Leobardo Faltaban unos días para el cumpleaños de mi madre y no sabía que iba a hacer. Sabía que Manuel tenía razón: si llegaba solo, estoy seguro de que me haría un interrogatorio y saldría todo a la luz: cómo me había enamorado y cómo había sido engañado por la maravillosa mujer de la que yo le había hablado. Así que llamé a Manuel y él de inmediato me contestó. —La respuesta es no. Yo retiro mi teléfono para revisar si me he equivocado de número y no, justo el nombre de mi queridísimo tío está en la pantalla. Así que lo vuelvo a colocar en mi oído y suspiro. —Aún no te digo qué necesito y ya me estás diciendo que no, de verdad. Yo suelto una carcajada y niego; es un maldito cobarde. —Primero que nada, no se trata de mi madre. Estoy saliendo del departamento y pensaba ir a desayun

