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4697 Words
            Cuanto amé a mi mami, cuanto la amo; cuanto la amaré. La amaré por toda la eternidad de seguro. En verdad estoy muy agradecido con Dios, por haberme regalado a la mejor madre de todas. Ella, una mujer grandiosa que supo entregarse por completo a su familia, especialmente mí. Quien desde un inició, se abocó a amarme sin pensar en otra cosa. Una valerosa dama a quien nunca sentí quejarse de nada. Quien enfrentó junto a mí, aquellos terribles embates que aquella aterradora enfermedad se empecinó en verter a mi cuerpo frágil. Mercedes hizo de su vida un apostolado bendito. Se convirtió, sin lugar a dudas, en una mártir, en una excelsa mujer que dedicó desde que supo de mi existencia, su vida por completo a mis cuidados. Quiso ella, verme crecer sanito, correr por la vida en los brazos de los juegos y las diversiones. Quiso mi mami, verme convertido en todo un hombre. Pero lo único que obtuvo, fue un constante padecer cuando el infortunio y las enfermedades se ensañaron contra mí. Aún así, ella tenía mucha fe y muchas esperanzas. Pero por obra de lo nefasto y de la mano de un ser macabro que gobernaba al país en ese entonces; sus esperanzas se quedaron en el camino. En un camino que desde aquel día cruento, comenzó a transitar sola; sin su hijo del alma.           Después de todo un mes en el hospital, los médicos tratantes decidieron que regresara a casa. Ya la infección había cedido y luego de ello, se había completado mi tratamiento. Ellos dijeron que yo estaba mejor. No me explicaba porque decían eso, si me sentía en ese momento terriblemente mal. Me sentía muy cansado, a pesar de que dormía casi que siempre. Mi boca y mi ano estaban atestados de unas lesiones blanquecinas. Mi pipí permanecía hinchado y me dolía demasiado cuando orinaba. Supe después, gracias a las charlas orientadoras de mi licenciado Jesús, que la quimioterapia funcionaba al detener o hacer más lento el crecimiento de las células cancerosas, las cuales crecen y se dividen con rapidez. Aunque lo ideal sería que los medicamentos destruyeran solo las células cancerosas sin dañar las sanas, la mayoría no eran tan selectivos. El crecimiento rápido e incontrolado es una característica de las células cancerosas. Sin embargo, puesto que las células sanas también necesitan multiplicarse y que algunas lo hacen con mucha rapidez (como las de la médula ósea y las del revestimiento de la boca y de los intestinos, entre otras), los medicamentos contra el cáncer afectaban a las células sanas y tienen efectos secundarios como esos que yo estaba presentando.           En realidad estaba mejor, en cuanto a los embates de la infección y los valores de los componentes de mi sangre. Los molestos síntomas que sentía como consecuencia de la quimioterapia, apenas estaban comenzando. Aquellas molestísimas lesiones serían tratadas en casa. Lo que se quería evitar era que, debido a mi larga estadía, continuara la exposición a los agentes infecciosos que usualmente existen y existirán en todos los hospitales y que, como presa fácil, se posesionarían de mí y producirían más infecciones oportunistas; que se convertirían en el eterno circulo vicioso que siempre resultaban ser.           Durante el mes que permanecí hospitalizado, pernocté gran parte de mi tiempo dentro de la habitación. En algunas oportunidades, mi mami me sacaba a dar pequeños paseos en la silla de ruedas. Salía entonces a un pasillo y nos deteníamos en un sitio cercano al comedor. Allí se concentraban a charlar varias mujeres, mientras aprovechaban para alimentarse. No les era permitido hacerlo en las habitaciones, ya que los minúsculos trozos de alimentos que pudiesen caer al piso, atraerían a insectos detestables o algunas otras alimañas que pudieran propagar enfermedades. Y en virtud de que muchas no podían dejar solos a los niños, dejaban para comer en horas de la noche cuando ellos dormían. Muchas de ellas no recibían visitas y por ende, nadie les llevaba alimentos. Y en virtud de que hacía muchísimo tiempo que la institución no proveía de provisiones, entre todas aportaban algo y ese algo era repartido entre un gran número de famélicas mujeres.           