El timbre de la puerta hizo que Lía se estremeciera. Ella echó una última mirada al espejo y se levantó de la silla e ignoró deliberadamente el timbre. Recogió el desastre que había en su habitación, sin prisa y sin calma. La mano le temblaba, por lo que se obligó a relajarse. —¡Señorita Lía! ¡Señorita! Los gritos le hicieron dar un respingo. Se olvidó por completo de que los artesanos le habían prometido venir temprano para reunirse con ella. Lía se apresuró a la puerta, pero no se encontró con su gente. Si no con Victoria y su esposo Salvatore. Ella dio un paso atrás, ¿también venían a castigarla por lo que le pasó a Paula y su bebé? —Los señores la estaban buscando, señorita Lía —dijo el hombre detrás de Victoria. Lía asintió. —Gracias don Augusto. Me gustaría pedirle un favor

