—Son para la señora de la casa —dijo el repartidor, dando un paso en dirección de Isabelle. Ella dio un paso atrás, hasta que recordó que estaba en su casa y se detuvo. —La última vez que vino, le pedí que no regresara —respondió ella sin tomar las flores que el hombre extendía delante de ella. —¿De verdad? —preguntó él e Isabelle pudo jurar que escuchó una pequeña risita siendo sofocada por el casco. —Por favor, váyase —insistió, pensando en que Leandro volvería en cualquier momento. —No puedo volver… —No voy a recibirlas, esta vez no creeré que tenga que pagarlo de su sueldo y si es el caso, lo lamento por usted —espetó, para darse la vuelta y cerrarle la puerta en las narices. —Me dijiste que podía venir y quedarme hoy. Isabelle abrió los ojos de par en par y lentamente, se giró

