Capítulo 19: el verdugo

1123 Words
—¿Alguna vez en tu vida has visto una barra de oro? —le preguntó Marko una tarde. Esa vez Valentina no sabía cómo reaccionar ante lo que veían sus ojos. Marko le extendió el lingote de oro y la joven lo tomó con sus dos manos, era pesado, ancho y duro como un bloque, resplandecía y casi se podía ver reflejada en el oro. —Con un único lingote podrías vivir cómodamente para el resto de tu vida y dejar una fortuna a tus hijos —le comentó Marko. —¿Y cuántos de estos posee la familia Rumanof? —indagó Valentina. El hombre ladeó una sonrisa. —Somos dueños de muchas minas de oro, en pocas palabras, somos los que creamos los lingotes de oro que se almacenan en los bancos, nos pertenecen —contestó. Valentina le devolvió el oro y Marko lo guardó en la caja fuerte, pudo vislumbrar otras barras de oro que estaban en el fondo de la caja. Marko confiaba tanto en ella que le había mostrado el lugar secreto de la mansión Rumanof donde se guardaba la caja fuerte. Se encontraba en una pequeña biblioteca que pocos conocían, hasta integrantes de la familia no sabían de su existencia, por lo cual, a Marko le gustaba guardar todo lo importante en dicho lugar. Y ahora que había vuelto al pasado tenía frente a ella esa misma persona que le dio a conocer cómo eran las barras de oro, y le acababa de decir que gustaba de ella, además que le gustaría que fueran novios. Marko se lo estaba dejando todo demasiado fácil, ni siquiera tenía gracia. Era tan ingenuo. No sabía en el infierno que estaba a punto de meterse, tenía en frente la que posiblemente iba a ser su asesina. Pobre niño ingenuo… —Tú no me gustas —dijo Valentina con tono seco. Sin embargo, él no se mostraba para nada alterado. Dos meseros llegaron con la comida, era un filete bañado en salsa de ciruelas. Era el plato preferido de Marko, normalmente lo comía cuando se sentía feliz. Él se estaba sintiendo bien esa noche, ahí, con ella. Valentina tragó saliva. Apretó los puños sobre sus muslos, hasta que comenzaron a temblarle. —Lo sé —aceptó él, retomando la conversación cuando los meseros se fueron—. Apenas nos acabamos de conocer y todo va muy rápido. —Sobre la situación de la chica —lo interrumpió ella. Marko inspiró hondo, después arrugó el entrecejo, confundido por la actitud de la chica. —¿Qué harías si tú fueras el jefe que asesinó a su empleada? —indagó Valentina. —Val… —Responde, por favor. —¿Qué puede hacer ese hombre si no sabe la verdad? —preguntó, exasperado—. Ni siquiera sabe que en el futuro se convertirá en un asesino. —¿Y si lo supieras, en qué cambiaría la situación? Marko entreabrió su boca, consternado y confundido por la situación. —Intentaría que no pasara —soltó sin más, intentando echarle tierra a la conversación para volver a lo importante. —Entonces, si yo te dijera que esa mujer soy yo y que tú eras mi jefe en el futuro y me asesinaste, ¿cambiarías el destino para que nunca terminaras asesinándome? —Val… ¿de qué estamos hablando? —cuestionó él y sacudió la cabeza. —Responde, por favor —suplicó ella—. ¿Qué debería hacer si en el futuro me asesinaste y volví a esta época donde te conozco y aún no me has hecho daño? Marko quedó con la boca entreabierta, cuestionándose si ella evitaba su repentina confesión, tal vez estaba nerviosa y por eso desvariaba. —Yo soy inocente, eso que cuentas aún no ha pasado —alegó él, intentando seguirle la corriente. —Pero podría pasar —soltó Valentina—. En el futuro, cuando discutamos en tu oficina y yo salga corriendo y tú me persigas en tu auto y decidas atropellarme cuando intente cruzar la carretera —hizo una pausa, observaba que Marko la observaba con perplejidad—. Y que a último minuto lo único que yo pueda ver antes de morir sea tu rostro de miedo cuando notes que estoy muriendo y no puedas hacer nada para remediarlo. Los atrapó un incómodo silencio. Los labios de Valentina comenzaron a temblar. Sus ojos estaban rebosantes de lágrimas. Respiraba de forma pesada. —¿Cómo podría ser la novia de quién se convertirá en mi asesino? —escupió la pregunta. Marko abrió la boca con impresión. Palideció. —Val… —jadeó. La conversación se salía de control—. Vaya… —intentó tomar aliento—. Val… yo no te he hecho ningún daño hasta el momento como para que pienses que te voy a asesinar. —Pero lo harás, cuando te cases con Merina, lo harás. —¿Qué? —volvió a jadear el hombre. Valentina se acodó en la mesa y notó el rostro pálido del joven, pasaba de la sorpresa al miedo. —En una semana te subirás en tu auto como cualquier mañana para dirigirte a tus clases en la universidad —dijo Valentina casi a susurro—, habrá amanecido lloviendo. Pero ¿qué mal podría pasarte? Es un día cualquiera y tu chofer conduce en completa calma. Pero los arrollará un camión que decidió saltarse la luz roja del semáforo. Afortunadamente no será nada grave, pero terminarás con una cicatriz en tu muñeca derecha en forma de cruz, producto de un vidrio roto de la ventana del auto que dolorosamente una enfermera deberá sacarte porque quedó incrustada. Los labios de Marko temblaban, su piel estaba erizada. ¿Valentina estaba loca? ¿Por qué decía cosas tan raras? Ella respingó las cejas. —¿Creerás que si pasa será una coincidencia que una joven loca te dijo para evitar tener que rechazar tu confesión? —cuestionó Valentina—. Ese mismo día las acciones del grupo Rumanof crecerán un diez por ciento, ¿increíble no? Deberías aconsejarle a tu padre que invierta, este año lo ayudará a prepararse para la crisis financiera del dos mil veinte. —Esperó a que Marko procesara sus palabras—. Cuando logres asimilar mis palabras, recuerda que las dijo una mujer que en el futuro se convertirá en la gerente de la sede principal del banco Rumanof, la cual vas a asesinar en el dos mil veintiocho en venganza por tu esposa Merina. Valentina se levantó, dispuesta a marcharse. Marko estaba allí, congelado, aterrado. Podrían pasar dos cosas: que Marko la creyera una loca y se alejara o que aceptara que le dijo la verdad y se acercara a ella para que le explicara todo a profundidad.
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