El día que egresé del hospital, quedé prácticamente encandilado por la luz del sol. Afuera hacía un calor descomunal. Realmente lo sentí de esa manera, aunque la temperatura que se sentía era la de siempre; lo que sucedió fue que, al pasar todo un mes soportando las bajas temperaturas de mi aposento; el contraste con el cálido ambiente de mi ciudad natal se hizo muy notorio. Nos dirigimos hasta el exterior del hospital donde permanecí sentado muchas horas. Mi mami caminaba en todas direcciones y conversaba con algunas personas. No supe nunca que conversaban, lo cierto del caso era que Mercedes estaba sin dinero y no encontraba la manera de trasladarse conmigo a casa.           La distancia que nos separaba era muy extensa y jamás podría ser cubierta caminando y menos aún, en mis condiciones. No le quedó más alternativa que llamar a una persona a quien queríamos de manera desmedida; él se había ofrecido. A mi madre le dio muchísima pena molestarlo, pero no tuvo más alternativa. Fue así como en media hora, un automóvil moderno aparcó cerca de la entrada del hospital. Edward Alberto, el bello y galante hijo del licenciado Jesús bajó del mismo y se dirigió presuroso a nuestro encuentro. Saludó muy amablemente a mi madre y me acarició delicadamente, mientras me cargaba con delicadeza hasta el vehículo, donde estaba su padre y mi bella doctora Francelina. De esa manera nos despedimos de ese sitio al que regresaría tantas veces y en que me dormiría para siempre en los brazos de mi Dios bendito.                                            Mercedes se había estado documentando en cuanto a la enfermedad que estaba minando mi existencia. Fue impactante para ella cuando leyó acerca de aquella terrible realidad: “La leucemia es el cáncer más común en niños y en jóvenes a nivel mundial”. Aparece entre los dos y cinco años de edad con especial frecuencia, también se dice, que hay una preferencia por el sexo masculino. Son frecuentes las infecciones de vías respiratorias, pielonefritis, septicemia y lesiones ulcerosas o abscesos, en particular en regiones densamente pobladas de bacterias (la cavidad bucal, el recto, la piel). Además de las bacterias patogénicas usuales, gérmenes que en estado normal son relativamente poco activos pueden causar graves infecciones”. Pero lo que más le preocupaba a mi madre eran las posibilidades de presentar hemorragias. “La hemorragia casi siempre puede relacionarse con un número de plaquetas bajo”. Eso era lo que me había sucedido desde un principio, cosa que la mantenía aterrada; pues mis plaquetas permanecían permanentemente bajas.           Aquella tarde calurosa me sentí algo irritable sin que hubiese una causa aparente. Mi mami estaba en la cocina preparando una infusión para mi abuela que estaba floja del estómago, debido, según ella, a una comida que le había caído mal. No podía estar un instante tranquilo, bajada de la cama y enseguida me volvía a subir. Cuando me miraba al espejo, la gran cantidad de moretones que ostentaba en mi piel, me daban miedo; parecía un felino En realidad sentía que era un fenómeno. A mi corta edad eso me ofuscaba, más aún, cuando me asomaba a la ventana y podía ver a los otros niños jugar divertidos; y yo, si quería salir de mi cuarto, tenía que colocarme aquella horrible máscara y cubrir mi cuerpo para ocultar mi piel amoratada; lo cual me molestaba muchísimo.           ¿Porqué no podía ser yo un niño normal? Se lo preguntaba a la vida, a sabiendas de que no habría respuesta. Hacía varios días que Mercedes, cuando procedía a ayudarme con mi cepillado dental, había notado que mis encías sangraban. Era sólo un sangrado leve, pero a  pesar de ello, se preocupó sobremanera de aquel detalle. Aconteció que esa tarde, cuando me levanté por enésima vez de la cama, sentí que un líquido tibio me salía de la nariz. Cuando toqué el líquido descubrí mi mano ensangrentada. Corrí nuevamente hasta la cama y estando ya en ella, llamé a mi madre en mi desesperación creyendo que me iba a desangrar.           