Stefan El silencio dentro de la camioneta blindada era tan denso como la niebla que envolvía las calles de Roma a esta hora. Un silencio cargado, electrizante, roto solo por el leve roce del vestido de seda negra de Vittoria contra el cuero del asiento. ¿En qué demonios estará pensando? La pregunta martillaba en mi cráneo con la persistencia de un taladro. Sabía que me había portado como el imbécil supremo. Debí haber impedido que se la llevaran aquella noche, desafiando incluso a los suyos, arriesgando el frágil equilibrio que aún sostenía mi mundo. Pero una parte retorcida, fría y calculadora, la misma que había alimentado mi sed de venganza durante años, había prevalecido. Era necesario. Necesitaba que ella misma derribara a su tío, que reclamara su imperio con sus propias manos ensang

