Capítulo 7 —Frente a frente.
Damiano:
Llamé a mi abogado, Marcos Lombardi, para discutir la situación del bebé con Alexandra. Necesitaba asegurarme de que el contrato que había firmado con el exnovio de Alexandra, Bruno, me garantizaría la custodia del niño. Nos reunimos en mi despacho, donde Marcos llegó puntualmente, como siempre.
—Marcos, gracias por venir. Necesito hablar contigo sobre el contrato que firmé con Bruno Monti. Quiero asegurarme de que tengo todos los derechos sobre el bebé.
—Claro, Damiano ¿Tienes una copia del contrato para que lo revise? —me respondió con el tono profesional que siempre tenía cuando tocábamos temas legales e importantes. Le pasé el contrato y lo observé mientras lo leía detenidamente. Sabía que Marcos era meticuloso y que no dejaría pasar ningún detalle. —Este contrato establece que el señor Monti, como tutor legal de Alexandra Valente, te cede todos los derechos sobre el niño a cambio del pago de las deudas del hospital, y una gran suma de dinero.
—Exacto —respondí asintiendo —Y ya he cumplido con esa parte del acuerdo.
—Hay un problema, Damiano —me dijo con un tono aún más serio —Este contrato se basaba en la premisa de que la señorita Valente estaba incapacitada de tomar decisiones por sí misma. Pero ahora que ha despertado del coma, tiene plenos derechos sobre su propio cuerpo y, por ende, también sobre el bebé. Este contrato no tendrá validez si ella decide impugnarlo.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté frustrado —Pensé que todo estaba cubierto.
—Lo que quiero decir es que ella, como madre biológica, tiene derechos sobre el niño. Este contrato podría ser impugnado en cualquier tribunal si ella decide hacerlo y le sería muy fácil ganar cualquier juicio.
Sentí una ola de frustración y ansiedad. Había hecho todo lo posible para asegurarme de que este bebé sería mío, y ahora me enfrentaba a la posibilidad de perderlo.
—Entonces, ¿qué podemos hacer? —Mi voz era tensa —No puedo permitir que esto se desmorone ahora.
—Primero —respondió con voz suave, tratando de calmarme —debemos hablar con la señorita Valente y ver cuál es su posición. Si decide que quiere quedarse con el bebé, podríamos tener que ir a los tribunales, cosa que no te aconsejo, pues sería exponerte públicamente y no creo que lograras nada, pues el apellido el niño ya lo tiene y una prueba de ADN, sería innecesaria. Pero antes de llegar a eso, intentemos llegar a un acuerdo. Puede que haya alguna forma de convencerla.
—Entiendo. Entonces, básicamente, estamos en una posición muy frágil —acote, ya resignado.
—Sí, pero aún no está todo perdido. Veré qué propuesta puedes hacerle, que sea algo que no pueda resistir y haremos todo lo posible para proteger tus intereses.
Después de que Marcos se fuera, me quedé sentado en mi despacho, sintiéndome impotente. Sabía que había hecho todo lo posible para asegurar mi futuro con este bebé, pero la realidad era que había muchos factores fuera de mi control. Me cuestioné si realmente había sido una buena idea tratar de salvar a Alexandra. Ahora, con ella despierta, estaba en riesgo de perder a mi hijo.
—¿Hice lo correcto al intentar salvarla? ¿Qué pasará si ella decide quedarse con el bebé? Todo por lo que he trabajado podría desmoronarse.
La situación me abrumaba. Sabía que el camino por delante sería difícil, pero estaba dispuesto a enfrentar cualquier desafío. Después de la charla con Marco Lombardi, decidí ir a ver a mi hijo al dormitorio. Necesitaba verlo para calmar mis pensamientos. Al entrar, me encontré con Alexandra sosteniéndolo en brazos. La sorpresa y la rabia me invadieron al mismo tiempo.
—No te encariñes mucho con él, Alexandra. Tienes tus días contados en esta casa —le dije con voz dura.
—¿De verdad crees que voy a dejar a mi hijo? No tienes ningún derecho a separarme de él —replicó con una mirada desafiante.
—Tengo un contrato, Alexandra. Este bebé es mío —le dije lleno de frustración, como si eso fuera suficiente.