Fue verdaderamente desesperante lo que sentí en ese momento; era una situación que me colocaba en el limbo de la confusión y la desesperanza. Mi madre también estaba muy afectada, tanto por lo agresivo de la enfermedad, como por las enormes dificultades que existían y aún existen en mi país, con todo lo que tenía que ver con la adquisición de los insumos necesarios para enfrentar los embates de las enfermedades. Los desastrosos efectos colaterales de la quimioterapia se estaban acentuando y con el pasar de los días, se acentuarían aún mucho más. Mi organismo estaba hecho un verdadero desastre. Para colmo, mi madre comenzó a ahondar en busca de más información referente a la quimioterapia, se encontró con una gran cantidad de información que en lugar de tranquilizarla, logró contrariamente que sintiera mucho miedo y de esa manera, sentía perder la poca esperanza que tenía. Aún así, se aferraba a esa su única ilusión y tener una ilusión era mejor que no tener ninguna.           “Este tratamiento se ha considerado incluso más doloroso que la propia enfermedad, y en la mayoría de los casos cura al paciente de la misma, pero al no ser un tratamiento selectivo sobre las células cancerígenas, trae consigo efectos citotóxicos, que en conjunto con la patología, genera alteraciones y efectos secundarios que comprometen seriamente la calidad de vida, produciendo efectos como: dolor, náuseas, vómitos, alopecia, pérdida del apetito, debilidad, alteraciones de peso, fobias, desesperación, preocupaciones, miedos, tristeza, apatía, irritabilidad, dificultad para realizar actividades físicas, generando modificaciones en sus esferas familiar y escolar, entre otros”.           Lo que me estaba pasando era exactamente como lo había leído mi mami. Un domingo me encontró mirando por la ventana hacia la nada, con mi rostro vacío de expresiones; de inmediato me conminó a dar un paseo por el parque. En un principio no me pareció una buena idea, luego reflexioné hasta donde mi corta edad me lo permitía y asentí finalmente. Solo era un pequeño paseo, únicamente tenía que usar mi tapaboca, un vestido que me cubriera adecuadamente y nada más. Cuando los otros niños me miraban, regordete, lleno de moretones por todos lados, a pesar de que mis ropas trataban de cubrirlo todo; pálido como nadie y con ese bozal en mi rostro; se burlaban de mí de una manera cruel.           Aunque ellos eran solamente unos niños, lo que más le disgustaba a Mercedes era la actitud mezquina de sus padres, quienes me miraban esquivos, como si yo fuese un ser apestoso del que habría que guardar una debida y prudente distancia; como si les pudiere transmitir alguna terrible enfermedad por el solo hecho de que me miraran. Llorando, le pedí a mi madre que nos regresáramos a casa. Creo que primeramente mi muerte se debió, no a mi enfermedad sino, al rechazo y a la crueldad de algunas personas que execran y discriminan a quienes les parecían diferentes; en ese caso a mí, por el hecho de estar enfermo.           El actuar mezquino de aquellas personas egoístas y crueles, marcaron mi corta vida y casi que anularon mi poca resistencia. El tratamiento específico de la leucemia se basaba fundamentalmente en la quimioterapia. Las tantas cosas feas que se produjeron en mí, de lo poco que me habían colocado de ese tratamiento; me habían producido una fuerte implicación emocional. Aunque aún era un niño, era también muy cierto que, por haber sido privilegiado por Dios, mi inteligencia no era la de alguien de mi edad. Siempre consideré que el Todopoderoso me había premiado con una inteligencia muy superior para la edad que portaba. Era por ello que, al sentirme distinto a los otros niños, una vez que comencé a sentirme rechazado, me torné ansioso; presa de un desespero descomunal que me catapultaba en un ensimismamiento sin parangón. Estuve presentando un estado de ánimo depresivo, me faltaba el apetito, sufría de insomnio; irritabilidad, concentración deficiente y nada me entusiasmaba, no quería salir de mi alcoba; no quería hacer absolutamente nada.           