Capítulo 4 El primer despertar

477 Words
Pablo despertó gritando. No fue un grito humano. Fue un rugido seco, quebrado, como si algo se desgarrara desde dentro. Su cuerpo se arqueó violentamente sobre la piedra volcánica. Las cadenas térmicas que lo sujetaban chisporrotearon, al rojo vivo. El aire se volvió espeso, irrespirable. —¡Se despertó! —¡Contención, ahora! Pablo no entendía las voces. No entendía el lugar. No entendía su propio cuerpo. Su pecho ardía. No como una herida. Como un horno. Llevó la mano al centro del torso y tocó la cicatriz. La piel estaba caliente… demasiado. Al presionar, algo respondió desde adentro, como si el corazón golpeara con fuerza anormal. —¿Qué… qué me hicieron…? —jadeó. La piedra bajo él se resquebrajó. Un pulso de fuego salió de su pecho y recorrió la sala. Dos asistentes fueron lanzados contra la pared. Uno no volvió a levantarse. Haru retrocedió, pálido. —Pablo… tranquilo… mírame… —¡NO ME TOQUES! —rugió. El sello del renacer se encendió de golpe. Las runas ardieron como si estuvieran vivas, moviéndose bajo la piel. Pablo gritó otra vez, esta vez de dolor puro. Su visión se distorsionó. Vio flashes: El cielo azul rompiéndose El auto explotando La tarántula La cirugía El fuego entrando en su cuerpo —¡SÁQUENLO! —gritó— ¡SÁQUENLO DE MÍ! El fuego obedeció. Una columna de magma brotó desde el suelo. Las paredes se derritieron. El calor hizo sangrar los ojos de quienes estaban cerca. El rey apareció en el umbral, inmóvil. —Deténganlo —ordenó. Los persona lava avanzaron, formando un círculo de contención. El fuego de Pablo chocó contra el de ellos… y por un segundo, los superó. —Imposible… —murmuró uno—. Es humano. —Ya no —respondió el rey. Pablo cayó de rodillas. Su respiración era irregular. Cada latido retumbaba como un tambor de guerra. Miró sus manos… estaban temblando… humeando. —Yo no pedí esto… —susurró. Entonces lo sintió. Rabia. Una rabia vieja. Los gritos en casa. El desprecio. El miedo acumulado. El fuego se alimentó de eso. Paburo apareció entre las llamas. —Basta —dijo con voz firme. Sus ojos se encontraron. Durante un segundo eterno, el fuego dudó. Luego se apagó. Pablo cayó de costado, exhausto. El magma se solidificó. El silencio volvió… roto solo por su respiración pesada. Haru se acercó lentamente. —Pablo… sigues vivo. Pablo giró el rostro, con lágrimas mezcladas con ceniza. —No —respondió—. —Algo murió cuando desperté. El rey habló por última vez: —Este fue tu primer despertar. —El siguiente… ya no será accidental. Paburo lo observó en silencio. Porque ahora lo sabía. El humano no solo podía portar el fuego. Podía perderse en él. Y cuando eso ocurriera… no habría vuelta atrás.
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