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Estaba presentando dos severas complicaciones de mi ya desastroso diagnóstico. La exposición al tóxico fue tal, que las secuelas no eran de extrañar. El personal no se explicaba, cómo era que continuaba   aferrado a la vida.           “Mami, no desesperes mi amor. Mercedes, ten mucha fuerza, verás que Dios no nos desamparará. Él de seguro, escuchará tus plegarias y las de todos los que oran por mi pronta recuperación. Este sitio en el que me encuentro es bello. Acá a mi lado estoy con mis bellas bisabuelas Leonor e Isaira. Me miran con especial ternura ambas. Me acarician de una manera que nunca se siente sino de una madre. Ellas han sido muy buenas conmigo todo este tiempo. No se han separado de mí. Me animan a continuar luchando. Estoy seguro que lo voy a lograr mami. Madre querida, ten fuerzas, no desmalles; piensa en nuestro amor. Piensa en que tenemos un largo camino que recorrer juntos, madre querida. Nunca olvides que te amo inmensamente.           Mi bella Isaira me habló por fin. Hasta ahora se dirigía a mí solamente con sus gestos, sus miradas y sus sonrisas. Su voz es muy especial. Me hace sentir muy amado. Me contó que en una ocasión vivió una situación muy apremiante como la que vivíamos con mi caso. Fue con uno de sus hijos, el abuelo Argenis, el padre de mi padre. Sufrió un aparatoso accidente y ella lo presenció. Se sintió morir. Lo tomó entre sus brazos mientras era trasladado al centro asistencial. Ella padecía de un cáncer terminal. No soportaba el dolor por su enfermedad y eso no amainó su deseo de ayudar a su bebé, como me contó que le decía desde siempre.           Me viejita me contó que le cubrió de besos, empapando sus labios con la sangre que manaba a borbotones de su cuerpo. Pensó que su hijo perdería la vida y se lo encomendó a Dios, ya que él todo lo puede. Finalmente sanó luego de tantos pesares y sinsabores. Ella veló muchísimas noches sus sueños inquietos mientras se recuperaba. Eso solo lo hace una madre bendita. Al poco tiempo, el señor la llamó a su seno y desde allí vela por el bienestar de sus seres queridos. Y yo estoy entre ellos mami. Mi viejita Isaira me miró con esa mirada proba que nunca podré ni querré olvidar, luego me abrazó con mucha fuerza. Y besando mi frente mientras acariciaba mi rostro, se alejó junto con mi bisabuela Nona. Nuestro Dios todopoderoso nos miraba complacido. Miró mi creador a mi cuerpo que, inerte, casi languidecía. Miró a Mercedes llorar mientras le oraba. Me miró como siempre lo hizo, con sobrada ternura y, sonriendo, me hizo una seña ya conocida por mí. Se alejó entre las nubes mi señor bendito. Mami, ten fe, mucha fe. Nunca olvides que te amo”.           El doctor Rosillo insertó un delgado tubo a través de mi pared torácica que llegó hasta mi pulmón. De allí comenzó a manar un líquido viscoso y sanguinolento en abundancia, además de muy fétido. Era drenada de esa manera, aquella bestial infección que se había anidado en mí. Los antibióticos estaban haciendo su trabajo a cabalidad y el refuerzo que me otorgaron los hemoderivados que recibí, completaron aquel sinergismo bendito. Y al extraer aquel caudal de líquido de mi cavidad pleural, hizo que se obrara el milagro. Al día siguiente comenzó a drenar una orina de color más claro y en abundante cantidad. Mi semblante comenzó a cambiar y la temperatura a descender poco a poco. Observaba yo ese cuadro fantástico, muy entusiasta desde aquel sitio fantástico. El señor me miraba complacido.           Sentí una ráfaga de viento que me estremeció enormemente. De repente pude abrir mis ojos, a la vez que sentía un fuerte dolor en mi costado. ¡Dios mío, qué bendición! Estaba despertando del largo y angustiante coma, al que me había arrojado el portentoso veneno con el que, por desgracia, me había topado al final de una tarde colmada de juegos y alegrías. Gracias mi Dios eterno. Gracias abuelita Nona, gracias mi querida Isaira. Espérenme para que algún día, paseemos juntos en la gloria de Dios por toda la eternidad. Son sus rostros benditos los que mantendré en mis recuerdos, como lo más hermoso que el cielo me regaló en aquellos momentos cuando estuve a punto de perder mi vida. Mamá Isaira, sé que desde ese entonces fuiste un especial ángel que guió mis pasos. Que cuidó de mí y me enseñó a andar en la vida. Que Dios te bendiga por siempre mi vieja bella.           