Una de las complicaciones que enfrentaba constantemente, eran las endemoniadas fiebres producto de los incontables procesos infecciosos, a los cuales tuve que enfrentarme con estoicismo. Algo tan elemental para cualquier persona normal, a mí me producía una severa infección. Lo que cualquier persona enfrentaba sin problemas, gracias al sistema inmunitario, a mí me afectaba a gran escala por más tapaboca que portara. Para mi mami eso constituía una tragedia, ya que al primer signo de infección, había que instituir un vigoroso tratamiento con antibióticos de amplio espectro; lo que resultaba exageradamente costoso.           Mi abuelito enviaba las remesas de manera puntual, pero cada vez era menos lo que se podía adquirir con ello. La situación resultaba desesperante, por eso ya la paranoia se había apoderado de ella, gracias al permanente fantasma febril que constantemente me asediaba. Mercedes mantenía un termómetro metido en mi boca a cada instante. Tanto de día como de noche, era ya una bendita costumbre estar tomándome la temperatura a cada rato; aquella manía perturbaba mi sueño. Mi abuela ya no encontraba la manera de decirle que me dejara tranquilo, que cuando me diera fiebre yo mismo lo anunciaría, ya que sería el primero en sentirla. Y así siempre sucedía, como sabiamente lo hubo dicho mi querida abuela.           En nuestro hogar faltaba de todo, parecía una casa fantasma. La sala vacía, denotaba un desafuero a la coquetería que una vez destacó en ella. Se comía colocando la comida sobre cualquier cosa, a veces sosteniéndolas en las manos nada más, ya que se habían rematado inclusive los muebles comedor, las vajillas y el juego de ollas de una marca muy reconocida, que había costado una pequeña fortuna en su momento. No había casi nada, eso nos afectaba mucho y en ocasiones, me provocaba desaparecer en alguna noche sin estrellas, para que nadie me encontrara y así, dejarlo todo hasta allí; era yo el culpable de todo aquella tragedia. En verdad mi sufrimiento era más intenso y doloroso de lo que creían quienes conocían mi caso. Y es que no era para menos, ya que era un sufrimiento que iba más allá de lo imaginable. Era un sufrimiento que trascendía más allá de lo que un niño puede soportar, al sentir el sufrimiento propio y el sufrimiento de su familia; en especial madre, el de su madre.        Cuando Mercedes llegó a la habitación me encontró con la cara, el cuello y parte del tórax cubierto de sangre. Ya las doctoras Evelinda y Francelina, le habían expresado que podría llegar a presentarse diversos sangrados debido a la trombocitopenia, es decir, a una baja de las plaquetas. Mami había leído que algo con respecto a ello: “Estas son las células sanguíneas que previenen las hemorragias a través de la formación de coágulos. Las cifras normales de plaquetas oscilan entre las 150.000 y las 450.000 por milímetro cúbico. La hormona que estimula a la médula para producir nuevas plaquetas se conoce con el nombre de trombopoyetina. Las plaquetas se acumulan en las heridas, provocando una contracción del vaso sanguíneo y, tras una serie de reacciones químicas y junto con los factores de coagulación que intervienen, se unen entre sí y forman un coágulo de fibrina que detiene definitivamente la hemorragia”.           Eso era lo que me estaba sucediendo. La coagulación me estaba jugando una broma macabra; era una de las más graves complicaciones, según los médicos. En ocasiones se presentaba un sangrado por la nariz, testarudo, el cual no cesaba siquiera al aplicarme presión, tal como, asustadísima, lo hacía Mercedes. Otras veces, al hacerme alguna herida, por más pequeña que fuese, comenzaba a brotar tal cantidad de sangre que me asustaba a tal punto que me hacía pensar, que tras aquel caudal podría escaparse mi vida. En una oportunidad llegué a presentar un vómito que más que alimentos digeridos, contenía una sangre tan brillante, que parecía que llevaba minúsculos fragmentos de alguna piedra preciosa de intenso brillo. Mi sangre se vertía por cualquier sitio, por más inverosímil que pareciera. Aquella hemorragia se hacía la tozuda, invencible a cualquier maniobra externa, por lo que mi madre decidió llevarme nuevamente al hospital, a pesar de que, tan pronto me lo comunicó, berreé como nunca lo había hecho.           