Episodio 4

1966 Words
''Oye, linda, no te hagas la difícil. Eres mujer y, en cualquier caso, estás sola. Deberías sentirte afortunada de que alguien como yo quiera pasar una noche contigo. No te lo estoy preguntando; te lo estoy comentando''. Leah leyó el mensaje de texto enviado a Camila y sintió que la incomodidad le subía por la piel. —Hay que imprimir esto enseguida. Si logramos copias de estos mensajes, son pruebas válidas. Aunque las cámaras serían aún mejores, dudo que Rey quiera colaborar con nosotras —dijo, cerrando el teléfono con determinación. —Rey es una buena persona. No se parece en nada a Michelle, pero ya no sé qué pensar... —respondió Camila, insegura. —Tienes razón. Mejor vamos a fotocopiar esto. Quizás hoy podamos terminar con esto de una buena vez —insistió Leah, con una chispa de esperanza. Ambas tomaron un taxi hacia un centro de impresión, donde sacaron varias copias de la conversación y las organizaron en una carpeta para presentarlas a Michelle más tarde, antes de que terminara su supuesta jornada. Michelle nunca estaba presente en las emergencias, tal como había acordado Leah desde el principio. Al salir del centro, Leah se volvió hacia Camila. —Ya que tenemos cuatro juegos de copias, yo me quedo con dos. Tú toma capturas de pantalla de la conversación, por si él las elimina. Iré a casa a cambiarme y almorzar rápido, y regreso enseguida. —Sí, está bien. Nos vemos a las 5 p.m. —asintió Camila. Mientras se despedían, Leah se encontró con Brian en la parada de autobuses. —Vaya, mira a nuestra querida heroína y defensora de todos los enfermos —dijo él con una sonrisa sarcástica. —Te recuerdo que, aunque no estemos en horario laboral, aquí puedo decirte todo lo que no me atreví a decirte de manera educada —respondió Leah, con firmeza. —Oye, relájate. No tenemos por qué llevarnos tan mal; tal vez podríamos conocernos mejor —Brian se acercó, intentando tocar su brazo, pero alguien lo empujó hacia atrás. —Oye, Brian, no te pases —intervino Rey, con una mirada seria. —¡Hoy el día está lleno de sorpresas! —rió Brian—. ¿Qué hace aquí la mascota de Michelle defendiendo a la heroína del hospital? —Te agradezco que la respetes. No estamos en horario laboral, y no tendrás como quejarte si te gano en una pelea —respondió Rey, firme. Brian soltó un grito de ira y empujó a Rey. La tensión se palpaba en el aire mientras los transeúntes se giraban a mirar. Leah se acercó a Rey, deteniéndolo mientras Brian se recuperaba y se marchaba en un taxi, lanzando amenazas. —¡Váyanse al diablo, imbéciles! Michelle se enterará de lo de hoy, Rey. Te lo aseguro, y tú vendrás a mí tarde o temprano —gritó mientras se alejaba. —Gracias, Rey, por defenderme, aunque no hacía falta. Ahora tú también estarás en problemas con Michelle —dijo Leah, cruzándose de brazos. —No pasa nada. No le debo nada a ella y tampoco le tengo miedo. Pero sí me gustaría hablar contigo. —Agradezco lo de hace un momento, pero no tengo nada que decirte. —Creo que sí. Hay una situación que debo explicarte. Si tan solo me dieras la oportunidad... —No necesito que me expliques tus amoríos con la directora —interrumpió Leah. —No es así, Leah. Lo que sucede es... —Lo que sucede es que tú estás al lado de ella por beneficio propio. Haces como si todos realmente te importáramos, pero al final, estás solo a tu conveniencia. —Creo que estaba equivocado contigo. No eres la mujer humilde que pensaba... —Yo creo que tú no sabes con quién tratas. ¿Alguna vez has oído hablar de la honestidad? Es increíble que tus compañeros de trabajo confíen en ti mientras los atacas o ignoras por tus propios intereses. Lo siento, no es mi