El caballero en cuestión era el licenciado Jesús, un hombre alto y elegante; profesional de la enfermería. Un enfermero destacado y con sobrada calidad humana, el mismo estaba a cargo del servicio de emergencias. Miró a Mercedes y al notar mi estado de salud (había comenzado nuevamente el episodio de tos), la tomó delicadamente de la mano, ayudándola a ponerse de pie. Con mucha paciencia y extremada ternura, se dirigió con nosotros hacia la sala donde sería atendido. En verdad mi estado era delicado. Mis vías respiratorias se congestionaban cada vez más de secreción y ya no podía respirar. Aunado a ello, la tos incesante hacía que vomitara lo poco que había comido. Por cosas de Dios, el contenido gástrico no pasó a mis pulmones, como supe luego que solía suceder en casos de máxima dificultad respiratoria.
De inmediato, el licenciado me trasladó a una sala especializada equipada con equipos de avanzada. Colocó unas cositas sobre mi pecho y al momento, comenzó a escucharse un sonido que solo había percibido al momento de mi nacimiento. Introdujo una manguera de muy poco grosor por mi nariz. Tras aquel detestable procedimiento, un sonido espantoso denotaba la espeluznante sensación de que me estaban succionando el alma. Luego de que esa endemoniada manguera entrara y saliera de mi nariz y boca varias veces, colocó sobre mi cara una cajita trasparente que permanecía conectada a una toma de oxígeno. Llegaba el vital elemento con un grado tal de pureza, que me hizo sentir mejor.
Luego de constatar que ya estaba respirando mejor, el siguiente paso resultó sumamente incómodo. El licenciado Jesús introdujo una aguja en mi brazo y extrajo mucha sangre, que luego vertía en unos delgados recipientes transparentes, no supe con que intención. Aquel endemoniado picotazo, me produjo un dolor espeluznante. La última vez que había sentido un pinchazo en mi cuerpo, estaba yo recién nacido y me dolió demasiado. Después supe que era una inmunización para protegerme de una enfermedad grave. Escuché que le decían vacuna, creo que B.C.G o algo así. Al poco rato, un grupo de personas me rodearon colocando sobre mi pecho, un aparato con el cual escuchaban algo una y otra vez.
Miraban el reloj mientras escuchaban ese algo precisamente en mi tórax. Tras recibir un papelito que había llegado al poco rato de haberme pinchado como con rabia, se miraron entre ellos. Mientras tanto Mercedes, muy asustada, no entendía lo que estaba sucediendo. Ella lloraba con desespero, no soportaba ya un momento más sin saber que estaba sucediendo conmigo, cuál era la causa de mi repentina gravedad. Su nerviosismo la impulsó a abalanzarse sobre mí para tomarme en sus brazos.
Al actuar instintivamente de esa forma tan brusca, la conminaron a salir del recinto alegando que todo estaría bajo control. En ese instante mi estado de salud era sumamente crítico. De haber tardado un poco más en recibir asistencia médica, la historia hubiese sido otra. El resultado de laboratorio recién obtenido, mostraba una cifra aterradora. El nivel de oxígeno en mi cuerpo estaba excesivamente bajo los límites de la normalidad. Tenían que instaurar de manera inmediata un tratamiento y en el hospital, según lo expresado por el mismo personal que estaba de guardia; carecían de los más básicos medicamentos para enfrentar cualquier tipo de situación.
Conversaron con mi mami haciéndole saber esa absurda realidad. Daba verdadera lástima que, en un recinto donde éramos atendidos muchos niños, por ser precisamente un hospital pediátrico; no existiera un equipamiento adecuado. No había siquiera guantes, gasas, jeringas y una larga lista de elementos esenciales para enfrentar los tantos casos que ha diario eran atendidos allí. La sola presencia de un intachable personal especializado no era suficiente. Era el eterno comentario que se escuchaba por todo el recinto, de boca de los propios usuarios.
