ayuda de Ramiro, un vecino fiel y cooperador; se llevó sus enseres que no eran más que su cama, un escaparate, una cocina eléctrica de una sola hornilla y varios enseres de su diario proceder; unos gabinetes y otras cosillas como ropas, cosméticos y otras cosillas.
Se concretó de esa manera su nuevo destino. Ya había encontrado albergue, un sitio donde podría dar riendas sueltas a su ilusión de futura madre. Y vaya que se había sentido en extremo feliz al presumir de su estado de “Futura madre”. A ella no le importó los comentarios malsanos de quienes criticaron el hecho de haber salido embarazada sin estar casada. Lo único importante para ella en ese momento de limitaciones y de soledad, era únicamente yo. Pasaba las horas después de la jornada laboral, dedicada incesante a conversar conmigo. Digo eso, porque hasta cuando dormía lo hacía; es decir, soñaba conmigo. Recibía yo sus palabras tiernas y amorosas con sobrado cariño.
“Ya hace rato que pasé las veinte semanas mami. A estas alturas, ya tengo una medida cercana a los dieciocho centímetros y peso cerca de doscientos gramos. Los huesos se han vuelto más duros, lo puedo notar cuando me toco. Ya no palpo aquel tejido blando que sentía antes. Ha comenzado a aparecer el lanugo. Mami ya puedo escuchar he comenzado a oír. Aunque siempre he sentido tus palabras gracias a la magia del amor, en este momento puedo escuchar materialmente hablando. Me muevo de forma más activa, de modo que creo que ya puedes sentir mis movimientos. No me equivoqué, esta noche gritaste de pura emoción cuando sentiste mi primera patadita”.
Había veces que notaba a Mercedes muy callada, su tristeza era muy evidente; había quedado aislada de su familia. Ella pensaba constantemente en mi abuela. Entristecía al recordar que ella había sido demasiado intransigente, se había portado con una soberbia jamás sentida en ella. Le dolía que le hubiere retirado el habla, además de haberla tratado con suma indiferencia. Lastimosamente mi abuela dejo de hablarle como si hubiese cometido el más grave de los pecados, sólo por haberse enamorado y estar embarazada. Mi abuelo, no decía nada, solo secundaba a mi abuela de manera callada, con un gesto de frialdad en su semblante.
Mi madre pensaba también en Aníbal, el único hombre a quien había amado. Yo deseé desde el fondo de aquel corazón chiquitito, que pudiera olvidarlo pronto. Me daba mucha rabia, aunque resultara pecaminoso que sintiese ese oscuro sentimiento estando en aquel sagrado lugar; el vientre de mi madre; pero al sentir que ella sufría de esa manera por el hombre que la había hecho sufrir, aunque fuese mi padre; no podía evitarlo. Pensaba en la dejadez de alguien que no supo apreciar un gran amor como el que entregó mi mami. Además, eso tan corrompido que sentí, también fue por la actitud de mis abuelitos. Lo hice, cuando comprobé que sus seres más amados le habían dado la espalda, a sabiendas de que ella estaba encinta. No se imaginaban el daño que le hacían a su hija y por ende, a mí.
La tristeza de mi mami era podría decirse, insuperable. Ya quería salir de su vientre y verterme a la vida de inmediato para estar a su lado y no se sintiera tan sola. Sabía que aún no era posible, pero era lo que más deseaba en esa incipiente vida que poseía. La tristeza siempre había estado presente en Mercedes. Desde que era una niña solitaria, sin hermanos ni amigos. Jugaba encerrada en su alcoba debido a los prejuicios que su mamá tenía con medio mundo. Ni aun en el colegio tenía alguna amistad, eran sólo compañías fugaces que se disipaban cuando terminaba la clase y había que regresar nuevamente a casa.
La soledad fue siempre su compañía. Por eso, desde el rincón de la gloria de Dios que yo ocupaba cuando era un angelito, miraba a Mercedes batallar a diario con su soledad y con la tristeza que ella le provocaba. Vivía una existencia monótona y lánguida. Sus soliloquios eran permanentes, solo eso le hacía sentir que estaba viva. Yo la miraba y al sentir su tristeza, no podía evitar sufrir también. Su desconsuelo perturbaba mi tranquilidad. Era pues en ese entonces yo, un angelito travieso que miraba a un ser embargado de tanta soledad y tanta tristeza.