Cuándo pude abrir por completo mis ojos, el aturdimiento de invadió de inmediato. Parecía estar ahogándome con aquel gran objeto que me atravesaba la garganta. Estaba sujetado con sendas amarras a ambos lados de la cama y era imposible moverme, por más esfuerzos que hiciera. El dolor agudo que sentía en mi costado me estaba torturando. Busqué a mi Isaira por doquier y por más que lo hice, no la divisé. Quise gritar con todas mi fuerzas para que llegara nuevamente a estar a mi lado y solo salió de mí, un horrendo sonido gutural. Estaba incapacitado para usar mis cuerdas vocales, debido al tubo endotraqueal que tenía colocado. Definitivamente había yo despertado y mi desesperación fue tan extrema, que la bella Fabiola, tuvo que inyectarme algo para poder controlarme.           Así fue, me fui quedando dormido poco a poco, tras aquel sedante oportuno. A pesar de haber despertado después de tanto tiempo volví a caer en un sueño profundo, solo que esa vez, era por mi bien. Podía  hacerme daño al querer incorporarme, ya que aún permanecía adosado al ventilador mecánico, al monitor cardíaco; entre otros enseres esenciales. Al poco rato desperté nuevamente, esa vez más calmado. En mis sueños, mi adorada Isaira me hubo consolado y pedido otro poquito de paciencia. Orientó así, mis pasos en mi recuperación. Ya mi respiración no denotaba aquel esfuerzo supremo, y del tubo que salía de mi tórax, surgía entonces muy poco líquido, por no decir, nada. Manipularon el respirador artificial, con la firme finalidad de que fuese adaptándome poco a poco a respirar sin necesidad de él. Todos lloraban de una embriagante emoción al verme en pie de lucha. De inmediato Johana le comunicó la gran noticia a mi mami y ella lloró, esa vez de sobrada felicidad. Seguidamente corrió a mi encuentro y fue ese, el más bello abrazo que recibí en toda mi vida.           Esa noche me fue retirado el tubo por donde respiraba y pude hacerlo de manera espontánea. De igual manera me retiraron aquel poco de “cables” que tenía por doquier. Pude comer por fin, aunque más bien diría que pude beber; solo fue un jugo desabrido que a pesar de todo, me supo a gloria. Más tarde, pudieron pasar mis abuelitos, de uno en uno por normas estrictas de dicho sitio. Era una excepción, ya que de noche las visitas estaban prohibidas. El doctor Medina les dijo que lo peor había pasado. Ya lo que restaba era esperar por mi completo restablecimiento para poder irme a casa. Eso era lo que mi familia y yo deseábamos como a nada en la vida. En verdad, como me lo había dicho mi querida viejecita, era cuestión de tener un poquito de calma. No se equivocó mi viejita Isaira, ella nunca se equivocó.           Ya cuando eran las diez, les pidieron muy amablemente a mis parientes que salieran, pues ya era muy tarde. Obedecieron gustosos. Mis abuelitos se marcharon al auto a dormir, lo hacían allí, ya que nuestra casa quedaba en otra ciudad. Mercedes por su parte, se quedaba sentada en la sala de espera, frente a la Unidad de Terapia Intensiva donde yo permanecía. A media noche pasó el susto más grande de su vida. Resultó que pernoctaba recluido, un bebé recién nacido que había llegado al mundo en graves condiciones. Se esperaba su fallecimiento de un momento a otro. Su padre permanecía sentado cerca de Mercedes.           Ninguno hablaba, ya que no había ánimos para ello. Repentinamente el médico de guardia abrió la puerta y, mirando a mi mami, le dijo a quemarropa: “El niño acaba de morir”. No se había percatado el facultativo de que no era a mi mami a quien debió haber dado aquella fatídica noticia, sino al padre del niño que había ingresado hacia unas horas en estado de gravedad. Mercedes por poco se muere tras la horrorosa noticia. De inmediato el médico entendió su metida de pata y le explicó que se había tratado de un grave error. Le ofreció disculpas y Mercedes recuperó la serenidad gracias a Dios. El padre del bebé se retiró llorando a avisar a su familia lo sucedido. Mi mami no salía de su asombro por lo que le hubo hecho el negligente personaje neogranadino.           