Cuando recibí el mensaje de Lucía, la urgencia me impulsó a conducir rápidamente hacia la dirección que me había enviado. Saltándome varios semáforos, llegué lo más rápido posible. Al llegar a la mansión, no me costó mucho abrir la puerta. Lo que vi me heló la sangre: dos hombres estaban de pie, observando mientras el miserable de Daniel intentaba quitarle la ropa a Lucía. Ella lloraba desconsolada, su vestido estaba rasgado, y se le veía el sujetador. Su labio estaba hinchado y lastimado. —¡Espera tu turno! —me dijo uno de los hombres, con una voz llena de burla. No pude contener mi ira. Me lancé hacia Daniel y le solté un puñetazo, conectando con su rostro. El golpe lo tumbó al suelo, y me giré para enfrentar a los otros dos hombres, mi corazón latiendo con fuerza. La vista de Lucía

