CAPÍTULO 3 — Lo que entra por mi nombre

1637 Words
CAPÍTULO 3 — Lo que entra por mi nombre  Nadia me toca la clavícula con dos dedos, justo donde quedó el brillo. —No duele —le digo—. Quema… bonito. —Así se siente la responsabilidad cuando no te rompe —responde. Me explica sin rodeos: una portadora abre y cierra. No empuja puertas; invita. Para abrir, la piedra exige tres cosas: mi nombre, el del lugar y el del que pido. “No se puede mentir —dice—. La piedra huele la mentira y se cierra para siempre.” Ares escucha, apoyado en un pilar, como si contara mis respiraciones. —Probemos con una puerta menor —propone—. Si te agota, paramos. Me lleva a un arco bajo que asoma a un patio con naranjos. Es una puerta interna; no da al exterior, pero el Santuario igual la custodia. Pongo la mano en el dintel. La piedra está tibia, expectante. —No intentes forzarla —dice Ares, muy quedo—. Invítala como invitarías a una bestia arisca: enseñando las manos vacías. Cierro los ojos. Digo mi nombre en silencio. Luego, el del Santuario, que no es “Santuario” sino un sonido antiguo que vibra en el paladar. Cuando digo el tercero —patio de naranjos—, la piedra exhala. El arco respira conmigo. Se abre. No es un movimiento: es un consentimiento. Cruzo y río sin querer. La alegría me toma de sorpresa. —No empujaste —dice Ares, sonriendo con los ojos—. Invitaste. Antes de que pueda contestar, un golpe sacude los muros. Otro. Un tercero. La vibración sube por las columnas como un tambor en un pecho enorme. Bastian aparece corriendo. —Martillos de eco —informa—. Los Torres quieren asustar a las puertas. El Santuario resuena grave, como si se ofendiera. Ares no grita; reparte órdenes con el gesto. —Puertas Norte y Este, doble guardia. Nadie responde con acero. Responde la casa. El tambor insiste. Instintivamente, meto la mano en la fuente cercana. El agua me muerde de frío y, de golpe, entiendo algo que no sabía: la vibración puede diluirse. Deslizo la palma por la superficie y la devuelvo a la piedra. El golpe que sigue llega… amortiguado, como si hubiera llovido dentro de la roca. Nadia me mira de reojo. —Hija de Mar —murmura, y por primera vez la frase me suena a puerta entreabierta. Un Centinela pequeño, de ojos rápidos, aparece jadeando en la galería. —¡Draven! Mensaje desde la Puerta Sur. Una chica pide paso por Valeria. Dice que la portadora la llamó antes de anochecer. Siento el mundo acomodarse en otro ángulo. —¿Cómo se llama? —pregunto, con la boca seca. —Alma. El nombre me parte en dos. La veo, trece años, robándome moras; dieciséis, riéndose a carcajadas en medio del río; esta mañana, apretándome la mano en el claro. —La querrán usar para abrirte— advierte Ares—. Si te chantajean con ella, no— —No es chantaje —lo corto, segura de una seguridad que no sé de dónde sale—. Si Alma dice mi nombre, yo se lo debo. Ares no discute. Solo asiente, como quien reconoce un juramento viejo. —Vamos. La Puerta Sur es menos solemne que la principal: un arco doble con raíces petrificadas abrazando la piedra. A un lado, tres Centinelas y Nadia; al otro, el foso y, más allá, el bosque. Alma está en el borde externo, despeinada, con el labio partido y esa terquedad que me salvó la vida más de una vez. —Val —grita cuando me ve—. No vuelvas. Solo… déjame entrar. Me arde la garganta. —Nadie te toca —le digo, y alzo la mano hacia el dintel—. Déjenme hacer esto. La piedra espera. Digo mis tres nombres. No suenan como sonidos, sino como decisiones: —Valeria… Casa que guarda… Alma. El arco palpita, tibio. Nadie respira. La puerta acepta. Alma cruza en tres pasos, tropezando, y se me estrella en el pecho. Huele a humo y a bosque y a nosotros con dieciséis. —Te golpearon —susurro. —Me gritaron. Me alcanzó el palo del Beta. —Se separa y me agarra la cara—. No mires atrás, ¿me oyes? Damián… —traga—. Van a anunciar su unión con otra para arreglar su “vergüenza”. Y además… —¿Además? —Tu padre. —La palabra cae como una piedra a un pozo—. Anoche fueron a buscarlo. Dice el Beta que “custodiado” hasta que vuelvas. “Por tu bien”, Val. —La