No tardé en llegar al edificio de Alex. Había recibido un mensaje suyo con una foto de Max echado como un rey sobre una alfombra mullida y una nota simple: “¿Crees que este señorito merece un pastel?” Idiota. Pero no pude evitar sonreír al ver la carita de Max en la imagen. Así que tomé uno de los pasteles de avena que solía hornear para los perros del refugio y fui directo a ese edificio elegante, odiando lo rápido que podía hacerme correr un mensaje suyo… o de Max, claro. Cuando toqué el timbre, apenas pasaron unos segundos antes de que la puerta se abriera y Max saliera disparado hacia mí, moviendo la cola con tal energía que casi me tira al suelo. —¡Cariño! ¿Estás bien? —le dije, agachándome para abrazarlo mientras él me lamía la cara y saltaba feliz. —Bien, entonces hablemos de n

