Vera. Presente.
Hay cosas que el cuerpo no olvida aunque la mente lo intente.
El olor de Praga en octubre es una de esas cosas. No el frío genérico del invierno —eso llega después, en noviembre, con sus propias reglas—, sino este frío particular de octubre que huele a piedra mojada y a historia que no ha tenido tiempo de secarse. Cuando bajé del tren y el aire me golpeó la cara, algo en mis pulmones dijo reconozco esto antes de que yo pudiera decidir si quería que lo hiciera.
Noa lo habría amado. Noa siempre lo amó.
Me dije durante tres años que volvería cuando estuviera lista. Lo que nadie te cuenta sobre el duelo —el duelo real, el que no resuelves en ningún tiempo razonable— es que la disposición no llega. Solo hay un punto donde te cansas de esperar y compras el tren de todas formas.
Compré el tren.
Y Praga me recibió como recibe todo: con la paciencia de quien lleva siglos viendo llegar y partir, registrando sin juzgar, guardando lo que pasa entre sus piedras con la fidelidad silenciosa de los lugares que saben que la memoria importa.
Lo que yo sabía al llegar: el informe oficial mentía. La temperatura corporal de Noa no coincidía con el tiempo de exposición. La posición en que la encontraron no era consistente con ninguna caída natural. Sus zapatos nunca aparecieron. Y había un testigo que la policía descartó por "estado alterado" sin especificar en qué consistía ese estado.
Cuarenta y seis páginas de preguntas sin respuesta.
Lo que no sabía: que las respuestas existían en una capa del mundo que ningún informe oficial puede documentar. Que Noa no estaba muerta. Que yo tenía una fractura en mi existencia que el mundo sobrenatural llevaba tres años oliendo desde lejos. Y que la primera mañana en Praga, en el punto exacto donde habían encontrado a mi hermana, iba a haber alguien esperándome.
No para amenazarme.
Para decirme la verdad.
Lo que también desconocía —lo que ninguna versión previa de mí habría podido anticipar— era lo que ese alguien iba a hacerle a todo lo que creía que era.
Ahora sí lo sé.
Y si pudiera hablar con la Vera que bajó de ese tren con la maleta y el expediente, le diría esto: el mundo tiene más capas de las que puedes ver. La persona que va a cambiar tu manera de existir en él no se parece a nada que hayas esperado. Y las decisiones que tomas sin saber que las estás tomando son las que más pesan.
Que hagas lo que hagas, no huyas del puente esa primera mañana.
Quédate.
Deja que te diga su nombre.
Lo demás se construye solo.