risa que le sale es una herida—. Por tu bien. El Santuario parece volverse más frío. Siento a Ares a mi lado, firme. —Quieren atraerte —dice sin suavizar—. Si salimos así, ganan el tablero antes de jugar. —Es mi padre —respondo, y me sorprende oír mi voz sin gritar. Nadia toma aire. —Confirmaremos. Nadie se mueve por un rumor. Y no estás sola. Alma me aprieta la muñeca. —Hay más —agarra mi atención—. El viejo Santiago del molino te mandó esto. —Saca de su bota una piedrita negra con una runa tosca—. Dijo que te lo dio tu papá hace años “por si algún día hacía falta”. Para llamar al agua, dijo. La toco. La marca canta, delicada. La pongo en la fuente de la Puerta. El agua tiembla. Un reflejo se arma, se desarma, se arma otra vez hasta convertirse en una cara borrosa que conozco a pesar de las nieves y las ojeras: mi padre. No habla con la boca; habla con el agua, con retazos de memoria que aprendió a juntar. Hija… si te llega… no vuelvas por mí. No soy rehén; soy puente. Tu madre me enseñó a sostenerte así. Eres de mar y de luna. No le debes obediencia a ningún hombre que se llame destino. La imagen parpadea. No creas que te rechazan por lo que te falta; te temen por lo que abre. Se corta. Me quedo con la mano en el agua y el pecho lleno de ruido. Ares está muy quieto. —Tu padre te dio instrucciones, no una cadena —dice—. Y nos dio un dato: sabe del Santuario, sabe cómo hablarle. No es un aldeano más. —No. —La palabra me sabe antigua—. Nunca lo fue. Siempre evitó contarme de mi madre. La llamaba Mar cuando creía que yo no escuchaba. Bastian llega con una señal desde la muralla. —El Beta pidió “parlamento”. Quieren hablar a solas con “la loba que se equivocó”. —No te expones —dice Ares, seco. —No voy a salir —respondo—. Van a entrar. Por mí. Alma me mira como si quisiera atarme a una silla. Nadia niega con la cabeza. —No abrimos a enemigos. —No a ellos. —La marca arde suave. Sé lo que voy a decir incluso antes de entenderlo—. Pido asilo para quien trae esa mentira en la boca… si decide soltarla. —Levanto los ojos hacia la línea de estandartes—. Para quien diga la verdad. Ares me sostiene la mirada. —Eso los rompe por dentro —susurra—. Les ofreces una salida que no los humilla frente a los suyos. —Les ofrezco elegir —respondo—. Como me ofreció el Santuario. Me adelanto un paso hasta el umbral, sin cruzarlo. Alzo la voz, que no es grito; es piedra. —Puerta Sur reconoce mi nombre. —El eco me devuelve firmeza—. Si alguno de ustedes trae verdad, pido paso por él. —Silencio—. El que mienta, que se quede donde está. El viento dobla los estandartes. Un murmullo corre por la línea. El Beta aprieta la mandíbula. Y entonces ocurre lo que no esperaba: una figura se separa del grupo. Un hombre joven, con la insignia de mensajero de los Torres, da dos pasos al vacío del foso y alza las manos, temblando. —Yo… —traga—. Yo quiero entrar. La piedra bajo mis dedos tiembla, reconociendo la decisión. Alma me aprieta el brazo. Ares no me toca, pero su presencia es un ancla. Digo los tres nombres. El arco consiente. El mensajero cruza, pálido de susto y de algo parecido a alivio. Se arrodilla apenas toca el suelo del Santuario. —Me llamo Iker —su voz sale rota—. Y vengo a decir la verdad: no tienen a tu padre. Lo buscan… porque creen que es de los tuyos. —¿De los míos? —mi garganta apenas deja pasar el aire. Iker asiente, mirando la piedra. —Creen que tu madre fue del Mar de verdad. Y que tu padre sabe dónde abre. Ares exhala como si hubiera encontrado por fin la primera pieza de un mapa. —Entonces no quieren canjear —resume—. Quieren llegar primero. El Santuario, muy hondo, vuelve a hablar. Ya no es susurro: es campana. Portadora, viene cualquiera que diga la verdad. Pero no todos dicen su nombre entero. Siento la piel helada. Giro hacia Iker. —¿Cuál es tu nombre entero? El mensajero levanta el rostro. Tiene los ojos llenos de miedo y de decisión. —Iker Montalvo —dice. El apellido me golpea como una ola. Montalvo. El mío. La piedra, entonces, ruge.
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