De niña era una adicta a las historias románticas, como mi madre. Por lo que inocentemente a lo largo de mi carrera amorosa me imagine diversas propuestas de matrimonio. Todas eran con un hombre arrodillándose y mostrándome un anillo. No importaba la forma o costo del anillo, fantaseaba más con que mi prometido estuviese llorando conmovido por el amor que sentía hacia mí. No esto, para nada esto. La primera propuesta de matrimonio que me habían dado era esta, con un hombre que apenas conocía, sentado en una cama de hotel, esa en la que tuvimos sexo sin palabras de amor, y viéndome con una expresión acartonada. Como si el romance fuera radioactivo para las propuestas de este tipo, como si sospechar que sería padre fuese algo de todos los días. Yo debo… yo debo… reírme. Las carcajadas sa

