Susana se fue, creí que tomaría rumbo hacia el baño; pero en lugar de eso se dirigió hacia su pieza. Se acostó boca arriba en su cama, hizo a un lado la tanga y comenzó a pajearse. ¡Ay, señora Susana! ¡Usted se está portando mal, y yo la estoy mirando! ¿Qué pensaría esa mujer si supiera que en ese preciso momento había alguien observando todo lo que hacía… mirando cómo sus dedos se desesperaba por frotar su clítoris o por enterrarse en el agujero de su concha. Susana, está muy mal eso de pajearse con la cara llena del semen de su propio hijo. Usted es una sucia pervertida. Bueno, quizás yo también lo soy, porque empecé a montar el consolador y a frotarme el clítoris mientras miraba esa morbosa escena. Y no terminó ahí, Claudio me estaba reservando una gran sorpresa. El pendejo, con