Cuando llegamos al hospital era ya casi de noche. Hubo mucha dificultad para encontrar un vehículo que me trasladara, porque el transporte público existente era una flota de viejos y destartalados camiones que no ofrecían la más mínima protección. Aunque hubiésemos querido, no hubiésemos podido abordar aquellas arcaicas e incomodísimas unidades, ya que mis condiciones físicas no eran las idóneas; además que hubiésemos tenido que hacer todo el trayecto de pie y apretujados, lo que era incompatible con mi patología.           Mami no tenía dinero para pagar un taxi, casi que se tiraba de los cabellos del desespero. Estaba que enloquecía, debido a que mi sangrado con el paso de los minutos se acentuaba cada vez más y por más presión que ella hacía sobre mis fosas nasales, la sangre no paraba de salir a borbotones. Ramiro, el amigo y vecino de la familia había por fin llegado del trabajo. Mercedes lo había llamado al celular y este se hubo ofrecido a llevarnos a la emergencia. Ya ella se había comunicado con la doctora Evelinda, manifestándole lo que me pasaba; esta a su vez, había hecho lo propio con la pediatra que estaba de guardia en ese momento y le giró unas instrucciones, aunque ella también sabía perfectamente lo que tenía que hacer.            Tan pronto llegué, me comenzaron a pinchar por todos lados. Escuché decir, en medio de mi confusión, que ello era muy arriesgado, ya que cada uno de los puntos de punción sangraba de manera copiosa. Ya parecía una momia de tanto esparadrapo apretando aquellos orificios para detener los pequeños sangrados. A eso era lo que yo siempre le temí. Si por mi hubiese sido, me quedaba en la casa a esperar la muerte con tal de evitar tantas pinchadas, tantos tormentos. Una y otra vez cada una de las enfermeras me pinchaba sin misericordia. Ya el muchacho de laboratorio que se encargaba de tomar las muestras de sangre lo había hecho hasta el cansancio. Por fin, una enfermera regordeta y de escasa estatura, pudo lograr lo que ya varias no habían podido. Mientras me hacían todo aquello, Mercedes había sido procurada por el señor que se encargaba de tomar los datos para completar el expediente de mi ingreso.           Luego de ello, uno de los médicos de menor rango, se encargó de hacerle una sarta de preguntas respecto a mí. Al cabo de unas horas, me ingresaron nuevamente a la sala de hospitalización. En esa oportunidad me ubicaron en la habitación número nueve. A mi madre le causó un poco de conmoción, ya que era en ese sitio donde había fallecido Yordam hacia poco tiempo. Parecía estar escuchando sus quejidos lastimeros. No era miedo lo que sentía Mercedes, era que cada vez que se hablaba de la muerte de un paciente con alguna patología oncológica, ella en el fondo de su alma, sabía que yo tal vez no iba a lograr superar los embates de esa terrible enfermedad.           Se daba inicio a una nueva batalla titánica tal como David y Goliat. Era mi lucha contra el monstruo de mil cabezas que significaba un Estado negligente. Yo necesitaba algo y el Estado me lo negaba, siendo que su obligación era proporcionar todo cuanto se necesitara para el restablecimiento de mi salud. Era esa nuestra cruel realidad, ya la nación había sufrido un daño irreversible, a eso le temía demasiado mi madre. La situación del derecho a la salud en mi pobre país revestía características críticas, principalmente por efecto del estado de deterioro del sistema la salud pública y como consecuencia de las condiciones de restricción a las cuales esta había sido sometida durante mucho tiempo, lo que se mantenía asociado a la conducta de omisión de las autoridades nacionales, con respecto a sus obligaciones de garantizar el derecho a la salud, establecido en la Constitución Nacional.           