Lucía y Alex habían hablado largo y tendido esa misma tarde. El roleplay de mesera y cliente iba a tener un toque de exhibicionismo, pero todo controlado y seguro: lo harían en el balcón amplio del departamento de Alex, que daba a un patio interior tranquilo de un edificio moderno en un barrio residencial. A esa hora de la noche (casi las once) había poca luz y los vecinos de los otros pisos rara vez salían, pero la posibilidad de que alguien mirara desde alguna ventana o balcón lejano estaba ahí, lo suficiente para que la adrenalina subiera sin riesgo real. Habían acordado una palabra de seguridad extra para el contexto público (“luz roja” si se sentía demasiado expuesta) y límites claros: nada de gritos fuertes, nada que llamara atención excesiva, y Alex siempre atento a las señales de L

