chistar nada, ni oponerme siquiera a sus designios. Era eso o nada, era esa mi realidad. Era una realidad y ella misma me gritaba que yo significaba necesariamente eso, una cruel realidad. Y esa realidad tenía voz propia, me gritaba, me decía mil cosas; gritaba mil insultos para mí. Y yo no podía hacer algo más que escucharla, quedarme quietecito y escucharla. No era para menos. Era mi realidad, mía y de mi madre; porque yo aun era un mocoso mugriento como quien dice. No tenía derecho a pataleo. Era por ello que, en ese cuarto de hospital, sufrí callado, los más desastrosos momentos. Parece mentira aun, que lo diga estando sentado con mi padre celestial, mi padre eterno; yo sufrí demasiado. Sufrí más de lo que podía soportar un niño de mi edad. Aun no se porqué se puede sufrir tanto, siend

