Un negocio jugoso

1439 Words
*** —Lárgate hipócrita —espeta sin mirarme a los ojos. Lo encontré dentro del establo, el mismo lugar donde nos reuníamos para debatir nuestras diferencias para luego terminar enrollándonos sobre el heno. Dayron siempre viene aquí cuando está furioso o triste, ya que su amigo Magnus lo ayuda a desahogarse. "Magnus es su yegua". —No me iré hasta que ambos hablemos de lo que nos conviene o mejor dicho de lo que te conviene a ti. —Te crees la muy, muy... —dice mientras acaricia el pelaje de su yegua. Es tan hermoso ver que no ha cambiado nada aquí y menos él, aunque me odie por lo que su cabeza maquina una y otra vez. —Quiero ayudarte y me importa si no te quieres casar conmigo, pero sería sabio que crezcas en conocimiento y dejes de ser el niño mimado de antes —con mucha sutileza doy tres pasos hacia delante—. Toma las riendas del negocio y demuéstrale a cualquier persona que eres capaz de todo y por todo. Mmm... Soy toda una Psicóloga, puesto que la Psicología inversa me va bien. —Eres una maldita perra —vocifera con los dientes apretados—, pero ni creas que con esto te perdonaré. —Puede que sea todo lo que quieras, pero nada es lo que vez —mantengo la serenidad y no me dejo llevar por sus insultos. —Me casaré contigo, pero todo será por arreglo y conveniencia para ambos —murmura. —No puedo pedir más —encojo los hombros. ¡Sí...!, esto es lo que quería. —Ya no te amo Caramelo y ahora que sé que te fuiste para casarte y no para pensar—da un fuerte suspiro—, te odio aún más de lo que antes te odiaba. —Dejemos los sentimientos a un lado y olvidemos lo que antes tuvimos, para que trabajemos como profesionales de un negocio jugoso. Él me voltea a ver con mucha intriga, buscando algo en mi mirada, pero lastimosamente no encontrará nada, ya que mis sentimientos hacia él están intactos, pero los he guardado en lo profundo de mi ser para que no vea mi debilidad y así no sentirme vulnerable ante él. Quiero este casamiento porque lo amo y porque quiero unir todo el poder que tengo con él, sin importar lo mal que me pueda pagar o del odio que siente hacia mí. —Dile a mi familia que acepto, pero con muchas condiciones —su mirada es fría, sin ninguna emoción en su rostro y yo asiento con una enorme sonrisa. —Adiós, Magnus —alzo un poco la voz para que la yegua me escuche y tras oír su relincho doy media vuelta, alejándome de la presencia del amor de mi vida. (Dayron) Toda mi vida es una vil mentira, no puedo creer todo lo que pasa en mi vida y sigue pasando, no puedo creerlo y más de la seriedad de la que pensé que ella tenía. Cuando ella llegó a tener la confianza que añoraba, es ahí que me sorprendió al saber que ella es una chica de sufrimiento, una chica de calle, una de las que odia la injusticia. Me congele en el instante que me dijo que fue abusada por su padre adoptivo y que la única forma de que pudiera ser libre, era matándolo; lo mato y desde ahí se convenció de ser una persona de la que trabajaría con el dios de la muerte y que se encargaría de matar aquellos que hacen injusticia con los inocentes. —Sabía que estarías aquí —abro mis ojos en el instante de ser interrumpida mi tranquilidad de concentración. En compañía de mi yegua Magnus me viene al gran ojo de agua que está a dos kilómetros de la casa para estar por el tiempo que desee, pero mi hermana no comprende de eso, ya que viene hacer mi conciencia del cual no quiero ver y menos escuchar. —No sabía que te tenía que pedir permiso. —Recuerdo cuando veníamos a jugar y hablar de mis enojos de lo que mis padres y tú, hacían con la organización —dice tras sentarse sobre el pasto. —Ah, y también cuando mi mamá te castigaba