Nunca hubo un cuento fantasioso que alguien leyera para sí y le hiciera dormir. Se adentraba en su habitación apenas la noche nacía y en ella, se sentía aplastada por la soldad más inmisericorde. Yo sentía su tristeza desde mi rincón en la Gloria. Me atreví a pedirle al señor que me dejara acercar a ella y así sucedió. Fui, a partir de ese instante, su ángel de la guarda. Desde el cielo cuidaba sus pasos. La cuidaba como nunca nadie lo había hecho. Estuve siempre a su lado, aunque ella no se daba cuenta. Ella sentía que había algo que la cuidaba; pero nunca imaginó que se trataba de su ángel.
En muy esporádicas ocasiones Mercedes y sus padres viajaban a Buenaventura, un sitio muy pintoresco emplazado en pleno corazón de la sierra. Un pueblo fastuoso y de atractivo clima. Distaba desde donde ella habitaba, aproximadamente cuatro horas en un viaje a velocidad moderada. Sus casas eran primorosas, como sacadas de un cuento mágico. Casas construidas hacía mucho tiempo y que conservaban su originalidad con hidalguía. En ese paradisíaco lugar, había nacido hacía un bojote de años, mi abuelita Mervin. Allá vivía su madre, mi bisabuela Leonor, a quien toda la vida llamaron “Nona”. Poca gente, incluso algunos miembros de su familia, sabía el verdadero nombre de la matrona.
Fue una gran dama en todo el sentido de la palabra. Siempre la distinguió una coquetería innata. Lucía una corta talla, su voz tenue y pausada era una de sus principales cualidades. Había que hacer un esfuerzo sobrehumano para escucharle, por lo que casi siempre tenía que estar repitiéndolo todo, cosa que la ofuscaba enormemente. Parecía una muñeca por lo linda que era. Sus facciones reflejaban una gran longevidad dedicada a una fecunda prole.
Sus cabellos eran cambiados en su color cada vez que la ocasión lo requería, a petición de una de sus hijas. Y bien bonito que se le miraba con sus cabellos hermosamente pincelados. Mi bisabuela Nona viajaba constantemente. Uno de sus hijos, el tío Juan Bautista residía en una de las grandes ciudades centrales en la cual tenía un prolifero negocio. Conformaba una familia hermosa, la paz y la unión la fecundaban. Era pues, requerida la presencia de la bella viejecita para decorar esa, su casa, que brillaba cual piedra preciosa; contando de manera constante con la presencia bendita de Leonor, de mi bella bisabuelita Nona; quien frecuentemente sonríe para mí.
Todos los años, en ocasión de la semana mayor, la familia viajaba a la sierra. Mi abuelito tenía un carro que, aunque arcaico y un poco destartalado, era muy espacioso. Viajaba un montón de gente, siempre los acompañaban unos parientes que habitaban en la misma ciudad que ellos. La tía panchita, hermana mayor de mi abuelita y sus cuatro hijos. Los primos Zenón, Adrián, Juanita y Evelyn ocupaban el asiento posterior, junto a su madre. Mercedes iba sentada en las piernas de mi abuelita. Obviamente que mi abuelito Raúl conducía el auto. Eran esos los días más bellos en la monótona vida de Mercedes.
Apenas llegaban, una algarabía se formaba en torno a los visitantes. Mi abuelito llevaba para la muchachera, muchos dulces de las más variadas presentaciones. Además de una buena ración de dulce de lecha de cabra para el tío Arnoldo, el empedernido solterón de la familia, quien era tan mujeriego; que no sabía la cantidad de muchachos que tenía, aunque ninguno vivía con él. Era la semana más divertida de año, Mercedes contaba los días para que llegara. En realidad eran diez los días que pernoctaban en la serranía.
