevo entre las mieles del amor y olvidarse hasta de su nombre; sin embargo, eso tendría que esperar. No iba a desviarse de sus objetivos y cada momento tenía su tiempo. —¿Puedo pasar? Isabelle miró a Marco en el umbral de la puerta, traía dos tazas de café en la mano. —Pasa. —¿Cansada? —preguntó, sentándose en la silla. —He estado revisando el contrato que se enviará a Mazatenango. El ingeniero Mendoza espera tenerlos a más tardar mañana antes del mediodía. —¿Te hace falta mucho? —No. Ya los he firmado. ¿Quieres echarle un ojo? —Confío

