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1655 Words
Viajes, drogas, armas, a eso se resumía la vida después de muchos años en este negocio, no era dificil entender que algunos pagaban sangre con sangre. Caminó una figura delgada y curveada por el pasillo oscuro del gran almacén, entre muchas cajas enormes, otras más pequeñas. Juro que lo mataré si lo vuelvo a ver, pensó Nayla, ese idiota me quitó al menos un millón y vivo no saldrá de esta. Pasos más fuertes se escucharon además de los de Nayla, los de un hombre. — ¡Sal de donde quiera que estés, infeliz! —Vociferó la mujer. En ese momento las luces del pasillo se encendieron y se divisó la figura de aquel hombre que ella buscaba. — ¿Sabes? Siempre me han gustado las mujeres bien proporcionadas, como tú —dijo, sonriéndole de medio lado. Se dio la vuelta, observando el vacío. —Que ironía, a mi de niña me gustaba sacar a damitas de apuros, ¡y mira con quien me he encontrado! —Soltó con sarcasmo. Sacó una pistola, el sonido desar. – Sólo que yo no tomó malas decisiones, yo actúo en el momento —soltó el aire contenido, y salió del almacén. Un nuevo cheque, un millón que me debían, otro medio millón por matar a este idiota. Nayla sonreía victoriosa. Gente de alta sociedad, la familia Gills, dieron la orden, aseguraron que su nombre estaría limpio y libre de cargos, no dieron explicaciones exactas de por qué querían a ese hombre muerto. Como cosa normal, ella solo se encargaba de que la sangre corriera. Subió a su auto, un Porsche 918 Spyder platino, aceleró por la autopista de la ciudad hasta llegar a las afueras, por un bosque y luego: casas. Muchas casas caras, mansiones, quintas y una que otra tan exagerada como un hotel. Nayla relajo su pie del acelerador, para llegar a su “sencilla” casa blanca de tres pisos. “¿En serio tengo que vivir en un lugar así? Odio las cosas tan extravagantes”, dijo para sí misma. El portón se abrió de par en par, dejando que el auto se adentrara a la casa pasando frente a una fuente que estaba en el centro. La casa era imponente, a pesar de ser la más simple en la calle. Tenía la fachada con columnas gruesas, al estilo de la antigua Grecia. El porche y el garaje era lo primero que divisabas; el porche tenía unas bancas con cojines negros a los lados de la puerta, con cierta distancia, frente a cada banca había una pequeña mesa de café, parecía que ibas a entrar a un restaurante. El garaje, que guardaba otros dos vehículos y una moto, tenía un suelo de madera y con el mando hacía que se elevara la puerta. Dejó el auto en el espacio que sobraba, salió de este y camino hacia adentro por la puerta que conectaba el garaje con la cocina. —Ya llegue —dijo con la voz relajada. — Vacío, bien. Seguro Meredith se fue a dormir. Nayla dejo las llaves sobre el mesón de la cocina, caminó hacia la nevera, tomó un refresco y subió a su cuarto. “En serio odio subir escaleras, hablaré con Juls para ver si al fin hace una buena remodelación. Algo no tan barroco.” El sonido de unos pasos la sacó de sus pensamientos, dejo la lata de refresco sobre una mesa que tenía un florero. Subió lento hacia su habitación, con cuidado y sigilo. Se acercó a la puerta, sacó un cuchillo de su bota izquierda, acercó su mano al pomo y observaba por el espacio que se había hecho. La lámpara en su mesa de noche estaba encendida, era la única luz en el cuarto. — ¿Meredith eres tú? —inquirió, no quería matar a la empleada, cocinaba bien. — ¿Eh? —la voz de un hombre, medianamente alto y un poco fornido quien apareció frente la luz. — ¿Quién eres tú? —ocultaba el cuchillo metiéndolo en la correa por la parte de atrás, casi cortándose la espalda por estar aún un poco desconcertada. — ¿Te gusta saber el nombre de los que vas a matar? —preguntó con sorna, sentándose en la cama. —Cuando es necesario, sí ­—ladeaba la cabeza, con un poco de picardía. —Pero eres tú aquí el que invade propiedad privada. —Y justo la de una mafiosa que es capaz de clavarme un cuchillo —una sonrisa maliciosa apareció en el rostro de Nayla. —Oye, en caso de cualquier cosa, —suspiró como si estuviese cansada —tú lo pediste —sacó el cuchillo detrás de su espalda, sus labios eran una línea recta, sus ojos veían con aprecio el filo del arma. — ¿Te gusta matar? —preguntó el hombre con tristeza en su voz, no lograba ver su rostro en totalidad por la falta de iluminación. Pasaba las manos