Le hicieron llegar a Mercedes una larga lista donde estaban apuntados todos los fármacos y materiales que necesitaban con suma urgencia para tratar de paliar mi grave cuadro clínico. Era mucho lo que se necesitaba. Mi mami no tenía dinero ya. “¿Dios mío que hago ahora?”, se preguntaba la pobre sin saber de dónde vendría alguna respuesta. Salió del hospital ensimismada en sus propios pensamientos y se sentó en una banca que estaba cerca de la puerta de entrada. Lo único que podía hacer, era elevar una plegaria al creador; él sabría ayudarla de seguro. Ya eran aproximadamente las seis de la mañana. Los rayos del sol amenazaban desde lo alto y una ligera claridad se dejaba colar por todos los rincones. Unas avecillas diminutas que se caracterizan por que caminan brincando, danzaban por doquier; alimentándose de migas que alguien había lanzado con ese propósito hacía poco rato.
A su alrededor, mientras esperaban que amaneciera, un grueso número de personas estaban viviendo una situación semejante a la que vivíamos nosotros; la desesperanza se dibujaba en sus rostros. Yo, batallaba contra el infortunio que había llegado de manos de una enfermedad, al igual que todos los que estaban en aquel hospital de especialidades pediátricas, otrora hospital ejemplo a nivel nacional, en ese entonces venido a menos. Sin medicamentos, sin materia medico quirúrgico y con cada vez menos personal. Ya muchos trabajadores, profesionales o no, habían emigrado a otros países en busca de mejor fortuna.
Los pocos que decidieron quedarse por uno u otro motivo, trabajaban en condiciones paupérrimas, casi con las uñas. Fuera del recinto, muchos padres y madres sufrían de crecida impotencia. No tenían los recursos suficientes, en un país donde el desabastecimiento ya comenzaba a hacerse sentir en todos los rubros, especialmente en los insumos hospitalarios y alimenticios. Y el comercio asquerosamente ventajoso precisamente de medicamentos y alimentos, mataba a los más necesitados. La reventa de productos esenciales desviados a manos criminales, hacía mella en el pueblo. Aquellos seres despreciables comercializaban con las necesidades de los más necesitados.
Resultaba desesperante e incomprensible, que en un país con tantas maravillas naturales depositadas en el subsuelo por siglos; en un país que es único en el mundo, en una paradisíaca nación que había logrado su independencia del poderío de otrora, a base de la sangre, del sudor y de las lágrimas de esos seres gloriosos que lo dieron todo por nosotros; en aquella bendita República colmada de paisajes esplendorosos, pletóricos de bellezas naturales en donde pululan bellezas en grandes cantidades; precisamente en esas tierras que nuestros padres soñaron para nosotros, existiera aquella tremenda desidia que mataba a muchos seres inocentes que habían cometido el grave pecado de ser pobres. Personas que, por no contar con recursos económicos, sentían al llegar a cualquier centro asistencial, que en lugar de ayudarles, le extendían contrariamente, una sentencia de muerte. En cada hospital la situación se repetía, todos carecía de lo mínimo necesario para poder preservar una vida, tal como lo garantiza el precepto constitucional.
Recuerdo lo que con mis pensamientos le grité a mi madre. A pesar de mi corta edad, mi entendimiento siempre fue muy particular. Dios debió haberme compensado con ese don. Nunca dije nada más allá de lo normal para no sorprender a nadie, pero en el fondo de mí siempre existió el ser especial que nuestro señor envió a cubrir de amor y felicidad a una mujer que tanto lo había necesitado. En realidad nunca dejé de ser un ángel. Los pensamientos le gritaban a mi madre, el suplicio que estaba viviendo en aquel trágico momento: “Mami, me siento terrible. Me cuesta mucho trabajo respirar. Tengo mucho miedo mami. No me dejes solo por favor. Necesito que me beses mucho, que me digas esas palabras bonitas que tanto me agradan. Mami, quiero que me arrulles en tus brazos como lo haz hecho desde que llegué a la vida. Solo en ellos me siento feliz. Mami, te necesito. Este sitio de da muchísimo miedo. Quiero llorar y no puedo. ¿Por qué me dejaste tan solo?”.
