—¡Maldita perra! —me grita Sharon. Admito que lo que acabo de escuchar me sorprende, pero no me intimido. —¿Perra? ¿ahora soy yo la perra? tú te acuestas con todos estos hombres, por dinero —contesto. —Sí, lo hago, pero es mi problema. Yo sólo quise ayudarte. Esto no es malo, Kimberly, es fantástico —me responde como si fuera lo más maravilloso del mundo, yo niego con la cabeza. —No lo es, es denigrante y vergonzoso. ¿Cómo puede decirme eso? Ni siquiera me da una disculpa. Esto me pasa por ser crédula y estúpida. Por pensar que siquiera yo podría tener amigas como ellas. —No seas tonta Kimberly, lo puedes tener todo, todo —dice abriendo los ojos. —No a éste costo, sólo te acercaste a mí para esto... creí que eras mi amiga —susurro dolida. Bridgit suelta una carcajada, yo la miro ma

