Dentro del tiempo estimado, Gonzáles llegó, la empleada lo guio al despacho —¡Gracias! —, dijo al ingresar. Acomodó su maletín en el suelo y se sentó frente a Marcos. Este firmaba algunos pendientes —¿Piensas quedarte mucho tiempo? —No tanto—, dijo mientras rascaba su sien —Volveré antes de que mi hijo nazca. —No te había podido felicitar—, se levantó y le abrazó mientras Marcos firmaba unos papeles —¡Felicidades hijo! —¡Gracias González! —, Marcos suspiró. Después de Albert, él no había tenido el placer de recibir un abrazo de una persona que no era su abuela. La muestra de afecto que le dio su abogado, le hizo inflar los pulmones y sentirse melancólico con el recuerdo de aquel hombre quién fue muy noble con él. A su mente llegaron la remembranza de la última voluntad de Albert. Por