Pasaban ligeros los mismos, entregados al juego y a las más divertidas ocurrencias. No existía edad para la diversión, todos jugaban sin parar; parecían no cansarse jamás. Comían los típicos platos de la zona y de la época. Se guardaba con especial recelo las costumbres religiosas. Lo que resultaba más atractivo era la procesión al Nazareno, todo el pueblo acudía a tan magno evento. Después de las doce del mediodía del miércoles santo, ya no se podía hacer nada que no fuera comer dulces, majarete y pescado en conserva en cantidades industriales. A veces pescado fresco que mi abuelito llevaba como sorpresa.
Los muchachos elevaban sus cometas muy altos. Había hasta una competencia para ver quien la elevaba más alto. El premio siempre consistía en un gran y suculento dulce. Nadie podía golpear nada, decían que si lo hacían era como si se estuviese golpeando a Cristo. Si alguien se bañaba los días santos, decían que se podría convertir en pescado. Era una creencia más que incrédula, un poco repulsiva. Nona tuvo una inmensa descendencia, en total fueron catorce los muchachos que parió. Habría de imaginarse el enorme retozo que se formaba allá en la sierra en la semana santa. La bisabuela Nona partió al encuentro con nuestro adre celestial cuando Mercedes tenía trece años. Hasta allí llegaron los viajes. Desde entonces mi mami vivió enclaustrada en su casa, en medio de una gran soledad que parecía que la iba a aplastar.
Creció así Mercedes y con su soledad y su tristeza a cuesta, se hizo una mujer muy hermosa. Una fuerza extraordinaria me hacía seguirla constantemente como su angelito protector. Era inquebrantable esa soledad que en muy pocas ocasiones desaparecía; aunque solo por momentos. Sintió un aliciente, al momento de ingresar al campo laboral, en sus compañeras de trabajo. Con ellas, entre chascarrillos y tomadas de pelo, había sentido un alivio a su soledad, la misma que la atrapaba nuevamente al llegar a casa. Así transcurría su vida, con su tristeza ya perenne, hasta que la ilusión llegó a ella cuando recién había cumplido veinticinco añitos.
Fue en ese tiempo cuando mi señor determinó que yo debería pasar a otro plano y fue precisamente en Mercedes donde se obró el milagro. Ella entristecía, pero no se sentía sola. Su tristeza era por lo alejado de sus padres. Por no entender que por haber tenido una gran ilusión, había sido desterrada de su hogar y de su familia. Pero mi presencia la llenaba y la hacía sentir plena. Por ello se entregó a mí desde el primer instante en que se enteró de mi presencia. Yo la amaba desde mucho antes de la decisión del creador de posarme en su vientre y ser su amado hijo.
En ese entonces, era yo un angelito travieso que pasaba todo el tiempo retozando lógicamente, con otros angelitos traviesos. En la gloria del padre, el tiempo no es denotado; sencillamente pasa. En mi jugueteo constante fue que, por obra gloriosa de ser yo su ángel de la guarda, denoté el llanto de Mercedes y desde allí comencé a seguir sus pasos tratando de que nada perturbara su tranquilidad. Llegó el amor a su vida y aunque mi abuelita percibió algo que no estaba bien en Aníbal, era una situación que solo ella tendría que enfrentar, a pesar de que una madre siempre quiere bien para sus hijos. Tenía que aprender de sus propias experiencias y vaya que lo hizo.
Llegó el amor a su vida y así como llegó se marchó, dejándola nuevamente sumergida en esa soledad que ya la apabullaba sin clemencia alguna. Hubo una entrega mágica donde el amor prevaleció. El amor que sintió Mercedes, porque Aníbal terminó embarrado de tanta cobardía y tanto desinterés que prefirió hacerse a un lado sin luchar, sin perseverar. Sabía yo que ese golpe le resquebraría la vida, aún así, aunque ese resquebrajamiento resultó inclemente, ella se entregó por amor; por un amor por el que lo apostó todo. Fue esa la causa de mi advenimiento a este mundo. Yo la amaba tanto desde hacía muchísimo tiempo y Dios me premió con hacer del angelito que era; el niño amado y siempre esperado por Mercedes.
