Capítulo 12

1814 Words
Jinny Tal vez podría soportar acostarme con alguien. Pero me relaciono con tipos más propensos a vender sus pertenencias para una entrada a un festival de música indie que a contar el dinero de sus conquistas internacionales. Incluso si mi cuerpo piensa que el hombre sería una hermosa distracción, está equivocado. Estoy aquí para hacer este trabajo. No para follar con él. Después de despedirme de mi prima, cuelgo y cruzo hacia donde Ash está estirado en el sofá viendo deportes. —¿Qué es este lugar, el cuartel general del Club de Multimillonarios Británicos? —murmuro. —Encantador. Pero soy un futuro m*****o, no uno actual. Su sonrisa es contagiosa mientras señala el sofá a su lado. Caigo en el lugar, todavía sudada por mi carrera. —Te dije que te quedarías —se jacta—. ¿Confío en que mi hermano te convenció? —No exactamente. Llegamos a un nuevo acuerdo que funcionó para todos. ¿Por qué estás aquí? ¿No tienes un hotel? —Me estoy quedando en una villa con chicos de mi club. Aunque una vez que pasas toda una temporada con un grupo de idiotas, ya has tenido suficiente de ellos al final. —¿Entonces por qué viniste a Ibiza con ellos? Ash frunce el ceño. —Uno de los veteranos está tratando de poner al club en mi contra. Tenía fama de ser perfeccionista cuando me reclutaron. Me sirvió bien toda mi vida, pero al parecer a mis compañeros no les gusta que aplique mis estándares a ellos. Es como la maldita escuela secundaria otra vez. —Por esto nunca hice amigos en la secundaria. —Cuando Ash comienza a levantarse del sofá, lo tiro hacia abajo. —La gente decide lo que quiere de ti. Tienes que demostrarles que están equivocados. Él extiende su café. —Prueba esto. Natalia lo consiguió. —Natalia no lo consiguió. Yo lo hice. Ash inclina la cabeza. —Brillante chica estadounidense. Alexander entra, mirando entre nosotros. La tensión en su rostro se profundiza. —¿Ustedes dos están tirados todo el día? Ash pone sus manos detrás de su cabeza. —Solo esperando a que vengas a juzgarnos. Su hermano le lanza una mirada que podría congelar un volcán activo antes de mirarme a mí. No hay señal de deshielo. Se ha ido al instante siguiente. —No eres tú —dice Ash—. Hay un evento de gala benéfica mañana por la noche y hay jugadores importantes con los que Alexander necesita dejarse ver. La curiosidad me hace inclinarme. —¿Y no quiere? —Solo porque su rival de negocios podría estar allí. —El hombre para el que trabajaban tus padres. Ash se mueve hacia un extremo del sofá, examinándome con una nueva sorpresa. —Me dijo que quiere construir un imperio para expiar lo que les pasó a tus padres. Lo que él piensa que les pasó a ellos. Ash asiente, todavía luciendo impresionado por mi conocimiento. —Nuestros padres trabajaron para la familia Ivanov. Ahora su hijo se ha hecho cargo del negocio. —Alexander piensa que tuvieron algo que ver en la muerte de tus padres. Ash se estremece. —La riqueza y el poder hacen que la gente haga cosas extrañas. Niego con la cabeza, tratando de seguirle el ritmo. —¿Mischa y Alexander tienen la misma edad? —Dos años de diferencia. Pero fueron a la escuela juntos. —Ash frunce el ceño—. Esta gala es un aburrimiento, pero el anfitrión es amigo de la familia. —Su expresión se ilumina—. Ven conmigo como mi cita. Resoplo, hasta que me doy cuenta de que habla en serio. —¿Puedo usar esto? —señalo mi ropa de correr, y él suelta una carcajada. —¡Joder, no! Es etiqueta negra. ¡Te recogeré a las ocho! —grita mientras me dirijo a mi habitación, soltándome el cabello y ansiosa por ducharme para quitarme el sudor. Antes de poder hacerlo, mi mirada se dirige a la mesita de noche, y miro dos veces el frasco de pastillas allí. La misma medicación. La misma dosis. Suficiente para durarme hasta que me vaya. ¿Qué demonios…? Me ha estado evitando toda la semana. Ya no más. Me dirijo por el pasillo y entro en la oficina de Alexander sin llamar. Él levanta la vista de su escritorio, luciendo sorprendido pero por lo demás impecable con una camisa verde pálido que resalta su cabello rubio y su ligero bronceado. —Reemplazaste mis pastillas —afirmo. —Estimé la dosis basándome en el tamaño de las que deseché. Me giro hacia sus estanterías. El hecho de que este hombre sepa más que nadie sobre mis debilidades hace que mi estómago se apriete. —Gracias. Me gusta saber que están ahí si las necesito. Es casi como si fueran un artefacto de una versión de mí que ya no existe, pero una que no quiero olvidar. Hay docenas de libros, y paso un dedo por los lomos descoloridos antes de sacar uno en una caja de plástico transparente. —El Conde de Montecristo. Un buen hombre que perdió el camino en un sendero de venganza. —Vindicación. Justicia. Hay una diferencia. Abro la tapa y observo la fecha, mi boca se redondea. —¿Una primera edición? —La primera edición se publicó por entregas y en francés. Esta es una segunda. Casi lo dejo caer en mi prisa por reemplazarlo en el estante. —¿Por qué me dejaste