Rafael Coleman Estoy completamente jodido. No puedo creer cómo le hablé a Lucía; no sé qué demonios me pasa cuando se trata de ella. Me desespera por completo. En todo el día no me ha hablado, y eso me enoja muchísimo. No soporto no escuchar su maldita voz. Cuando finalmente llegó a mi oficina porque la llamé, la noté extremadamente seria y distante conmigo, demasiado para mi gusto. Su rostro, normalmente tan expresivo y lleno de vida, estaba en una mueca tensa. La forma en que me miró, con una mezcla de frialdad y decepción, me hizo sentir un peso en el pecho. —¿Qué pasa? —le pregunté, tratando de mantener la calma mientras la observaba sentarse frente a mi escritorio, con una postura rígida y una mirada que evitaba la mía. Ella se quedó en silencio por un momento, y el ambiente en l