Era una verdadera locura. Se trataba de una situación de histeria colectiva lo que sucedía en todo el país. En una ocasión, respecto a la salud en nuestro país, un presidente ya fallecido, padre de aquel monstruo de mil cabezas, hubo expresado unas palabras que en ese momento de gran coyuntura que yo estaba viviendo al igual que todo un gran país, sonaban  a hipocresía, a demagogia. “Declaremos la salud en emergencia (…) Detectamos 2.000 módulos abandonados, sin médicos; un descuido de todos. El fenómeno vino presentándose y se tomaron medidas, pero nunca pudimos con el problema. La culpa es de todos. Como verdadero cristiano, como pecador, me confieso. Había consultorios sin médicos. Se estudiaron las razones, y se tomaron las acciones (…)”. El ciudadano común y corriente nunca había escuchado una falsedad de tal magnitud como lo dicho por el gobernante años atrás.           Con la premura del caso, me colocaron un taponamiento con algodón empapado en adrenalina; parecía que me iba a ahogar. En un principio tragaba mi sangre, porque, evidentemente, al no poder salir por mis fosas nasales obstruidas como estaban, la misma tenía que buscar otra ruta. Era desagradable en extremo, sentir mi propia sangre descender por mi garganta. Momentos después, tras aquel taponamiento especial, comencé a sentir que ya no tragaba nada. Me sentí muy desvanecido y todo daba vueltas a mí alrededor.           Sentía un destello de mil colores, cuando trataba de fijar la mirada en lo que fuese. Un zumbido llegaba a mis oídos, produciendo una desagradable sensación auditiva. Midieron nuevamente mi temperatura, estaba muy elevada. Rogué porque no fuese necesario bañarme tratando de lograr su descenso; nunca ha existido nada peor que permanecer metido en una tina durante casi una hora, teniendo un malestar de los mil demonios. Me dieron a beber un jarabe muy dulce y me dejaron tranquilo. Procuré no abrir mis ojos para evitar los ya molestos rayitos de colores que observaba cada vez que los abría.           Me indicaron un tratamiento que de inmediato fue cumplido vía endovenosa. Como siempre, le entregaron a mi mami una lista de insumos que debería adquirir. Lo principal eran catéteres, ya que en la institución no había. Ella se preocupó en demasía, ya que los que había llevado para ser usados durante mi estadía, los habían gastado en los muchos intentos para lograr insertarme uno de ellos. Eran artefactos demasiados delicados y se despuntaban con facilidad.           El resultado de los análisis que milagrosamente pudieron realizar en el laboratorio del hospital, reveló un descenso vertiginoso de mis plaquetas, lo que tenía que ser corregido con premura. Indicó la doctora Deborah, un hemoderivado; es decir, urgía administrarme varias unidades de concentrado plaquetario para, de esa manera, elevar el nivel de las mismas en mi sangre. Mi cuerpo estaba cubierto de nuevos hematomas y comenzaba a sangrar por las encías. La enfermera supervisora se comunicó con su par del centro asistencial donde estaba ubicado el banco de sangre, con el fin de acordar la preparación de dicho componente sanguíneo.           La respuesta fue positiva, pero no en la institución donde me encontraba no había una ambulancia disponible para el traslado del material que urgía, la única que existía estaba descompuesta y no la habían por falta de presupuesto; según lo alegado por la dirección del hospital. Se trató de ubicar una ambulancia de la red de emergencia local, pero la única con la que contaban estaba siendo utilizada para el traslado de un paciente en ese momento. Afortunadamente, el familiar de un niño que permanecía recluido en la unidad de cuidados intensivos, se disponía a llevar una solicitud de hemoderivados al Hospital Universitario y se le solicitó el apoyo para que llevase la mía; aceptó gustoso la petición el buen hombre.           