—Ese contrato no tiene validez. Ahora estoy despierta y capaz de tomar mis propias decisiones. No me iré a ninguna parte sin mi hijo —me dijo con firmeza —Crees que soy una pobre mujer desvalida e ignorante, pues fíjate que no, todo lo contrario. Tengo una maestría en derecho e iba a empezar, justamente, una pasantía en el departamento legal de una prestigiosa empresa, cuando un imbécil me atropelló.
—A mí me importa una mier*da si eres la mismísima Reina de Inglaterra —le grité —¡No puedes hacerme esto! He hecho todo lo posible para asegurarme de que este niño tenga una buena vida.
—¿De verdad piensas que la mejor vida para él es estar lejos de su madre? —También comenzó a gritarme —¡Estás loco si crees que me voy a rendir sin luchar!
La tensión entre nosotros era palpable. La miré fijamente, sintiendo una mezcla de ira y desesperación. No podía permitir que se llevara a mi hijo, no después de todo lo que había hecho para asegurarme de que estuviera conmigo.
—Alexandra, no quiero pelear contigo —le dije ya un poco más calmado —Pero no puedo dejar que te lo lleves. Estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para protegerlo.
—No voy a alejarme de él, Damiano —Un par de lágrimas silenciosas empezaron a escapar de sus ojos y correr por sus mejillas. —Puedes intentar lo que quieras, pero siempre seré su madre. Y lucharé por él con todo lo que tengo.
Nos quedamos en silencio por un momento, ambos respirando pesadamente. Sabía que esta batalla apenas comenzaba, y que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder. Me acerqué, provocando en ella un sobresalto, y le deposité un dulce beso en la frente a mi hijo. Fue una especie de promesa silenciosa, algo entre él y yo. Y salí de la habitación, sabiendo que no había mucho más que hablar con Alexandra.
—Antonio, quiero que me lleves a donde encontraste a Bruno Monti. No lo quiero en la oficina ni en la casa.
—¿En serio? —preguntó sorprendido —¿Quiere que lo lleve a ese antro en los bajos de la ciudad?
—Es exactamente lo que vas a hacer. Es ahí donde quiero ir. No quiero que tenga la oportunidad de prepararse o negociar en un entorno más cómodo.
—Entendido, señor. Vamos entonces.
Antonio y yo llegamos al antro en los bajos de la ciudad. El ambiente era sombrío y cargado de humo, igual que la descripción que me había dado mi guardaespaldas. Antonio localizó a Bruno en una mesa en el fondo, con una expresión relajada y rodeado de unos cuantos conocidos. Me dirigí hacia él con determinación.
—Bruno Monti, necesitamos hablar —le dije de manera tajante.
—¿Y tú quién eres? —Quienes estaban con él, se levantaron y se fueron.
—No importa quién soy. Lo que importa es que quiero que te alejes de Alexandra Valente.
—¿Y por qué debería escucharte?
—Porque es a mí a quien se la vendiste para que tuviera un hijo.
—Bien... pero no me voy a ir así, sin más.
—Te voy a ofrecer dos opciones; te llevas el dinero que te doy y te vas, o te enfrentas a consecuencias serias. No me importa lo que decidas, pero te aseguro que no te resultará fácil si decides quedarte.
—Está bien, me iré. Pero no creas que esto se acabó aquí. Esto aún tiene que resolverse.
Vi a Bruno levantarse con una mezcla de enojo y frustración, y se fue del lugar. El ambiente se volvió menos tenso, pero sabía que esto era solo una de las muchas dificultades a las que me enfrentaría.
—Gracias por tu ayuda, Antonio. Ahora necesitamos concentrarnos en cómo asegurar que todo esté bajo control.
—Lo haré, señor, pero usted debe estar preparado para lo que venga, con este tipo no será fácil.
—Lo sé, lo sé, aceptó mi oferta muy rápido, eso no es buena señal.
—No, no lo es, señor.
Regresamos a casa, conscientes de que aún quedaba mucho por resolver y de que la situación estaba lejos de terminar. Me dirigí al dormitorio de mi hijo, con la esperanza de que Alexandra no estuviera allí, por suerte, no lo estaba, así que lo cogí en brazos y me senté con él. Estábamos teniendo una conversación amena, bueno, en realidad yo hablaba y él solo reía, cuando vi, con el rabillo del ojo, que la puerta se entornaba y la silueta de Alexandra se dejaba ver. Seguí con mi conversación, haciendo como que no la había visto, se mantuvo en silencio y observando por unos minutos, segura de que yo no había notado su presencia y luego se marchó, también en silencio.