Todo estaba listo para el lanzamiento de mi línea de cosméticos Renatus. La fiesta sería íntima pero selecta: solo cuarenta invitados, cada uno elegido personalmente por mí. Me aseguré de que el nombre de Xavier Méndez no figurara en la lista, y contraté seguridad adicional con instrucciones precisas: nadie entraba sin mi autorización expresa. Esta noche, el control sería absoluto.
Opté por un vestido n***o de líneas sencillas pero impecables, de seda italiana, que me ceñía sin resultar provocativo. La elegancia serena era mi armadura. A lo lejos, Cindy coordinaba con eficacia militar, presentándome a inversores cuyo interés ya había llenado mi agenda por meses. Todo fluía a la perfección, hasta que lo vi.
Adán apareció en la entrada como un espectro del pasado, pero transformado: más delgado, con el rostro rejuvenecido y una seguridad en la mirada que no le recordaba. Su sonrisa, al encontrarme, fue un dardo directo al centro de mi pecho. Desvié la vista, fingiendo concentrarme en la conversación con un magnate sueco interesado en expandir la marca a Europa. Concertamos una reunión formal, pero mi atención se fragmentaba.
Una presencia constante me quemaba la nuca. Al volverme, encontré la mirada de Adán clavada en mí, rechazando canapés y champagne con un gesto distraído. Mi celular vibró: una notificación de Xavier. «¿En serio me dejaste fuera, princesa?». Lo apagué sin responder.
—Felicidades por el lanzamiento —su voz era un susurro de terciopelo cerca de mi oído—. Siempre supiste convertir tus sueños en realidad.
—Gracias —respondí, fría.
—Me sorprendió recibir tu invitación —continuó, sin apartar los ojos de los míos—. Sé que soy pésimo con las palabras, pero esto será un éxito.
—Como olvidarlo —espeté, unable to resist the jab—. Como aquella conferencia en Boston para la que tuve que escribirte el discurso la noche anterior, mientras tú veías fútbol.
—Lo sé, Ana —bajó la voz—. Fui un idiota. Un iduso que no supo valorarte.
—El pasado está muerto —corté, mirando su mano izquierda—. Eres un hombre casado. Un padre.
—Pero eso no me impide decirte la verdad: sigo enamorado de ti.
Decidí jugar. Dejé que mis dedos rozaran los suyos, una caricia calculada. No hubo electricidad, no hubo fuego… pero sí una curiosidad malsana. ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar?
Durante el resto de la velada, Adán se movió como mi sombra, observando cada interacción con la intensidad de un halcón. Cuando la multitud comenzó a sofocarme, me refugié en un rincón junto a las ventanas panorámicas.
—¿Necesitas un respiro? —apareció a mi lado, con dos copas de agua mineral—. Pareces agotada.
—Sí —admití, aceptando el vaso—. Demasiadas sonrisas falsas.
—¿Te llevo a casa? —ofreció, y algo en su tono sonó genuino.
Asentí. Cindy asumió el control con una mirada cómplice. En el estacionamiento privado, bajo la luz azulada de los focos, se detuvo junto a su automóvil.
—Quiero empezar de nuevo, Ana —declaró, girándose hacia mí—. Soy hombre de palabra: me divorcié de Lessa.
El mundo se detuvo. —¿Qué?
—Escuchaste bien —sacó un sobre de su interior—. Aquí están los documentos. Todo finalizado.
Tomé los papeles con dedos temblorosos. Era cierto: divorcio por mutuo acuerdo, custodia compartida de Sofía, manutención. Todo legal, todo firmado… hace nueve meses.
—Ya —logré articular, la voz quebrada.
—Sí —confirmó, acercándose—. Los trámites comenzaron hace un año. No mentí cuando dije que había terminado. Solo fui un cobarde por no decírtelo antes.
—No seré tu terapia post-divorcio —intenté alejarme, pero su mano me detuvo.
—No eres un escape. Eres mi meta. Quiero que vuelvas a ser mi vida, pero esta vez lo haré bien.
Tomó mi rostro entre sus manos, y esta vez, el beso no fue vacío. Sabía a nostalgia y a promesas rotas, a champagne y a lágrimas no derramadas. Mis manos se aferraron a su saco, tirando de él hacia mí con una urgencia que me aterró.
—Llévame a casa —susurré contra sus labios, sabiendo que, tal vez, esta era la venganza más dulce: hacerlo creer que podíamos volver a empezar, mientras yo sostenía los hilos.
Al subir a su auto, una figura alta se desprendió de las sombras junto al edificio. Xavier observaba la escena, con los puños apretados y una sonrisa fría. En su mano, su teléfono capturaba cada segundo. El juego, después de todo, era para tres.