Al día siguiente, después de pasada la junta médica, decidieron retirar el tubo torácico y en horas de la tarde, egresarme a la sala de hospitalización general para que continuara allí, mi total recuperación. Mi mami estaba a mi lado cuando recibió la notificación. Habían salvado milagrosamente mi vida aquel grupo de ángeles terrenales. Mercedes los abrazó a todos y se desvivió emocionada, sin encontrar palabras con las que agradecer ese enorme esfuerzo y la inmensurable calidad humana de todos lo que allí laboraban. Detrás de ellos, miré muy complacido a tres imágenes muy conocidas. Estaba mi eternamente amado señor Jesucristo en medio de mis bisabuelas. Estaban sonrientes. A su alrededor, un perfecto brillo se dejaba sentir únicamente para mí. Luego de lo cual se regresaron a la gloria, desde donde seguirían velando por mí.           Ya al mediodía, salía de la Unidad de Cuidados Intensivos en brazos de Mercedes. Mi abuelito cargaba el gran arsenal de utensilios que habían permanecidos guardados en un estante del área de espera. Se alegraron muchísimo de que pronto regresarían conmigo a casa. Habían pasado demasiados contratiempos. Todo lo hacían con el mayor de los sacrificios. Se aseaban en los baños para el público que había en la parte externa del hospital. Y lo más incómodo, era la manera cómo dormían mis abuelitos en el vehículo. Mi mami por su parte, siempre medio dormía, sentada en la sala de espera. Pero ya comentaban que había valido la pena tanto tormento. El tío Mengue, al comprobar que había pasado lo peor, se excusó alegando diversos compromisos, prometiendo que volvería tan pronto se desocupara, no sin antes, dejarle a mi mami algo de dinero.            Fui a parar en una sala amplia donde convergíamos en total seis pacientes, todos niños no mayores de seis años. Existía un gran ventanal que procuraba una excelente iluminación. Llegaba a su través, el bullicio característico de la gran ciudad. La brisa era suave, a pesar de que se trataba de uno de los pisos superiores de aquella edificación. Varias palomas regalaban sus gorjeos, mientras hacían sus bailes amorosos. Repentinamente volaban para regresar rato después. La cama había sido cubierta con una lencería blanca de suma suavidad. Mi mami colocó un cobertor afelpado sobre ella, para procurarme más comodidad y alto confort. Y vaya que así fue, era un encanto recibir esa caricia sobre mi adolorida humanidad.           El contacto con esa suprema suavidad con olor a jazmín, atrajo un sueño reconfortante. Me quedé dormido enseguida. Había pasado episodios sumamente difíciles, fueron momentos de desesperación, de desaliento y de muchísimo miedo. No fue nada fácil sentir que la vida se escapaba de una manera tan inverosímil, traté únicamente de sentir una diversión tan inocente y tan cerca de la naturaleza y, repentinamente, sentí que la muerte me atraía cual inmenso magnetismo. Gracias a mi Dios bendito, al cuidado de mi madre, al instinto salvador de mi tío, a la prudencia de sus actos y la rapidez de su auxilio, pude continuar en el camino de la vida. Gracias también a la dedicación sin igual de unos maravillosos seres que siempre, dada sus vocaciones benditas, se entregan en alma, cuerpo y corazón. Bendigo a mis viejecitas, que entregaron su apoyo desde el cielo. Esteraba entonces por mi total restablecimiento, para seguir en mi vida, amando y dejándome amar por mi Mercedes.                                                             Ya tenía seis años, dentro de unas semanas iría al colegio. Ya había quedado atrás el preescolar. ¡Qué grande estaba!, eso me emocionaba enormemente, sentía una gran felicidad. Mercedes estaba muy orgullosa de mí, así como también lo estaban mis abuelitos. No niego que siempre quise tener un hermanito o hermanita; pero creo que Mercedes estuvo negada a ello desde el instante mismo cuando ocurrió su decepción amorosa. Ni siquiera se le escuchaba hablar de algo parecido. En el fondo, creo que nunca dejó de amar a mi padre. Tal vez en algún lugar de su corazón guardaba alguna esperanza de ser feliz con él; aunque se tratara de una esperanza muy remota.            