Jinny
Debajo está ubicado bajo un resort, algo que olvidé hasta que Toro estaciona al costado del hotel y me conduce a una entrada trasera.
El local subterráneo fue popular en su momento, pero ha visto días mejores. Aun así, se llena los fines de semana largos del verano, como todo en la isla.
Toro habla con seguridad en un español acelerado y le abren paso sin hacer preguntas.
—Llame cuando esté lista para ir a la villa—, insiste, metiéndome una tarjeta en la mano mientras me cuelgo el bolso cruzado al hombro.
Lo despido con la promesa de que lo haré.
Cuando se va, me giro para inspeccionar mi espacio.
Todo es industrial: n***o y cromo. Barras a ambos lados, el escenario al fondo de la pista. Cabinas rodean la zona de baile. Arriba, una pasarela envuelve el lugar en forma de balcón y cruza el centro, parcialmente oculta por un muro bajo y n***o; seguramente zonas VIP.
Dos hombres trabajan detrás de la barra, preparándola para la noche, mientras otro mueve cajas con un carrito. Ninguno me presta atención. La capacidad es de dos mil personas, aunque ya no convoca tantas.
Aun así, es mejor de lo que esperaba y, durante el próximo mes, este lugar es mío.
A pesar de lo terrible que ha sido este año, esta noche es el inicio de algo mejor. Puedo sentirlo.
—Maldición.
Doy un salto ante la voz femenina antes de que una mujer se enderece detrás del montaje de consolas y equipo de sonido en el escenario.
Cuando me ve, entrecierra los ojos.
—Las puertas no abren hasta dentro de doce horas.
—No soy turista. Mezclo esta noche. Jinny Morales. Little Queen—, añado, usando el nombre artístico que elegí hace años por su parecido con mi nombre real y porque me dio una identidad sobre la cual construir.
La mujer tiene el cabello rubio corto con algunas canas; ronda los treinta y tantos, es delgada y lleva un vestido verde de verano. Un duende astuto y bronceado.
—Leni. Dirijo el club.
—Y eres estadounidense—, digo, notando el acento.
—Hawái. Isla Grande. Nacida y criada allí.
Subo las escaleras al escenario y luego me giro para contemplar los elegantes reproductores Pioneer negros flanqueando la mezcladora más reciente. Una vida entera de sueños convertidos en botones y perillas que ponen el poder en manos de una sola persona.
—Lo remodelaron—, dice ella, notando mi apreciación. —Estoy tomando el control de la gestión anterior el tiempo suficiente para devolverla a la vida.
—¿Devolverla?
—Todos los clubes son mujeres. No creas que un hombre podría contener tanta pasión o euforia. O tantos secretos. Ella ha pasado por una mala racha—. Leni palmea la consola, pero su mirada cómplice se posa en mí. —Te suena familiar.
Me tenso, apretando con más fuerza la correa del bolso.
—Llamar públicamente al jefe de Echo Entertainment en r************* fue una estupidez—, continúa Leni, cruzándose de brazos.
—Una mujer fue agredida en su local la noche que yo estaba tocando. Nadie del club ni de la organización asumió responsabilidad—. Me encojo de hombros. —Alexander Cross es el dueño de la empresa.
—¿Conocías a la mujer que fue agredida?
—No personalmente—. Levanto el bolso y lo dejo en un espacio libre.
—Déjame adivinar: desde entonces, los clubes que antes te buscaban ahora no quieren tocarte ni con un palo.
Miro alrededor de forma deliberada.
—Este sí lo hizo. Pronto los demás se darán cuenta de que exageraron.
Saco mi computadora portátil y reviso dentro del bolso, recordando que mis vestuarios también iban en la maleta documentada.
Mierda.
—¿Valió la pena? —pregunta ella.
—Sí—. Mi mirada se clava en la suya. —La gente debe rendir cuentas por sus actos. No me importa cuánto dinero tenga Alexander Cross. Ni lo guapo que sea. Ni lo grande que tenga el pene.
Su sonrisa lenta es felina.
—Eres la única. Los paparazzi lo persiguen. Las modelos se le lanzan encima. Construyó un imperio del entretenimiento que la mayoría de los magnates en su lecho de muerte envidiarían, y lo hizo sin una sola cana.
Tiemblo. Por la falta de sueño, no por recordar lo que se sentía estar a un suspiro de ese hombre.
—No ha habido noticias sobre él en semanas.
—El rumor dice que está escondido—, responde Leni. —Tal vez heriste sus sentimientos.
—Eso requeriría que tuviera sentimientos.
Leni sonríe con sorna y me tiende un cable de red.
Abro la laptop y presiono el botón de encendido, pero la batería está muerta.
Genial.
—No volveré a tocar en ninguno de sus clubes mientras viva—, digo, más para mí que para ella.
Saco el cable de alimentación y el adaptador del bolso. Antes de poder alcanzar la regleta del otro lado del escritorio, una voz británica, suave e imposiblemente masculina, resuena desde arriba.
—Qué lástima. Porque el contrato que firmaste dice que, durante el próximo mes, eres mía.