“Mami, pienso mucho en ti. Mami ya quiero salir. Estoy desesperado por mirarte, besarte, abrazarte y demostrarte lo mucho que te amo; aunque para eso debo crecer un poquito. Son treinta y cinco las semanas que llevo aguardando. Peso cerca de dos kilogramos y medio. Que grande y pesado me siento. Hace poco que era apenas una pelotita de carne, así como tú misma lo decías en son de broma. Ya mi corazón y mis vasos sanguíneos se han formado por completo, como también lo están mis músculos y mis huesos. Mami, ya he adquirido patrones de sueño, aunque he querido permanecer la mayor parte del tiempo despierto, pensando mucho en ti; pensando en el día en que pueda salir y entregarnos a este amor de madre e hijo que será para toda la eternidad.
Mami, me siento muy mal. Me asusté mucho por lo que te sucedió. ¿Será que de tanto desesperar por aparecer en el escenario de tu vida, nuestro creador quiso adelantar un tiempo? Creo que más bien fue mi desespero. Aún no puedo nacer, me faltan unas semanas más y aunque podría sobrevivir con el desarrollo que ya he adquirido; lo más prudente es que aguarde el tiempo que está estipulado por Dios. Sentí sacudidas repentinas. Escuché tus quejidos de dolor. Perdona mi ímpetu por querer llegar a tu vida antes de tiempo. Ya falta poco mami”.
No era Mercedes la única que estaba sufriendo, mis abuelitos también lo estaban, ella les hacía muchísima falta. En muchas ocasiones se toman decisiones en momentos de excelso enojo o de indecisiones; esos errores nos hacen daño. De todos modos, mi mami no había cometido ningún error, solo se enamoró; sintió que su corazón la guiaba por un camino y quiso seguir aquellos impulsos. Independientemente de lo que sintiera o dejara de sentir mi padre, ella se había enamorado y enamorarse nunca ha sido pecado; mucho menos lo es, entregarse por amor a esa persona amada. Sí, percibí mucha tristeza en mis abuelitos. Estaban totalmente arrepentidos por haber procedido de una manera tan errada, por ello sentían mucha tristeza. Habían decidido el camino correcto, el del arrepentimiento. Y gracias al perdón, la vida volvería a sonreír para todos ellos. Ya faltaba poco para mi nacimiento, por lo tanto era necesario que todo a mí alrededor permaneciera colmado de felicidad.
Ya había finalizado mi gestación. En ese momento pesaba tres kilogramos y mi tamaño era de casi medio metro; según el ecosonograma tridimensional que le hicieron a Mercedes. Mi mami había dejado de trabajar por un tiempo. Le dieron el permiso determinado por la ley para que me trajera al mundo y se la pasaba el día entero tirada sobre su cama, leyendo revistas sobre bebés y acariciando incesantemente su vientre. De vez en cuando se paraba, se miraba al espejo como siempre y me dedicaba sus acostumbradas frases amorosas que tanto me agradaban. Iba al baño con más frecuencia que antes y sentía que ya yo no me movía tanto. Aquella mañana risueña sintió unas molestias leves y se emocionó tanto, ya que sabía que era el primer anuncio de mi llegada. Los dolores se habían incrementado con el paso de las horas y ya al mediodía le incomodaban mucho. Sentía que yo estaba muy “bajo” ya que presentaba distensión abdominal. Por sus partes íntimas había comenzado a botar un líquido sanguinolento.
Mercedes era primigesta y por ende, el proceso de trabajo de parto iba a ser muy complejo; era lógico que demorara varias horas para finalizar con mi expulsión. A media mañana fue llevada al hospital. El médico la examinó, dijo que apenas tenía un dedo de dilatación. No se a que se refería con eso, pero tuvimos que regresar a casa nuevamente, porque aún faltaba mucho. Mi mami se desesperó porque ya las molestias más que nada, le preocupaban. Se trataba de un camino nunca antes andado. Era una visión de lo desconocido.
Pensó que con las horas aquellos dolores se harían aún más fuertes, casi se desmayaba con la sola idea. Sabía desde hacía mucho que no iba a ser nada fácil. Lo había leído en los muchos textos que hubo consultado para ilustrarse en el tema, con la finalidad de que nada la tomara desprevenida. No sentía comodidad en ninguna parte. Se acostaba y nada. Se Sentaba y era aún peor. Caminaba sin cesar en todas direcciones y tampoco encontraba sosiego. No había forma ni manera de que esa inmensa incomodidad cediera, aunque fuera por un rato. Sentía que eran desgarradas sus entrañas. Nunca había sentido una sensación semejante. Mercedes estaba muy asustada y por estar sola, no podía apoyarse en nadie. En ese momento y en esas circunstancias en cuando se necesitaba una mano amiga cercana. Esa mano debió ser la de Aníbal, la de mi abuelo o la de mi abuela. No, no había nadie con mi mami salvo yo, que no podía hacer mucho por ella.