problema tu relación con ella. Si eres feliz con ella, bien por ti, pero no apoyo esta situación. Leah se dio la vuelta, marchándose con rabia, dejando a Rey sin más palabras. Desde el mediodía hasta la tarde, la molestia de Leah persistía respecto a la conversación con Rey. Quizás había tenido demasiada estima por él en tan poco tiempo, o tal vez había algo más. Las horas pasaron. Leah se vistió informalmente con unos pantalones de vestir y tacones bajos negros, complementados con una camisa rosa y un bolso blanco. Al salir de su apartamento, tomó un taxi hacia el hospital. Allí, encontró a Camila esperando discretamente, ambas con carpetas en mano. —¿Estás lista? —preguntó Leah. —Para serte sincera, estoy muy asustada y nerviosa, pero no me voy a rendir —respondió Camila con una sonrisa cómplice. Al entrar al hospital, se encontraron con Fabián y Brian, quienes las miraron burlonamente, pero las chicas no se detuvieron. Caminaron hacia el despacho de Michelle, tocando la puerta. Rey salió, sorprendido al ver a Leah. —Por favor, infórmale a Michelle que estoy aquí para hablar con ella ahora, urgentemente —dijo Leah, con determinación. —Está bien. No creo que a ella le guste esto... —Rey volvió a entrar. Un momento después, salió. —Pueden pasar. Michelle las recibió con una mirada fría, sus manos entrelazadas bajo la barbilla. —Y bien, ¿cuál es tu interrupción hoy? ¿Y qué hace ella aquí? —preguntó, con desdén. —Buenas tardes, doctora Michelle. Disculpe por interrumpirla, pero le presento las pruebas de uno de los doctores que fomenta acoso hacia la enfermera aquí presente —dijo Leah, colocando la carpeta en el escritorio de Michelle. Al abrirla, la expresión de Michelle cambió a sorpresa. —Rey, llámame a Fabián ahora mismo —ordenó, y él salió rápidamente. —¿De qué se trata esto, doctora Michelle? —preguntó Fabián, despreocupado. —¿Qué significa esto? —Michelle le mostró la carpeta. —Esto claramente es un Photoshop. ¡No fui yo! —se defendió Fabián, alterado—. Esta mujer está obsesionada. —¿Obsesionada yo con ustedes dos? ¡No me hagan reír! Ustedes no solo me han estado molestando a mí, sino también al personal y a algunos pacientes. —¿Te das cuenta de la acusación que estás haciendo? —Fabián se rió, despectivo. Leah, indignada, respondió: —¿Qué te da risa? Aquí están las pruebas de lo que tú estabas enviando. —¿Y dónde están las pruebas de que yo he acosado al resto? —se burló—. Puedo denunciarlas por difamación. Puede que le haya escrito a Camila, pero ¿qué pruebas tienen de que yo haya cometido un acto así? —Y él tiene razón. A mí me consta que ambos han tenido un comportamiento muy ejemplar en este hospital —intervino Michelle. —¿Le parece ejemplar el comportamiento tan incómodo e irrespetuoso de estas dos personas? ¡Así es como usted lleva su hospital?!—replicó Leah, furiosa. —Cuidado con tu tono, Leah. Eres solo una doctora de emergencias que tuvo suerte en conseguir este cargo. Puedo enviarte de regreso en cualquier momento. Leah se quedó sin palabras, furiosa. Entonces, Rey dio un paso al frente. —En realidad, doctora Michelle, tengo pruebas de que lo que ellas dicen es cierto. —¡Yo no te he pedido opinión, Rey! —respondió Michelle, iracunda. —Como parte del personal de este hospital, tengo derecho a dar mi opinión, quieras o no. Tengo las grabaciones de las cámaras. Si no quieres ir a verlas, puedo enseñártelas, y si no estás dispuesta a mediar, no tendré más remedio que atestiguar con la carta que va a escribir Leah, dirigiéndola al ministerio de salud. La sala se llenó de asombro. Fabián y Michelle estaban furiosos, pero Leah y Camila sonrieron, aliviadas por la ayuda