Gardenia se puso rígida de nuevo. —¿Para qué?— preguntó —Siéntese y se lo diré. Gardenia obedeció, sentándose cautelosamente en el borde de la silla, las manos cruzadas sobre el regazo y la espalda muy derecha. Aunque ya lo había perdonado, lo quería tanto como se podía querer a una víbora «Desconfío de él» pensó. Tenía una mirada astuta y presentía que cada vez-que aquellos delgados labios se movían, era para mentir. —Le he dicho que su tía la quiere— repitió el Barón—. ¿Me puede decir lo que usted siente por ella? —Por supuesto que quiero a tía Lily— repuso Gardenia con actitud defensiva—, ha sido muy buena conmigo y es mi única familia. No tengo a nadie más en el mundo. —Qué triste! Y ¿cómo no iba a querer a una tía tan abnegada que la recibió en su casa y en su vida y que sólo q

