Paburo abrió el portal en el mismo lugar donde había muerto.
No era un portal limpio.
Era una herida en el aire.
El magma giró sobre sí mismo hasta romper la realidad. Del otro lado no había fuego, ni tronos, ni poder. Solo asfalto agrietado, edificios humanos y una niebla azul espesa que lo cubría todo.
—No debería estar aquí… —murmuró.
Pero entró igual.
El pasado lo recibió con sirenas lejanas y gritos apagados. La ciudad temblaba por las réplicas del impacto. Paburo caminó entre autos destrozados hasta que lo vio.
Pablo.
Más joven.
Más frágil.
Corriendo sin entender nada.
El auto explotó frente a él.
Paburo no pensó.
Se lanzó.
El impacto fue brutal. El fuego envolvió el coche justo cuando explotaba, desviando la onda expansiva. El asfalto se derritió bajo sus pies. Paburo cayó de rodillas, sosteniendo al Pablo del pasado, que gritaba aterrorizado.
—¡SUÉLTAME! ¡NO ME QUEMES!
Paburo apretó los dientes.
—Vive —dijo—. Aunque me odies.
El fuego se apagó.
Pablo quedó en el suelo, vivo, temblando, llorando… sin saber por qué el infierno acababa de salvarlo.
Paburo se levantó lentamente.
Entonces vio la niebla.
La niebla azul se arrastraba entre las calles como algo consciente. No era humo. Era observación.
Paburo extendió la mano.
—No —ordenó.
El fuego recorrió la ciudad como un latido inverso. La niebla se disipó, chillando, arrancada del aire. Por un segundo, el cielo volvió a verse claro.
Demasiado claro.
El mundo protestó.
La tierra rugió.
Un terremoto sacudió la ciudad con violencia brutal. Edificios enteros comenzaron a colapsar. El equilibrio del tiempo se había roto.
—Maldición… —susurró Paburo—. Ya es demasiado tarde.
Pablo corrió.
No sabía por qué, pero su cuerpo lo gritaba. El suelo se abría bajo sus pies. Pedazos de concreto caían desde todas direcciones.
—¡PABLO!
Kayoshi apareció entre el caos.
No vino caminando.
Vino arrojándose.
Cuando una lluvia de piedras se desprendió desde lo alto, Kayoshi cubrió a Pablo con su cuerpo. La roca volcánica envolvió su espalda. El impacto fue seco, violento.
Las piedras se estrellaron contra ella.
Una…
otra…
otra más.
Pablo gritó su nombre.
—¡KAYOSHI!
Ella no respondió de inmediato.
El polvo se asentó. El temblor comenzó a ceder. Kayoshi respiró con dificultad, pero seguía consciente.
—No mires atrás —dijo con voz rota—. Corre… ahora.
Pablo dudó.
—¡No te voy a dejar!
Kayoshi sonrió, apenas.
—Eso ya lo hiciste… muchas veces.
—Déjame hacer esto una.
Paburo observaba desde la distancia.
Sabía la verdad.
Salvar a Pablo siempre tenía un precio.
Y casi nunca lo pagaba Pablo.
El portal comenzó a cerrarse.
Paburo dio un último vistazo al niño que corría entre ruinas… vivo.
—Que me odies —susurró—.
—Pero vive.
El portal se cerró.
El pasado continuó su curso.
Y el fuego, una vez más, eligió proteger… incluso cuando no debía.