Mi mami había dispuesto todo para mi llegada. Había comprado cuando aún no sabía mi sexo, ropas de colores “neutros”; poca azul y poca rosada. Con los pocos ahorros que había logrado, compró una cuna pequeña y todo el ajuar necesario para un recién nacido. Ella lo tenía preparado todo; ya estaba listo el escenario para mi llegada a la vida. Todo estaba preparado menos ella. Nadie está preparado lo suficiente para eso. Mi mami lo enfrentó sola a pesar de no estar preparada.
Ya no soportaba más. Llamó al taxista que antes ya la había llevado y que se hubo ofrecido a llevarla nuevamente, sin cobrarle absolutamente nada. El buen hombre había dado cuenta de que ella estaba sola y sintió mucha pena por ello. Cualquier persona se conmueve en una situación como esa. El buen samaritano se demoró media hora en llegar. Mientras lo hacía, Mercedes se dirigió a la sala de baño y volvió a miccionar nuevamente. Las molestias que sentía iban en franco aumento. Ya era inminente mi llegada, mi nacimiento.
Cuando el chofer se apersonó, el mismo estaba más nervioso que la misma Mercedes. Era un hombre ya entrado en años, sus sienes eran colmadas de canas. Era poseedor de un hablar pausado y vestía elegantemente; con corbata y todo. Ya la futura madre, impaciente, estaba preparada justo frente a la casa. El caballero ayudó a colocar en la maletera del vehículo, los enseres que frecuentemente se usan para esas ocasiones. Ella abordó la unidad y de inmediato el hombre inició el viaje. Las calles estaban tomadas por un tráfico desenfrenado y hubo que tomar una vía alterna. Aún asi, demoramos aproximadamente treinta minutos para arribar al centro asistencial. De inmediato mi mami fue conducida hasta un sitio muy frío donde esperaban otras “barrigonas”.
Eran las tres de la tarde y ya mi mami “rompía la fuente”. Yo me consideraba cada vez más aprisionado en el canal de parto. Mercedes sentía aquellos dolores con más intensidad y mucha más frecuencia. Consideraba yo que ese sitio era cada vez más minúsculo. Al llegar la examinaron nuevamente, el médico volvió a indicar que aún no era tiempo. Tendría que continuar esperando, no había más que hacer. Era muy posible que la espera se prolongara hasta llegadas la noche, tal vez podría dilatarse hasta el día siguiente, decía tajantemente el médico con cara de desgano. Realmente que se trataba de un proceso extremadamente lento, sobre todo al ser ella una primigesta.
Cuando escuchó al médico decir que aún no era el momento, Mercedes entró en pánico. Comenzó a llorar. La aterraba el hecho de estar sola en horas de la noche o de la madrugada, sin alguien que representara un aliciente ante el momento ingente que estaba viviendo. Por esa razón ella le explicó al médico, a quien ya se le denotaba una cara de agotamiento; que su situación no era del todo fácil. Le explicó que era ella una madre soltera y no contaba con nadie que le ayudara ante una contingencia que tal vez pudiese presentarse en horas de la noche o probablemente en la madrugada. También le hizo saber que su domicilio quedaba distante del centro asistencial. Ya no encontraba la pobre, un argumento de peso para convencerlo de que la dejara pernoctar en las instalaciones. Podría esperar aunque fuese en la parte externa. Ante la pertinaz negativa del apático galeno, no pudo más que exteriorizar un llanto colmado de histeria. Y no era un llanto fingido o utilizado como pretexto para inspirar tal vez lástima; fue un verdadero llanto de miedo, de desesperanza y de confusión.
