Al otro lado del continente sudamericano, en la ciudad de Madrid, Héctor contemplaba su hijo dormir, observaba la manija del reloj cada instante, se sentía desesperado no verlo despierto, su corazón se afligía solo de pensar que no volviera a despertar. Ya que habían pasado varias horas desde que Adrián se quedó dormido, y aún no despertaba. En el momento mas critico de la desesperación de Héctor, el joven de aproximadamente veintiséis años abrió los ojos —Padre—pronuncio el hombre de la cama. Ante el llamado de su hijo, Héctor caminó hacia él. —Hijo tranquilo, el doctor dijo que recuperaras el movimiento de tus piernas en unas semanas. —Padre lo único que me importa es, saber si Erika murió, de ser cierto lo que dijo aquél niño, no tendería sentido vivir —Héctor se quedo pensante, n

