En cuanto ingresé, por una estrecha puerta de color verde, pude ver que había mucho a luz el interior de la oficina de quién fuera quién fuera. Las paredes eran cálidas, y un gran ventanal daba una profundidad hermosa en el sitio. "Ojalá mi auto fuera así de grande", pensé. —¿Perdón? —una voz gruesa, me preguntó. —¿Eh? Buen día —dije simplemente y el asintió, estiró la mano para indicarme que me pudiera llegar a sentar. Y eso hice. Sentía que estaba en la oficina de un profesor. Le extendí la hoja de vida y el la observó en silencio. —Lo lamento, no la podemos contratar. ¿Qué? ¡Pero si dije pocas palabras! Yo lo miré con curiosidad, sin entender muy bien porque motivos. Tenía buenas notas de la universidad, había salido con un buen promedio y siempre había trabajado la empresa