Ante la insistencia de mi madre, decidieron dejarla hospitalizada. El lugar propicio para tal fin se denominaba área de prepartos. Se trataba de un lugar amplio, con seis camas dispuestas en dos hileras de tres unidades cada una. A esa hora ya había cuatro damas en las mismas condiciones que mi mami. Todas gritaban soportando las contracciones uterinas que ya advertían que el parto estaba próximo. A medida que el nacimiento era inminente, las trasladaban a la sala de partos, que era donde se producían finalmente los nacimientos. En caso de ser necesario, el destino final podría ser el quirófano para la realización de una operación cesárea. Eso le explicaba a mi mami, la enfermera que estaba encargada de ese gran bullicio que significaban seis mujeres gritando al mismo tiempo. Ya la dulce y paciente enfermera estaba acostumbrada a semejante barahúnda.
Las otras parturientas estaban próximas a tener sus bebés. A mi mami, por lo visto, aún le faltaba mucho tiempo. Es verdad que tenía molestias, pero por lo que advertía en sus compañeras, eran solo eso; molestias nada más. Poco a poco el personal iba desalojando la sala de prepartos. Era sorprendente como se producían tantos nacimientos, sobre todo en un país ataviado de una sin par crisis económica. Pero bueno, la vida continúa y hay que perpetuar la especie. Por desgracia, en aquel momento anhelante de mi país, no todas anhelaban el hijo que se formaba en sus vientres; contrario a lo que le sucedía a mi mami, quien siempre soñó con tenerme. La mayoría eran embarazos no deseados. Muchas quedaban en estado, para poder recibir un “bono” que había prometido un populista más que ridículo; irresponsable e inhumano. A medida que se iban desocupando las camas, ingresaban más mujeres embarazadas; parecía una historia sin final.
Con el transcurso de las horas, las molestias de mi mami se acrecentaban y ya entrada la noche, eran verdaderas contracciones; fortísimas por demás. Lo que ella había sentido antes fueron solo leves molestias. A esa hora, la situación se estaba convirtiendo en una horrenda pesadilla. Cuando se presentaban las contracciones uterinas, la pobre se quedaba sin aliento. Pasaban rápido, pero el poco tiempo que duraban, era intenso el dolor. La enfermera encargada del área le hablaba tiernamente, explicándole como tenía que actuar al llegar el momento.
Flor era una enfermera veterana, llevaba más de tres décadas de ejercicio. Treinta y tantos años dedicados a coadyuvar con los médicos en la atención de partos, amén de que ella había parido en ocho oportunidades y sabía, por experiencia personal, que cuando se es primeriza nada es sencillo; porque se camina por un pasaje nunca antes transitado. En el conticinio de esa noche que pasaría a la historia; Mercedes sintió que ya yo quería salir. Llamó a Flor y ella con solo mirar en su entrepierna, supo que tenía mucha razón y de inmediato llamó al camillero para que procediera con el traslado. La transportaron en una camilla hasta la sala de partos.
De inmediato, tan pronto hubo salido mi cabeza, fue apartado el incómodo filamento que hasta entonces apretaba mi cuello. Al cabo de varios minutos, tras aquel magno esfuerzo por parte de mi madre, pujando de manera heroica; se produjo el milagro de mi nacimiento, a juzgar por las palabras que ella siempre pronunciaba al hacer referencia a ese acontecimiento. Luego de haber emergido de aquel tibio regazo que me hubo resguardado durante cuarenta semanas, faltaba la conexión divina que me hiciera adaptar a mi nueva realidad. Estando yo en las manos del eminente galeno con la cabeza hacia abajo, este estimuló mis pies con suaves golpeteos; de ese modo se dio inicio a mi respiración. Al instante se escuchó un agudo chillido, era el llanto que anunciaba mi llegada; un gemido supremo que le indicaba a mi mami que ya me había hecho presente.
Luego de constatar la calidad de mi respiración y su correcta frecuencia, además de un chequeo rutinario; el médico dejó que una bella persona se encargara de mí. Era Nieves, la bella enfermera que se iba a encargar de aplicarme los primeros cuidados. Ella, de manera delicada, me tomó entre sus brazos y me trasladó hasta un sitio sumamente cálido y cómodo. En ese espacio manaba una luz blanca intensa. En aquella cálida estancia, aquellas bellas personas hicieron lo necesario para que pudiera adaptarme a la vida.
