Estaba tan abrumada por la última nota de Stefan —aquella amenaza grabada en papel n***o que había convertido la cena en un campo de batalla— que durante todo el trayecto de regreso a la mansión permanecí en un silencio sepulcral. Las luces desfilaban como testigos mudos tras los cristales polarizados de la camioneta. Marco, a mi lado, me observaba con una curiosidad cargada de preocupación, sus dedos tamborileando sobre el reposabrazos de cuero n***o. La tensión entre nosotros era un campo de fuerza palpable, alimentado por el beso robado y la amenaza que lo había interrumpido. —¿Qué pasó realmente en el restaurante, stellina? —preguntó finalmente, su voz baja pero insistiendo como un taladro en el silencio. Trató de tomar mi mano, un gesto que antes habría buscado, pero yo la retiré inm