por la sabana, como una suave caricia. — ¡Hey! esas sabanas son más caras que tu vida —lo apuntó con el cuchillo. – Y digamos que matar es algo como un... Hobby — sonrió, como si debelara un secreto. – Sí, mutilar, disparar, torturar, ver como se desangran, ruegan misericordia por sus patéticas vidas. — ¿Tienes una lista con las muertes que has causado? —inclinó un poco su cabeza, dejando sus manos sobre su regazo. —Sí —murmuró. — ¿Seré parte de ella? —se levantó de la cama, acomodó su camisa. Nayla observó bien su rostro. —Así es, McCray —aseguró, dejando que el cuchillo se incrustara justo en su corazón. Soltó un suspiro, se acercó a la orilla de la cama y se acostó lentamente. – Hoy fue un día atareado. Se sacó las botas como pudo, se quitó la camisa y dejó que el sueño la consumiera, su cuerpo cedió en pocos minutos. Debía sacar el cadáver, pero prefirió dormir y olvidarse del mundo por un rato entre sus sabanas caras. Ya mañana resolvería ese tema. . . . . . . Caminó una figura delgada y curveada por el pasillo oscuro del gran almacén, entre muchas cajas enormes, otras más pequeñas. Juro que lo mataré si lo vuelvo a ver, pensó Nayla, ese idiota me quitó al menos un millón y vivo no saldrá de esta. Pasos más fuertes se escucharon además de los de Nayla, los de un hombre. — ¡Sal de donde quiera que estés, infeliz! —Vociferó la mujer. En ese momento las luces del pasillo se encendieron y se divisó la figura de aquel hombre que ella buscaba. — ¿Sabes? Siempre me han gustado las mujeres bien proporcionadas, como tú —dijo, sonriéndole de medio lado. Se dio la vuelta, observando el vacío. —Que ironía, a mi de niña me gustaba sacar a damitas de apuros, ¡y mira con quien me he encontrado! —Soltó con sarcasmo. Sacó una pistola, el sonido del seguro resonó por el almacén. —Ahora, dame mi dinero o te mueres —dijo Nayla, con una mirada psicópata, el brillo de sus ojos por sangre y una línea en sus labios que no dejaba a entender si realmente lo disfrutaba. —Que dura eres, Nay —bramó dándole la espalda, casi como si hablara para un público. —Tus padres estarían tan tristes al ver en quién te has convertido, parte de mafias, sicario, con el pulso exacto pero con decisiones tan malas como, por ejemplo, darle dinero a un estafador —se echo a reír, el eco de su risa he yo no tomó malas decisiones, yo actúo en el momento —soltó el aire contenido, y salió del almacén. Un nuevo cheque, un millón que me debían, otro medio millón por matar a este idiota. Nayla sonreía victoriosa. Gente de alta sociedad, la familia Gills, dieron la orden, aseguraron que su nombre estaría limpio y libre de cargos, no dieron explicaciones exactas de por qué querían a ese hombre muerto. Como cosa normal, ella solo se encargaba de que la sangre corriera. Subió a su auto, un Porsche 918 Spyder platino, aceleró por la autopista de la ciudad hasta llegar a las afueras, por un bosque y luego: casas. Muchas casas caras, mansiones, quintas y una que otra tan exagerada como un hotel. Nayla relajo su pie del acelerador, para llegar a su “sencilla” casa blanca de tres pisos. “¿En serio tengo que vivir en un lugar así? Odio las cosas tan extravagantes”, dijo para sí misma. El portón se abrió de par en par, dejando que el auto se adentrara a la casa pasando frente a una fuente que estaba en el centro. La casa era imponente, a pesar de ser la más simple en la calle. Tenía la fachada con columnas gruesas, al estilo de la antigua Grecia. El porche y el garaje era lo primero que divisabas; el porche tenía unas bancas con cojines negros a los lados de la puerta, con cierta distancia, frente a cada banca había una pequeña mesa de café, parecía que ibas a entrar a un restaurante. El garaje, que guardaba otros dos vehículos y una moto, tenía un suelo de madera y con el mando hacía que se elevara la puerta. Dejó el auto enma, acomodó su camisa. Nayla observó bien su rostro. —Así es, McCray —aseguró, dejando que el cuchillo se incrustara justo en su corazón. Soltó un suspiro, se acercó a la orilla de la cama y se acostó lentamente. – Hoy fue un día atareado. Se sacó las botas como pudo, se quitó la camisa y dejó que el sueño la consumiera, su cuerpo cedió en pocos minutos. Debía sacar el cadáver, pero prefirió dormir y olvidarse del mundo por un rato entre sus sabanas caras. Ya mañana resolvería ese tema.
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