Sus palabras no fueron un susurro, sino un bálsamo ardiente que se derramó sobre el vacío insondable que había cavado en mi pecho durante meses de soledad. "Será lo que tú decidas... pero tú, mi querido, estarás a mi lado para hacerlo." No era una promesa de sumisión, sino un juramento de complicidad. Un pacto sellado en el altar de nuestra mutua destrucción y, quizás, de nuestra única salvación posible. Vittoria. Mi mujer. La frase resonó dentro de mi cráneo como un trueno, demoledor y definitivo. Joder, he perdido la cordura por completo. Un gruñido ronco, más animal que humano, se escapó de mi garganta. Ya no pude contenerme. La atraje hacia mí con una fuerza bruta que no pretendía disimular, mis dedos se hundieron en los delgados tirantes de seda de su ropa de dormir, y capturé sus la