por hacer travesuras —sonrío. —Dayron —se queja—, mi madre jamás me consintió como a ti y todo porque yo era la princesa de papá. Mmm... un poco lo que dice mi hermana es cierto, ya que mi madre quería que ella fuese una mujer fuerte y no una niña mimada, pero al parecer ella tiene guardado un poco de resentimiento y no ve la mejor madre que tenemos. —Y no olvides a los abuelos —susurro. Los abuelos son muy consentidores y me gustaba mucho cuando venían los papás de mi padre porque ellos se mantenían más tiempo con nosotros que los papás de mi mami, aunque un día me dije a mi mismo que debía olvidar la tristeza y pensar en lo feliz que me siento con las personas que me rodean. —Pero lastimosamente ya no lo soy, mi padre y nuestros abuelos encontraron reemplazo y son nuestros hermanos menores y los bisnietos. Esta mujer sí que necesita atención porque noté que le hace falta mucho y por eso tengo la obligación de hablar con Máximo y exigirle que no le dé amor de migajas, ya que ella se empieza a quejar de todo el mundo. —Ja, ja, ja... deja de comportarte como una niña Liliam —me siento y me pierdo ante la postal del agua cristalina que está frente de mis ojos. —Deja de provocarme o le pondré quejas a mi papá —chilla como una loca y yo niego entre risas. —No te imaginas como admiro a mi papá y todo lo que hace para protegernos. —No te olvides de mamá, y todo eso pasa porque subestiman a las mujeres. Ambos reímos al recordar nuestra infancia y el resto del tiempo que pasamos juntos con nuestros padres. Ahora que recuerdo no he pasado tiempo con mis hermanos menores y todo por estar trabajando. —Es cierto y también recuerdo cuando mamá nos llevó a España y luego no quería volver con nuestro padre. —Sí, de eso me acuerdo y también de lo unido que somos. —Sí, como por ejemplo el día que le jalaste el cabello a la maestra de tu clase. —Ni me lo recuerdes porque si volviera a pasar te juro que la arrastro y le tiró una bala en su puta cabeza. —Calma, deja de ser agresiva —hablo entre risas. Recuerdo que mi padre me dijo que mató a la maestra porque nos delató a la policía, si ella no se hubiese metido con nosotros estuviese viva en este momento. —Lo dejaré hasta que hables conmigo, necesito que hables con tu hermana de nacimiento —sabía que esto es lo que tramaba. —No quería hablar de ese tema, pero ahora que insistes y sin dejar atrás que has venido en bicicleta y no montando. Ahora puedo ver que está cansada, ja, ja, ja... creo que mi hermana no está montando porque no tiene la vestimenta adecuada o porque no encontró a nadie que le ensillara el caballo. —Ni me lo recuerdes, ¿sabes cuánto tiempo tengo de no andar en una bicicleta? —se queja. —Nadie te mandó a que me siguieras —recalco. —Sabes por qué estoy aquí, entiende que eres mi hermano, pero hay mil cosas que no sabes y una de ellas es que Caramelo —volteo los ojos al escuchar el nombre del que no quiero escuchar. —Ah, demasiado Caramelo por hoy —pongo mis ojos en blanco. —Es que tienes que saber algo importante —insiste. —No, porque necesito alejar mi mente de esa mujer, no te imaginas el dolor que siento en mi corazón —mi voz se debilita—. No te negaré que me dio un alivio verla completa, pero a la vez me enfurece saber que mientras ella se casaba y se daba la vida de rica, ¡yo!, me estaba ahogando de desesperación por pensar en su bienestar. —Sé que no estuvo bien su decisión, pero lo hizo porque estaba bajo amenaza. —¿Qué es lo que estás diciendo? —dejo de ver el agua para verla a los ojos. —Ella fue amenazada —asiente. —Mmm... y ella lo mató hasta que cumplió un año —siseo entre dientes. —Dayron.
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