de Rey. —¡Esto es una estupidez! ¡Nunca crecerán como hospital y jamás surgirán como profesionales! —exclamó Fabián, saliendo enfurecido, seguido de Brian. Al salir de la oficina, Camila abrazó a Leah, agradecida. Pero la historia no terminó tan bien para todos. —Te quedas a conversar, Rey —ordenó Michelle. —Claro, con mucho gusto —respondió él. Leah lanzó una última mirada antes de irse con Camila. Al llegar a su apartamento, se sintió más ligera, pero también preocupada por lo que podría pasar con Rey. Eran cerca de las 10 p.m. y Leah estaba casi dormitando en el sillón mientras veía una película. De repente, su teléfono sonó. No atendió la primera vez, pero la insistencia la despertó. —¿Sí, diga? —Estoy en la estación de autobuses. Hay un restaurante cerca, prometo que es muy lindo... ¿puedes venir a conversar? Su corazón se detuvo por un momento. —¿Hola? —Sí, claro. En 30 minutos nos vemos en la estación. Después de colgar, Leah salió disparada a cambiarse. Optó por unos jeans negros y una camisa roja casual, añadiendo una chaqueta de mezclilla. Se maquilló rápidamente y peinó su cabello antes de salir corriendo. La estación no estaba tan lejos, así que Leah corrió mientras el frío le acariciaba el rostro. Al llegar, vio a un hombre de cabello castaño y coleta, con una bufanda gris y un abrigo n***o. —Creí que no vendrías —dijo Rey, escaneándola con la mirada—. Hacemos juego con los zapatos hoy. —Sí, supongo que sí —respondió Leah, sonriendo. —Bueno, sígueme. Caminaron en silencio hasta llegar a un acogedor restaurante de pasta, con luces tenues y mesas de roble. Allí pidieron la misma pasta de cuatro quesos, pero el silencio reinó entre ellos. Leah estaba confundida; Rey no decía nada, y ella no se atrevía a romper la calma. Al terminar la cena, Rey se levantó. —Ven, te llevaré a casa. Leah asintió, algo decepcionada. Pasearon por una calle adornada con árboles de cerezo, donde los pétalos caían como un suave adiós a la estación. —Michelle quiso despedirme. —¿Qué? ¿O sea que pasado mañana no estarás? —preguntó Leah, alarmada. —Sí, claro que sí, déjame terminar —rió Rey—. La amenacé con llevar el problema de Fabián y Camila al ministerio de salud, junto con nuestro pequeño secreto. Se relajó obligatoriamente. —La sobornaste... ¿por qué? Rey suspiró, conectando miradas con ella. —Porque tenías razón... y espero que me perdones. Cuando llegué al hospital, el ambiente no era bueno, pero la paga era buena. Michelle se comportó bien conmigo, hasta que un día me ofreció más dinero si pasaba la noche con ella. Necesitaba el dinero, mi madre ha estado delicada de salud, así que acepté. Agachó la mirada, avergonzado. —Lo hice por mis propios beneficios. Ignoré lo que sucedía alrededor hasta que me enfrentaste y me hiciste pisar tierra. También me gusta mi trabajo, y no le presté atención. Perdón por lo que te dije ese día. —No, Rey. Perdóname tú. Te dije cosas hirientes sin considerar quién eres y qué te ocurre. Solo reaccioné por la situación. —No te disculpes, no te equivocaste. Fui yo el que me equivoqué, y ahora soy yo el que te tiene que pedir una oportunidad. Tal vez podamos formar una linda amistad, ¿no crees? Sus miradas se encontraron, y la conexión era palpable. Él extendió su mano hacia ella. —¿Podrías entonces perdonarme y darme la oportunidad de demostrarte quién soy realmente? —Sí, claro que sí... —dijo Leah, sonriendo—. Sorpréndeme. Ambos sonrieron, sintiendo la calidez de sus manos entrelazadas. Desde ese momento, su relación de amistad, comenzó a convertirse en un torbellino de emociones con un hermoso secreto.
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