La vida que parecía correcta

777 Words
Daniel no era un hombre impulsivo. Era de planes. De calendarios. De decisiones meditadas. Por eso, cuando le pidió a Gabriela que cenaran fuera un miércoles cualquiera, ella no sospechó nada. —¿Desde cuándo celebramos los miércoles? —bromeó ella mientras se ponía un vestido sencillo. —Desde que me di cuenta de que no necesito una fecha especial para hacer algo importante —respondió él. La frase quedó flotando. Gabriela sintió un pequeño nudo en el estómago. No era culpa. Era intuición. El restaurante era tranquilo. Luz cálida. Mesas separadas. Música suave. Daniel la miraba distinto esa noche. Más atento. Más decidido. Gabriela intentó concentrarse en la conversación, pero cada vez que su teléfono vibraba en el bolso, su pulso se alteraba. No lo sacó. Pero lo sintió. Como si ardiera. —Gabi —dijo Daniel finalmente, apoyando los codos sobre la mesa—. Últimamente te siento lejos. Ella sostuvo su mirada. Daniel no era tonto. —Estoy cansada —respondió, odiando lo fácil que salió la mentira. Él asintió, pero no parecía convencido. —No quiero perder lo que tenemos. La frase fue directa. Honesta. Y dolorosamente limpia. Gabriela sintió una presión en el pecho. Porque lo que tenían no era malo. Era estable. Era seguro. Era lo que cualquiera llamaría “correcto”. Daniel tomó aire. —He estado pensando… —sus dedos jugaron con la servilleta—. Creo que ya es momento de dar el siguiente paso. El mundo se volvió más lento. Gabriela supo antes de que lo dijera. —Quiero que vivamos juntos. Silencio. No hubo anillo. No hubo escena exagerada. Solo una propuesta real. Madurada. Con intención de futuro. Daniel continuó: —Llevamos dos años. Te amo. No quiero seguir avanzando como si estuviéramos esperando algo más. Algo más. La frase se clavó. Porque había algo más. Y ella lo sabía. —Podemos buscar un departamento más grande —añadió él—. Uno con espacio para que escribas tranquila. Siempre dices que necesitas eso. El detalle la rompió un poco. Él escuchaba. A su manera. Pero escuchaba. Gabriela sintió el teléfono vibrar otra vez dentro del bolso. Una vez. Dos. Tres. No necesitaba verlo para saber quién era. Su respiración se volvió irregular. Daniel lo notó. —¿Hay algo que no me estés diciendo? La pregunta fue suave. Pero firme. Gabriela lo miró. Frente a ella estaba el hombre que había elegido cuando necesitaba estabilidad. Y en su bolso vibraba el hombre que había despertado algo que no sabía que seguía vivo. —No —dijo finalmente. Pero la palabra salió hueca. Daniel sostuvo su mirada unos segundos más. Después asintió. —Entonces dime que quieres esto también. Ahí estaba la verdadera propuesta. No el departamento. La elección. Gabriela abrió la boca. Y por primera vez en mucho tiempo… No supo qué decir. Porque quería algo. Pero no sabía si era eso. Daniel tomó su silencio como nervios. Sonrió levemente. —No tienes que responder ahora. Solo piénsalo. Pero quiero que construyamos algo real. Algo real. La frase resonó dentro de ella. ¿Y lo que estaba sintiendo con Alejandro qué era? ¿Irreal solo porque no compartían el mismo espacio físico? Cuando salieron del restaurante, Daniel la abrazó con ternura. Un abrazo estable. Conocido. Seguro. Gabriela apoyó la cabeza en su pecho. Y, mientras lo hacía, imaginó otros brazos. La comparación la atravesó como una traición silenciosa. Esa noche, cuando Daniel se durmió, Gabriela finalmente abrió el bolso. Cinco mensajes de Alejandro. El último decía: —No puedo dejar de pensar en lo que dijiste ayer. —Dime que no estoy sintiendo esto solo. Gabriela sostuvo el teléfono con manos temblorosas. Daniel quería un hogar. Alejandro quería verdad. Y ella estaba en el medio. Escribió: —Hoy me pidieron algo serio. Los tres puntos aparecieron de inmediato. —¿Qué tipo de serio? —preguntó Alejandro. Gabriela miró el techo. Sintió el peso de la decisión acercándose. —Vivir juntos. El silencio digital fue más largo esta vez. Cuando llegó la respuesta, no fue posesiva. No fue dramática. Fue honesta. —¿Y qué quieres tú? Gabriela cerró los ojos. Ahí estaba la pregunta que llevaba evitando desde el primer comentario. No qué era correcto. No qué era lógico. No qué era seguro. Sino qué quería. Y por primera vez… La respuesta no incluía estabilidad. Incluía vértigo. Incluía miedo. Incluía a un hombre en otra ciudad con ojos color miel. Pero aún no se atrevía a escribirlo. El teléfono quedó encendido en su mano. La decisión no estaba tomada. Pero algo ya era evidente: La vida que parecía correcta… Empezaba a sentirse equivocada.
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