Mi abuelito había ideado en el patio de la casa, anexo a la misma y en conexión directa con el cuarto de mi mami; una habitación para mí. No era muy grande, pero si resultó en extremo bella y cómoda. Poseía justamente lo necesario, eso fue más que suficiente para un niño como yo. Entre él y mi abuelita habían comprado el material necesario. La construcción estuvo a cargo de Lorenzo, un vecino de toda la vida de mi abuelito, a quien medio mundo le decía “Lencho”. Él  mismo se vanagloriaba de su apodo y lo decía con sobrado orgullo. En lugar de decir su nombre cuando alguien se lo requería, solo expresaba lo siguiente: “A mí me mientan Lencho, pa servirle”. Daba gracias cuando quería saber el nombre de alguna persona. Él mismo se lo preguntaba; pero no como se hacía habitualmente, sino que inquiría: “¿Como firma usted?”. Ese mismo personaje popular de mi barrio, fue quien construyó mi habitación. Lo hizo con mucha destreza y rapidez, sin ayuda de nadie. Con mucho cariño recuerdo que aquel caballero era muy ágil en la práctica de su oficio.              En mi cuarto estaban todas mis cosas. Mi ropa era ordenada meticulosamente en el armario, Mercedes era muy rigurosa en cuanto a eso. En lo referente a mis juguetes, sí que resultaba otra cosa, permanecían tirados por todos lados. Eran estériles los tantísimos esfuerzos hechos por mi mami, ya que siempre permanecían esparcidos en toda la casa inclusive. Mi abuelita la enfrentó en una ocasión, aduciéndole que yo aún estaba muy chiquito para inculcarme que fuese ordenado. Ella no tenía la suficiente paciencia en cuanto a ello; por eso llevaba a diario una lucha sin cuartel para tratar de que ordenara mis juguetes y, en efecto, lo hacía, solo que pasados unos minutos; la reguera se presentaba nuevamente, y siempre permanecía atiborrado el piso de todos mis juguetes.            Pasaba todo el santo día tirado en el piso, jugando y haciendo “planas” en mis cuadernos. Mi mami, conjuntamente con mi abuelito, ya me había enseñado a leer y a escribir. Lo hacía muy bien, bueno, eso lo decían ellos y yo creo que así era. De noche, la recámara construida para mí permanecía deshabitada, ya que no dormía solo, lo hacía con mi mami y no había hasta ese momento, ninguna fuerza que me indujera a dormir solo, por más recomendaciones que recibía Mercedes de medio mundo. Ese día en específico, ella había comenzado su trajinar diario recogiendo mis regueras y tratando de que me quedara quieto. Yo me movía constantemente en todas direcciones, como si tuviese “azogue” como bien lo decía mi abuelito, y para las rabietas de mi mami; mientras jugaba con lo que fuese, ensuciaba todo lo que ella había limpiado. Cansada ya de tanto limpiar varias veces lo que ya había limpiado, miraba hacia arriba, como queriendo visualizar al cielo, y exclamaba: “Ni porque es día de las madres dejo yo de hacer tantos oficios”. En este momento, cuando desde la gloria rememoro todos aquellos momentos, siendo un ser celestial sin edad y sin forma física alguna, siento una honda tristeza por el dolor que le provocó mi muerte a mi bella madre. Hoy, cuando estoy con Dios en su seno, mantengo la inteligencia que siempre tuve como el ángel que fui y exaspero de dolor, al palpar desde este rincón tantos pesares en la humanidad. Comprendo con la magna sabiduría que me ha otorgado el creador, la vida misma. Mirándote estoy madre desde esta estancia y añoro estar a tu lado para abrazarte, para poder darte todos estos besos que dejamos de darnos; los abrazos que nos faltaron y que siento que necesito entregarte. Mami, te miro desde la distancia y siento este hondo pesar. Siento aún en mi esencia, tu presencia, aquella presencia bendita que me hacía soñar con la luna; con todo lo bonito. Estando a tu lado era todo perfecto para mí. Hoy en día, cuando la distancia y la existencia nos separan; necesito esa tu presencia, que me colme de dicha. Desde aquí, te envío con la brisa, todo este llanto mío que engloba un eterno amor para siempre sentido por ti. Feliz día de las madres Mercedes.                    