Ya ubicado en la incubadora, fui examinado con más pericia por una pediatra ataviada en un ropaje especial. Ella, con mucha delicadeza, procedió a tocar todo mi cuerpo para comprobar mi integridad. Era una mujer de mediana edad, de tez trigueña y buena estatura; sus ojos reflejaban infinita ternura. Colocó acto seguido un aparato sobre mi barriguita y sobre mi pecho para escucharlo todo. Aprobaba con mucha seguridad sus hallazgos exploratorios, los cuales demostraban mi salud perfecta. La doctora Francelina, que era como se llamaba esa especial mujer, luego de terminar mi examen físico, colocó sobre mi cuerpo una bella ropita.
Además dispuso cerca de mi regazo una cálida manta, para que con ella fuese abrigado al momento que por alguna circunstancia, tuvieran que sacarme de aquel agradable sitio. Mi respiración era la idónea, mi bella pediatra le dictaba las cifras a la enfermera y ella las anotaba en una hoja de registro. Más tarde, tras el tiempo necesario durante el cual fui detenidamente observado para constatar que todo estuviera bien, Nieves me llevó, muy bien abrigado, hasta donde mi mami, extenuada por el extremo esfuerzo que había realizado; esperaba con desespero por mí. Fue ese el primoroso primer encuentro entre ella y yo.
El sitio donde dejaron recluida a mi madre después del parto era un sitio muy agradable, había mucha iluminación y era bastante cálida. Todo olía a limpio, en ese lugar se recuperaría del laborioso parto y también allí procurarían que no se presentara ninguna complicación; en efecto, todo salió a la perfección. Mi regazo era muy cómodo, se trataba de un pequeño mueble de metal sobre el cual estaba colocada una almohadilla blandita y en extremo suave. Ese blando objeto recibió mi cuerpo abrigándolo deliciosamente. Cansado del esfuerzo que hice para salir del vientre de mi mami, quise descansar en ese magno cobijo. El sueño me atrapó con sobrada premura y ya quietecito, me entregué a él para soñar. De esa manera, en mis sueños, podría dar eternas gracias a Dios por ese perfecto milagro.
Dos días después nos trasladamos a casa. Ya en ella comenzaba una vida de ensueños. Mi mami y yo disfrutábamos cada uno del otro; ella se dedicaba a ser madre en todo el sentido de esa bella palabra. Lo hacía todo ligerito, no quería desperdiciar ningún minuto sin atenderme, según sus propias palabras, como me lo merecía y se desesperaba cuándo lo que tenía que hacer, le robaba más que unos “valiosos” instantes. Se bañaba, se vestía y hacía todo con un ojo puesto sobre lo que estaba haciendo y el otro sobre mí, atenta a la menor de mis exigencias; aunque yo no hacía más que dormir y dormir. Despertaba solo para alimentarme. Como aún no estaban preparadas las mamas de Mercedes, me alimentaba con una pequeña botella y en seguida volvía a dormirme. Pronto me di cuenta de que con solo emitir mi llanto, obtenía todo lo que quería; aunque en ese momento únicamente necesitaba que me alimentaran, me cambiaran el pañal y me dejaran dormir tranquilamente.
Escuchaba suaves melodías mientras dormía y cuando no estaban presentes las bellas composiciones musicales, era la voz de Mercedes la que me arrullaba y me hacía sentir amado. Se le notaba por sobre la piel, el gran amor que me tenía y no dejaba pasar un pequeño instante sin demostrármelo. Lo hacía expresándolo con su suave voz arrulladora, la misma que escucharé eternamente. También lo hacía acariciándome son extrema ternura, cuidándome como a su más preciado tesoro o, sencillamente, sintiendo ese inmenso amor por mí contemplándome callada mientras estaba yo dormidito. Aún estando dormido, le correspondía en la medida que mis escasos días de vida me lo permitían y ella lo notaba en mis inocentes sonrisas que para ella siempre regalé, mientras estaba cobijado en mi sueño. En medio de la noche ella despertaba ansiosa por mirarme y comprobar que toda aquella realidad no era producto de un sueño como muchas veces lo había sentido.