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            Cuando salimos del consultorio después de haber concluido la consulta que tuve con la doctora Anais, en la que la lectura del resultado aquel que había caído como quien dice, como un balde de agua fría, todos iban en extremo callados. Esta vez nuestros amigos utilizaron el vehículo de mi querida pediatra. Ella conducía ya que Jesús no podía hacerlo en ese tipo de vehículo de transmisión manual, dada la artrosis en su rodilla izquierda que le hacía difícil y doloroso el hecho de pisar el “croche”. Mi mami, Edward y yo íbamos en el asiento posterior. Edward recordaba la primera vez que me conoció cuando iba yo sentado en sus piernas y mis manos asían sus dedos tratando de llevármelos a la boca. Con una tristeza perpetua demarcada en su rostro Mercedes recordaba el especial momen

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