El aire dentro de la mansión era denso, cargado de una tensión que Valeria podía sentir en cada rincón. El eco de sus propios pasos la hacía sentirse pequeña en aquel espacio demasiado lujoso, demasiado silencioso. Alejandro la llevó hasta una de las habitaciones del segundo piso. Era elegante, pero fría, como si nadie la hubiera ocupado en mucho tiempo. —Quédate aquí. Estás segura por ahora —dijo con un tono autoritario. Valeria cruzó los brazos y lo miró con desafío. —¿Por ahora? No puedes retenerme aquí como si fuera tu prisionera. Alejandro sonrió de lado, con esa maldita calma que la sacaba de quicio. —No es una prisión. Es protección. Créeme, prefiero que seas libre… pero hay gente que quiere verte muerta. Valeria sintió un escalofrío recorrer su espalda. Era la segunda