Al cabo de dos horas se apersonó el caballero con lo solicitado, solo que la cantidad era insuficiente. La dosis que ameritaba, de acuerdo a mi peso, no era precisamente la que había sido entregada. El motivo de ese desafuero, fue sencillamente, que la existencia que había en el banco de sangre era muy poca y los pedidos superaban dicha cantidad. Era poco menos de la mitad de lo requerido; pero como dicen comúnmente, poco es mejor que nada. No quedó otra alternativa más que colocarme lo poquito que habían decidido enviar. Le entregaron a mi madre un comunicado donde se solicitaba donantes de sangre. Además de ello, había que vagar nuevamente de laboratorio en laboratorio para la realización de un análisis de descarte infeccioso, pues era necesario determinar que la misma no resultara portadora de alguna enfermedad de las muchas que se transmiten por ese medio y que, por supuesto, podría empeorar dramáticamente mi ya destartalada salud. Todo se complicó, ya mi abuelo no estaba ni tampoco su automóvil, por lo que significaba una verdadera odisea hacer todas aquellas gestiones.           En primer lugar, era muy problemático dar con varios donantes de sangre. En las afueras del hospital había personas pregonando en voz baja, que se prestaban para “donar” sangre; pero exigían mucho dinero a cambio. Otra dificultad radicaba en el hecho de que no existían las bolsas con el componente químico anticoagulante y el resto del material que se utilizaba para llevar a cabo el proceso de extracción, análisis y selección de los componentes que serían ubicados por separado de acuerdo a la necesidad que se tuviese. Se trataba de concentrados de glóbulos rojos, concentrados de plaquetas como era mi caso, plasma, entre otros. Todo eso tenía que costearlo quien necesitara la transfusión.            Tenían que apersonarse los donantes bien temprano en la mañana en el banco de sangre para proceder con la extracción, pero previamente había que adquirir las bolsas receptoras de la sangre; sin ese elemento era imposible dar ese primer paso. Mi mami hizo algunas llamadas telefónicas y no logró nada. La mayoría de la gente alegaba cualquier excusa para, de manera diplomática, negarse a participar en la donación. Muchos tenían razón, ya que debido a las dificultades para lograr comer de manera óptima, la mayor parte de la población había disminuido drásticamente de peso; nadie se atrevía a donar sangre temiendo agravar más, el descalabro nutricional que estaban presentando.           Habiendo sido llamado mi tío Mengue por mi madre, este sin vacilar ni perder un instante de tiempo contactó a varias personas de Buenaventura y ellos, gustosamente, aceptaron donar sangre para mí. En realidad desde este sitio donde me encuentro, siento verdadero orgullo por ellos. Son esas posiciones colaboradoras las que acrecientan las esperanzas en el mañana. Dios observa con satisfacción, la voluntad excelsa de aquellos seres, familiares o no; quienes no vacilan cuando se trata de ayudar a quien lo necesita. Mi señor sonríe de satisfacción cuando observa desde esta gloriosa estancia, a esas grandes personas de fe y de extraordinario comportamiento; para ellos envía sus bendiciones.           Pero no fue sino hasta tres días después cuando pudieron presentarse, no resultaba sencillo asirse de dinero en efectivo para cancelar el importe del pasaje y trasladarse hasta donde me encontraba hospitalizado. El tío les había transferido una cantidad más que suficiente para ello, pero tenían que transformar esa entrega en dinero en efectivo y era eso lo que precisamente resultaba casi que imposible. Caso contrario, si aceptaba el chofer que se le pagase el pasaje a través de transferencia electrónica, el costo tenía que ser multiplicado por cinco veces su valor. Era un lujo que aquellas personas de escasos recursos no podían darse.           Así que tuve que aguardar ese tiempo acostado, sin siquiera moverme: no podía cepillarme los dientes y cada vez me aparecían más moretones. Me asemejaba a una berenjena y a cada instante, unos obstinados dolores me atormentaban; además, unos mareos muy molestos me agobiaban. Entonces decidí quedarme estático, sin siquiera abrir los ojos; solamente mis respiraciones acusaban que estaba vivo. La vida debería ser placentera y en mi caso, el hecho de vivir resultaba para mí, un gran tormento. Quise entonces saber que se sentía
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