recogerlo? Tiene trescientos años y podría desmoronarse en un segundo. Me giro para mirarlo con dureza, pero la expresión en su rostro me hace retroceder. —Las cosas bellas están hechas para ser tocadas. La suavidad en su voz me provoca escalofríos. Así, soy catapultada de regreso a la noche en la playa. Sus palabras, su cercanía, su intensidad. —Entiendo por Leni que la entrada aumentó en cien anoche —continúa—. Tendrás que hacerlo mejor si quieres obtener beneficios de nuestro trato. Frunzo el ceño. —Veo que nuestra tregua ha terminado. —¿Esperabas que no fuera así? —Inclina la cabeza. Me niego a confesar nada en lo que a él respecta. Me hará pagar por ello. —Hay algo sobre ti que no puedo descifrar. —¿Solo una cosa? Él me ignora y continúa. —¿Qué cambió desde tu primera noche en Ibiza hasta la mañana siguiente que te hizo renegociar? No quiero hablar de esto. Es personal. Pero el hombre que me contó sobre la muerte de sus padres hace dos noches reemplazó mis medicamentos para la ansiedad. No hay una línea clara entre lo profesional y lo personal con él, si es que alguna vez la hubo. —Mi prima codirige un programa para mujeres que han experimentado violencia s****l. Su financiamiento ha sido recortado por los recortes gubernamentales. Necesitan ayuda para mantener las luces encendidas durante un par de meses, o no podrán seguir brindando servicios. Él parpadea ante mí como si le hubiera dicho que quería comprar rinocerontes reproductores y empezar una granja en Orange County. —Eso es muy comprometido —dice finalmente—. Pero no puedes asumir la responsabilidad por todos en este mundo. Hay demasiados males. La convicción me hace erguirme más. —Ninguna mujer debería tener que soportar la violencia s****l, y seguro que, maldita sea, no deberían soportarla solas. Él me estudia el tiempo suficiente para sentir que está mirando debajo de mi piel, bajo las capas de Little Queen o Jinny, que son aptas para el consumo público. Él se mueve en su silla, su cuerpo fuerte reclinándose mientras ambas manos se curvan sobre los apoyabrazos. —Hay un evento benéfico mañana para la comisión ambiental local. Muchos cínicos como yo y corazones sangrantes como tú. —Lo escuché. Ash me pidió que fuera con él. —¿Ash? —La sorpresa cruza su hermoso rostro. Alexander se frota una mano por la mandíbula—. Dile a mi hermano que busque otra cita. Irás conmigo. Me río, incrédula. —¿Qué? ¿Por qué? —Puedo querer la compañía de una joven productora musical honesta a mi servicio. ¿Quién sabe? Tal vez puedas conseguir negocios para tu espectáculo la próxima semana. Podría promocionar Debajo, pero eso significaría ser la cita de este hombre al que respondo cuando no debería. Ropa elegante, alcohol, Alexander Cross luciendo como el dios que es mientras envuelve a la élite de Ibiza alrededor de su dedo. Desde mi conversación con Callie, no puedo evitar preguntarme qué más podría hacer con esas manos. Alexander Cross podría alardear de su imperio, pero tiene los bienes para respaldarlo, habiendo construido una empresa masiva él mismo. ¿Sería tan capaz si se aplicara al desafío de una mujer? Sé que lo sería. De lo que estoy menos segura es de si él se abriría paso a través de ella, exigiría que se doblegue a todas sus necesidades hasta que ella esté tan atrapada en su tormenta que no pueda resistirse… O si comprobaría su ambición lo suficiente como para aprender lo que ella quiere. Para explorar y probar y jugar, para salir de su necesidad de poder como lo vi salir de su ropa esa noche en la playa. Trago saliva, afectada por ambas versiones. Pasar una noche con él sería más que un remedio rápido. Se metería bajo mi piel más de lo que ya lo ha hecho. Si Callie supiera que este hombre era el objeto de mi lujuria, me diría que saliera corriendo, y tendría razón. —No lo creo. Su mirada se estrecha mientras cruza los brazos sobre su pecho. —No quieres pasar una noche conmigo. Cruzo hacia su escritorio, levanto el abrecartas del secante y lo extiendo. —En caso de que necesites ayuda para despegarte del suelo. Pero antes de que pueda girarme, una mano se cierra alrededor de mi muñeca, caliente, firme y fuerte. —Dije que sería más apropiado si salieras con mi hermano. Eso no fue una sugerencia. —¿En serio? Eres tan jodidamente sutil que es difícil seguirte el ritmo —me burlo. Mala idea. Su pulgar roza la parte inferior de mi muñeca. Suave, deliberado. Mi pulso salta en respuesta, y el abrecartas cae sobre el escritorio. —Necesito una cita, y me debes tres favores —arrastra las palabras—. Considera este el primero. No me doy cuenta de que he dejado de respirar hasta que me suelta de nuevo. —Entonces, ¿qué, se supone que debo vestirme como una socialité mimada para la velada y desfilar de tu brazo como si quisiera tu dinero y tu polla? Una sonrisa lenta curva su boca mientras gira el abrecartas entre sus dedos sin romper mi mirada. —No necesariamente en ese orden.
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