Al día siguiente mi mami tenía una actividad agotadora en la universidad. Ya estaba en las prácticas quirúrgicas y esa asignatura era exageradamente larga, tediosa y exigente. Tenía un componente muy laborioso que tendría que ser llevado a cabo en el quirófano. Era precisamente esa práctica la que le robaba muchas horas del día en el hospital y lo hacía posteriormente en casa por la noche; ya que tenía que preparar una exposición y estudiar para un examen oral que tenía que llevar a cabo al día siguiente. Afortunadamente mis abuelitos se encargaban de mí con total dedicación. Mi mami estaba llevando a cabo el gran sueño de toda su vida. Sería enfermera dentro de unos meses y para ello tenía de sacrificar muchas cosas. Uno de los sacrificios que más le costó a Mercedes era precisamente algo que tenía que ver conmigo. Y ese algo significaba estar separada de mí más de lo normal, es decir, permanecer sin estar en contacto el uno con el otro demasiado tiempo. Gracias a Dios estaban presentes mis abuelos, aquellos nobles seres que cuidaron de mí con ese empeño, con esa dedicación y con todo ese inmenso amor. Dios los bendecirá por siempre.           Precisamente ese día, en virtud de que las actividades académicas de educación primaria aún no comenzaban; mis abuelitos me permitieron dormir más allá de las ocho de la mañana. Me había hecho mi querido viejo, la promesa de llevarme al parque esa mañana, luego que tomara el desayuno. Me dejó dormir hasta esa hora, ya que mi mami se había marchado antes del alba y no creyeron necesario que me despertase tan temprano. Ya me tocaría ese bendito trajinar, cuando me dispusiera a iniciar mi primer grado. Recuerdo perfectamente aquella mañana en la que sentí un enorme malestar. Evoco amargamente el inicio del gran suplicio de mi vida. En realidad nunca podré entender el por qué de esa gran cadena de sufrimientos.           En verdad, desde este sitio celestial que hoy en día ocupo, me pregunto por qué tuve que sufrir tanto. Aquella mañana aciaga, me desperté con un enorme dolor corporal. Me dolía cada centímetro de mi cuerpo, cada palmo; su totalidad. Tan pronto abrí mis ojos, comprobé que el simple hecho de hacerlo, me causaba una extensa molestia. Y cuando inicié mis movimientos, aquello fue un suplicio. Parecía que me hubiese aplastado una tonelada de algo destructivo. Mis movimientos resultaron toscos y sumamente dolorosos.           Me quedé quietecito para ver si lo que sentía era algo pasajero, algo momentáneo, producto de alguna mala posición al dormir; pero amargamente comprobé no fue así. Fue algo más que una modorra matinal. La noche anterior había sentido un pequeño malestar, entonces abracé a mi mami y sintiendo su tibia piel y su excelso aroma corporal, me quedé dormido prontamente. Pero cuando desperté sentí aquel inmenso malestar general. No hice nada durante un largo rato, solo me quedé acostado sin moverme siquiera. Por ello, mi abuelita se preocupó y fue en mi busca. Al sentirla, me puse a llorar como nunca lo había hecho. Entonces la pobre viejecita, procurando evitar que Mercedes se preocupara precisamente en aquel momento cuando enfrentaba una exigencia académica importante; decidió no decirle nada y le pidió a mi abuelito que hiciera lo propio. Ambos habían sido advertidos de que, ante lo más mínimo que me sucediera, de inmediato le hablaran al celular. Mi viejita me abrazó y sin imaginar que ese abrazo en lugar de calmarme, me hacía sufrir; trató con esa caricia amorosa, de hacerme sentir seguro considerándome protegido. Mi llanto no amainó a pesar de las palabras de arrullo que profería para mí, aquella dulce y adorada señora. Esto la preocupó sobremanera. Decidió dejarme en la cama y yo, olvidándome de la promesa de mi abuelito de llevarme al parque, sentí que quedarme en cama era un gran aliciente. Me acurruqué en medio de mi lecho y, sumergido en mi grueso y suave cobertor; quise dormir un rato más. Mi viejecita regresó instantes después, puesto que estaba terminando de cuajar una arepa y creyéndome dormido nuevamente, apagó la luz, no sin antes; asegurarse de que estaba debidamente protegido del frio con mi cobija de suavidad exquisita.           