Mi mami midió el paso del tiempo y comprobó la prudencia de una hora. De su teléfono móvil hizo una llamada. En virtud de que mis abuelos estaban incomunicados telefónicamente, ella había decidido llamar a uno de los vecinos; un señor muy amable, amigo de la familia. El caballero recibió la llamada telefónica y de inmediato le dio el recado a mi abuelito. Resultaba muy extraño que el Sr. Manuel se presentara tan temprano en la casa de alguien, por lo tanto aquella inusual visita les causó mucha extrañeza. Tras un breve saludo, el caballero le comunicó, sin ambages, el mensaje de mi madre. Fue la única manera que ella consideró para poner al corriente a sus padres de lo que estaba sucediendo conmigo. Necesitaba un apoyo y sabía que podía contar con ellos.
Mi mami entraba y salía constantemente al área donde yo permanecía en delicado estado. Desde un ventanal, muy preocupada, miraba todo cuanto me hacían todos quienes estaban abocados a rescatarme de las garras de un desenlace fatal. Quien se preocupó más por mí fue, sin duda alguna, el licenciado Jesús; lo hizo de una manera diligente y muy paterna. Se notaba en él una dedicación nacida de su corazón, la cual denotaba en su sobrada vocación profesional.
El licenciado decidió quedarse a mi lado todo ese tiempo, anotando constantemente algunos datos surgidos de aquel aparato que no cesaba de hacer un ruido tintineante. Me miraba detenidamente y anotaba en un papel. Acariciaba mi cuerpo y me hablaba con palabras dichas con un tono tan suave, que nadie las podía percibir; a pesar de que se esforzaban mucho tratando de hacerlo. Lo cierto era que aquella manera de hablarme, sus miradas y las suaves caricias de su tacto, me hicieron sentir seguridad, hicieron calmar mi ímpetu; me ayudaron mucho. Cuando ya me había estabilizado lo suficiente, hicieron pasar a mi mami para que se quedara conmigo. Eso me terminó de calmar y me dio el resto de la seguridad que había estado necesitando.
De inmediato ella corrió y se abalanzó cuidadosamente sobre mí, inclinándose sobre la camilla donde me encontraba y besando tiernamente mi rostro, mientras me miraba de una manera que nunca más sentiré de otra persona. Me quedé dormido al instante. Mientras lo hacía, pude ver detrás de mi mami, a mi señor creador mirándome sonriente como siempre lo había hecho cuando era yo un angelito. Habían salvado mi vida, gracias señor Jesucristo. Mi mami, en una silla que dispuso para ella el licenciado Jesús, se sentó justo a mi lado y me tocaba constantemente. Ella, guardando un sepulcral silencio, recordaba cada instante de mi vida. Mientras me contemplaba con aquella ternura infinita que siempre habré de recordar donde quiera que me encuentre, guardaba un sepulcral silencio mientras recordaba cada instante de mi vida. Su mirada resultaba perdida en algún horizonte perdido en aquellos enmarañados vericuetos de una tragedia. Era una mirada que nunca nadie podrá describir, por más que use las frases hermosas con que los poetas entregan su arte delicioso.
De manera sorprendente, se había conjugado para mí una coincidencia bendita. La doctora Francelina ejercía, además de en su consulta privada donde veló mi desarrollo desde siempre, en el centro asistencial donde vine al mundo. Ella trabajaba en el servicio de Neonatología del Hospital General de la región. Tenía contacto muy directo con el centro pediátrico donde estaba yo recluido; el mismo, estaba situado en una población un poco alejada. La mayoría de sus colegas eran, además de ello, amistades desde hacía varios años. Asimismo existía un gran detalle, ella y el licenciado Jesús eran esposos desde hacía más de veinte años. Supe que tenían un precioso hijo al que amaban de manera excelsa. Además de licenciado en Enfermería, él era locutor y abogado especializado en el área penal.