Valeria no era una mujer que preguntara dos veces.
Observaba.
Esperaba.
Y cuando hablaba, ya tenía la respuesta.
Alejandro lo sabía.
Por eso esa noche, cuando ella dejó el libro sobre la mesa y lo miró sin rodeos, supo que el momento había llegado.
—¿Quieres decirme algo antes de que te lo pregunte? —dijo Valeria con voz tranquila.
Alejandro sostuvo su mirada.
Podía mentir.
Podía decir que estaba estresado.
Que era trabajo.
Que era imaginación.
Pero estaba cansado.
Cansado de dividirse en versiones.
—Sí —respondió.
Valeria asintió levemente, como si ya lo supiera.
—Hay alguien —continuó él—. No ha pasado nada físico. Pero sería cobarde fingir que no significa algo.
La sinceridad no suavizó el golpe.
Valeria bajó la mirada unos segundos.
No lloró.
Eso lo hizo más difícil.
—¿La amas?
La pregunta fue directa.
Alejandro sintió que el pecho se le comprimía.
Amar era una palabra grande.
Pero lo que sentía no era pequeño.
—No lo sé todavía —respondió—. Pero sé que cuando hablo con ella… no estoy a medias.
Valeria levantó la vista.
Había dolor en sus ojos.
Pero también claridad.
—Entonces conmigo sí lo estabas.
No fue acusación.
Fue diagnóstico.
Alejandro no respondió.
No porque no supiera qué decir.
Sino porque la respuesta era evidente.
Valeria respiró profundo.
—Siempre sentí que una parte de ti vivía en tus textos. Ahora entiendo que también vivía en otra conversación.
El silencio fue denso.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—No quería que pasara así.
—Pero pasó —interrumpió con suavidad—. Y no empezó hoy.
Valeria no era ingenua.
Había notado los mensajes a medianoche.
Las sonrisas involuntarias.
Las ausencias mentales.
—¿Es alguien de tu ciudad? —preguntó.
—No.
Valeria dejó escapar una pequeña risa irónica.
—Claro que no.
Caminó hacia la ventana.
Se quedó mirando las luces lejanas.
—Lo que más duele —dijo finalmente— es que no te veo confundido.
Y tenía razón.
Alejandro no estaba confundido.
Estaba asustado.
Pero claro.
—No quiero seguir contigo si no estoy completo —dijo él, la voz firme por primera vez en semanas.
Valeria cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, había decisión.
—Entonces no lo hagas.
No hubo gritos.
No hubo reproches violentos.
Solo una verdad inevitable tomando forma.
—Mereces a alguien que te mire como tú la estás mirando a ella —añadió.
La frase fue generosa.
Y devastadora.
Alejandro sintió el peso real de lo que estaba haciendo.
No era fantasía.
No era emoción pasajera.
Estaba perdiendo algo real por algo que aún no tenía en las manos.
—Lo siento —dijo finalmente.
Valeria negó con la cabeza.
—No me pidas perdón por ser honesto. Pídete perdón si descubres que confundiste intensidad con destino.
La frase quedó suspendida.
Esa era la última advertencia.
Alejandro la observó como si intentara memorizarla.
No porque dudara.
Sino porque entendía el costo.
Valeria tomó su bolso.
—Me quedaré unos días con mi hermana.
El eco de la decisión resonó en la habitación.
De pronto el departamento parecía más grande.
Más vacío.
Más silencioso.
Antes de salir, Valeria se detuvo en la puerta.
—Solo asegúrate de que lo que estás eligiendo… sea amor. No solo la versión más emocionante de ti mismo.
Y se fue.
La puerta cerrándose fue un sonido limpio.
Definitivo.
Alejandro se quedó de pie en medio del espacio.
No había euforia.
No había alivio inmediato.
Había vértigo.
Tomó el teléfono.
Abrió el chat con Gabriela.
Escribió:
—Hoy tomé una decisión.
Borró.
Volvió a escribir.
—Hoy dejé de estar a medias.
Envió el mensaje.
No sabía qué respondería ella.
No sabía si eso la acercaría… o la asustaría.
Pero por primera vez desde que todo empezó, no estaba dividido.
El precio había sido alto.
Y apenas estaba comenzando.
El teléfono vibró.
Gabriela:
—Yo también.
Alejandro cerró los ojos.
Y en ese instante entendió algo con absoluta claridad:
El amor no estaba naciendo desde la comodidad.
Estaba naciendo desde la elección.
Y ahora…
No había nadie más a quien culpar si dolía.