Aunque traté de hacerlo, no pude conciliar el sueño nuevamente. No se trataba de que tuviera más ganas de dormir. No era eso, había amanecido muy mal, aquejado de un gran malestar. A esa hora de la mañana, un tenue temblor comenzó a presentarse en mí, y al cabo de unos pocos minutos, ya era un enorme tiritar que me hacía literalmente, brincar en mi cama; como si fuese poseído de un ataque convulsivo. Una hora después estaba invadido de una enorme calentura. Sentí un enorme ardor en mis ojos. Mi boca estaba como una frambuesa, me dijo mi abuelita días después. Cuando mi viejecita entró nuevamente a mi habitación después de haber preparado el desayuno, para “echarme un ojito”, se alarmó sobremanera cuando me tocó de manera casual y sintió que estaba enormemente caliente. La hipertermia era considerable. Llamó a mi abuelo y cuando este me tocó y sintió como si me estaba quemando, entonces sí que entraron en pánico; de esa manera, no les quedó otra alternativa que trasladarme en busca de atención médica.           Evidentemente que Mercedes se enteró, aunque mi abuela había preferido no molestarla. Debido a lo extremadamente atareada que estaba ella por aquellos días, cuando daba ya los últimos retoques a su carrera universitaria, las demandas académicas eran supremamente largas y exigentes; pero de no haberla enterado, aquella gran irresponsabilidad hubiese desatado una enorme ira en ella. Por ello mi abuelita, tan pronto llegamos a la sala de emergencia pediátrica, procedió a llamarla.           A los pocos minutos, se presentó mi mami invadida por un mar de nervios. Mi abuelita la reprendió, ya que se abalanzó prácticamente sobre mí como si hubiese llegado medio muerto o algo por el estilo. Se presentó con un crecido llanto, alterando aun más el estado emocional de quienes estaban en ese momento aguardando en aquella sala de espera. Mi abuelito trató de tranquilizarla, expresándole que solo era una fiebre, que solamente tenía la temperatura un poco alta; como muchas veces le pasa a cualquier muchacho. Le explicó que si lo habían llevado hasta allí, era porque estando ella presente me atenderían ligerito y de ese modo podrían averiguar a causa de mi padecimiento.           Pero mi mami no se tranquilizaba. Supongo que rememoraría en ese momento, todos aquellos instantes vividos en las ocasiones en que me había enfermado gravemente, primero cuando sufrí aquella espantosa cosa llamada tosferina, y luego, cuando hube de intoxicarme con aquella sustancia nociva a la que fui accidentalmente expuesto en Buenaventura. Era de imaginar que al menor malestar que yo presentara, ella sin lugar a dudas se iba a aterrar; porque los desmanes que se suscitaron gracias a lo último que me había sucedido a manera de accidente, fueron desastrosos y el hecho de que yo hube permanecido a las puertas de la muerte, sufriendo aquellos inmensos embates a los cuales fue necesario exponerme; siempre le producían aquel gran miedo que era muy bien justificado.          Cuando escuché la voz de mi madre, a pesar del gran malestar que sentía, corrí hasta ella tan pronto noté que no hacía más que llorar sin atinar a hacer algo más que ello. La abracé estampando un beso en su mejilla. Al sentirme cerca, ella se calmó de manera sorprendente y se dispuso luego de ello, a hacerme ver con el médico, quién estaba en ese momento atendiendo aquella avalancha de pacientes con los más diversos padecimientos. De inmediato se produjo una gran ola de reclamos por parte de las personas que aguardaban, puesto que mi mami me hizo pasar, a pesar de que entes de mí, había un grueso número de pacientes que habían llegado antes y a quienes evidentemente, les correspondía ser atendidos primeramente.           