El tacto de Hadriel era firme y cálido, transmitiendo una mezcla de seguridad y vulnerabilidad. Mientras sostenía las manos de Hellen, una corriente eléctrica recorría su cuerpo, haciéndola consciente de cada punto de contacto. Las manos de Hadriel, fuertes y protectoras, contrastaban con la suavidad de su propia piel, y ese simple gesto hizo que su corazón latiera con más fuerza. Cuando Hadriel pronunció su nombre, Hellen sintió que el mundo se detenía por un instante. Sus ojos turquesas, profundos y brillantes, la miraban con una intensidad que la desarmaba. Eran como dos océanos que podían ver a través de su alma, desnudando sus miedos y deseos más profundos. Esa mirada la hacía sentirse vista, como si no hubiera nada en el mundo más importante para él en ese momento que ella. El cabel

