Capítulo 4 Vigilancia

1005 Words
Los días habían transcurrido desde nuestro último encuentro sin rastro de Stefan. Refugiada en la inmensidad del castillo Volkov, cada sombra en los corredores, cada eco de pasos lejanos, alimentaba mi certeza: me vigilan. Su desconfianza era un muro invisible que rodeaba mi existencia. Sigue convencido de que soy una espía, pensaba mientras observaba la lluvia arañar los vitrales del dormitorio. El aburrimiento se enredaba en mis huesos. Necesitaba con urgencia un teléfono celular, cualquier medio para contactar a mi prima Cassandra en Argentina. Estoy incomunicada como un náufrago. ¿Mi tío Paolo me buscaba? ¿O ya había cobrado el seguro por mi "muerte trágica"? Una risa amarga brotó de mis labios. Muerta no valgo nada, y él lo sabe mejor que nadie. Me dejé caer sobre el edredón de plumas, derrotada. Quizá debí morir aquella noche en el acantilado. El estruendo de motores desgarró el silencio. Corrí a la ventana justo cuando tres camionetas blindadas levantaban gravilla en el patio principal. Mario descendió de la primera, su bata blanca ondeando como bandera de paz. Pero fue Stefan quien detuvo mi aliento: traje de tres piezas cortado a la medida de sus hombros anchos, cabello blanco peinado con severa elegancia, y sobre su rostro... ¡La máscara de cráneo de aquella noche! Imponente. Elegante. Un depredador disfrazado de aristócrata. Su sola presencia electrizaba el aire. Nuestras miradas se enlazaron a través del cristal empañado. —Te dije que estaría bien —su voz llegó nítida pese a la distancia. Me escrutó de arriba abajo—. Baja. Tenemos asuntos pendientes. Tras la ducha, la lluvia convertía el mundo en una acuarela gris. Decidí refugiarme en la cocina. Aunque Noelia había dejado guisados suficientes para un regimiento, anhelaba el ritual sagrado de mis manos amasando esperanzas. Una sopa de verduras, pensé, y filetes salteados con romero. Dante me esperaba al pie de la escalera, su cola golpeando el mármol como metrónomo de alegría. —Ven, amigo —susurré al raspar zanahorias—. Hoy tendrás pollo asado con camote. Mi madre decía que mi alma brillaba en las cocinas. Entre el vapor que empañaba los azulejos y el chisporroteo de la mantequilla en el sartén, renacía. Salteé los filetes mientras vigilaba el dorado perfecto de los calabacines. La sopa borboteaba en su olla como un corazón ancestral. —Esto promete —sonreí al probar el caldo. Dante alzó la cabeza, orejas tensas. Alguien observa desde la penumbra del jardín. Un escalofrío idéntico al que sentí minutos antes de que Paolo me arrastrara al estudio aquella noche de invierno. Me volví hacia los cipreses azotados por la lluvia. Nada. ¿Paranoia o instinto? Serví mi plato cuando pasos firmes resonaron en el umbral. Stefan apoyaba el hombro en el marco, sin máscara ahora, la cicatriz expuesta como un mapa de dolor. —Los aromas siempre te transportan a lugares felices —dijo, su voz sorprendentemente suave. Me levanté tan rápido que la silla chirrió contra el piso. —Tranquila —levantó las manos en gesto de paz—. ¿Podríamos... acompañarte? Al alcanzar los platos en la alacena alta, su pecho rozó mi espalda. Cedro y tormenta, registró mi piel. —Tu tónico fue milagroso —comentó al sentarse—. Mario dice que deberías patentarlo. —Lo aprendí de mi nona —respondí, evitando sus ojos dorados—. Ella creía que las hierbas curan más que los hospitales. —Entonces le debo mi gratitud —sus dedos acariciaron la cicatriz—. Por esto y por devolverle el alma a esta cocina. Mario irrumpió como un vendaval: —¡La diferencia es que ella no tiene cara de pocos amigos como tú! La carcajada me estalló antes de poder contenerla. Y entonces... sucedió. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: me arrodillé en el suelo frío, brazos protegiendo la cabeza, esperando el golpe. "¡Puta ridícula! ¿De qué te ríes?", resonó la voz de Paolo en mis sienes. —Joder, pequeña... —la voz de Stefan se quebró al arrodillarse frente a mí—. ¿Quién te hizo esto? Sus brazos me envolvieron con una ternura que desconocía. El mundo se redujo al olor a cedro, al susurro ronco contra mi pelo: "Nadie te tocará aquí". Mientras me mecía en sus brazos, las palabras de Mario dibujaron un futuro nuevo: —Te enseñaremos a ser peligrosa. A defenderte con uñas y dientes. Stefan limpió mis lágrimas con el pulgar: —Serás libre. A cambio, conviértete en mi viuda negra personal. Al tomar su mano callosa, sentí cicatrices y fortaleza. Mis labios se posaron sobre sus nudillos en un beso que sabía a promesa y a despedida. Stefan contuvo el aliento, inmóvil como estatua de mármol. —Empieza mañana —murmuró al retirar la mano lentamente—. Mario te llevará de compras. Necesitarás vestidos que oculten dagas. Al amanecer, encontré un paquete en mi habitación: ropa táctica negra y botas de combate. Mario me mostró el resto de la casa. Realmente no sabía a donde dirigirme, hasta que llegué a las puertas de roble negras. Un gimnasio subterráneo. Al entrar Stefan esperaba frente a un espejo sin reflejo. Tenía vendas en la cara, sin rastro alguno de sangre. —La primera lección —dijo lanzándome un cuchillo—: nunca des tu espalda al enemigo. Las semanas se volvieron danza mortal; Lunes y miércoles: Artes marciales con él, sus manos corrigiendo mi postura, su aliento en mi nuca cuando bloqueaba mal. Martes y jueves: Toxicología con Mario, memorizando venenos que imitan infartos. Viernes: Tiro al blanco en los bosques, el retroceso de la Glock 19 vibrando en mis huesos. Una noche, después de que mi puñal rozara su yugular por primera vez, Stefan me inmovilizó contra la pared. —¿Ves? —jadeó—. La fragilidad era una mentira que te impusieron. Su boca estaba a centímetros de la mía. Por primera vez, no quiso soltarme.
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