Pero Mercedes estaba destacada en ese hospital, llevando a cabo sus prácticas profesionales y era ya harto conocida; obviamente que tenía prioridad. En una actitud poco común en ella, el haber irrespetado el orden de llegada le pareció lo más lógico. El galeno que me atendió, procedió a indicar la inyección de un medicamento para bajarme la temperatura. Cuando mi mami puso el termómetro en mi trasero, este marcó casi 39 grados centígrados. Me bañaron durante treinta minutos con agua tibia, sin que me mojase la cabeza. El pinchazo me dolió demasiado, por lo que lloré nuevamente y cuando mi mami me colocó sobre el piso de la tina donde recibiría mi baño, difícilmente podía afincar mi pierna derecha, ya que fue en ese lado donde se me administró la inyección.           Una hora después regresamos a casa. Mercedes permaneció en su rutina, ya que el médico terminó de tranquilizarla alegando que lo que yo presentaba, no era más que un cuadro viral  de esos que se estaban presentando por esos días y que producía una fiebre bestial. Me indicó solo un antipirético para que en casa me lo diesen a tomar cada seis horas el primer día y luego, de ser necesario, si llegase a subir nuevamente la temperatura corporal. Permanecí en cama el resto del día y no me provocó comer. Cuando mi mami llegó a casa por la tarde, casi de noche; de inmediato se dirigió  a la recamara y sin cenar siquiera, se acostó a mi lado abrazándome con aquella infinita ternura que recordaré por todos los tiempos. Abrazados, nos entregamos un buen rato al retozo y ya al cabo de unas horas, nos otorgamos a los brazos de Morfeo y, de un solo tirón, dormimos hasta que el despertador que ella había colocado en la mesita de noche, hizo una alharaca que despertó a media humanidad.           Me desperté sobresaltado al escuchar el enorme ruido, pero mi madre apagó enseguida aquel aparatito tan escandaloso y, gracias a las palmaditas sobre mi espalda que suavemente ella me obsequió, me quedé dormido nuevamente. Cuando hubo aclarado por completo, ya mi mami llevaba rato en el hospital y yo me dispuse a levantarme. Esa vez ya no sentí el horrible malestar del día anterior, aunque confieso que no estaba del todo bien. Caminé pisando el frio piso con mis pies descalzos, cosa que mi mami nunca hubiese permitido; pero como estaba enteramente solo, lo hice. En el baño oriné por mucho rato. Tenía la vejiga colmada y el gran alivio que se produjo al vaciarla fue casi que exquisito.           En realidad ya no aguantaba más el deseo de orinar, y era ese enorme deseo el que me había despertado. Me sentí muy débil y en vez de correr por toda la casa con mis juguetes, dejando aquella estela de regueras de los mismos, tal como lo hacía casi que a diario; me regresé a la cama. Miré el techo por largo tiempo, meditando. Eso pienso ahora que hacía, puesto que la meditación en un niño de seis años no es que sea muy frecuente. Realmente pensaba en todos los instantes tortuosos que se habían posesionado de mí en mi corta vida.           Aunque ya no sentía ese enorme dolor en todo mi cuerpo y aquella extrema calentura; aún mi malestar no se había apartado del todo. Mi embotamiento era colosal. No quería hacer otra cosa que estar en mi cama, no me provocaba nada más, siquiera comer. Eso era realmente alarmante, ya que una de mis virtudes eran precisamente la de ser buen diente. Aproximadamente a las ocho de la mañana, mi abuelita se apersonó con una taza de un atol en sus manos y tocando mi frente para tratar de verificar mi temperatura, mencionó mi nombre en voz baja tratando con ello de despertarme. Aunque no estaba dormido, hice como que si no me había percatado de su presencia y permanecí inmutable ante su llamado, con la vaga esperanza de que se alejara con todo y el desayuno que llevaba para mí; ya que lo que menos quería en ese momento era levantarme y mucho menos comer. En efecto, mi argucia funcionó. Mi abuelita se retiró pensando que dormir un poco más de lo acostumbrado me haría bien. Dejó mi desayuno sobre la mesita de noche con la intención de que lo ingiriera lueguito, cosa que nunca sucedió. Hasta una mosca le cayó cuando ya se había enfriado.  
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