El reloj de la comisaría marcaba las 02:17 a.m. Isabella estaba sentada en una silla dura, con los dedos entrelazados, sin parpadear. No lloraba. No temblaba. Estaba procesando… y ardiendo. La puerta metálica se abrió con un chirrido. El abogado de Dante —un tiburón con traje italiano y pelo perfectamente peinado— entró con paso rápido. Lorenzo Rivas. El hombre que había salvado a Dante más veces de las que Isabella imaginaba. —Señorita… —dijo sin perder el aliento— no toque nada, no diga nada y no firme absolutamente nada. Dante ya me lo pidió. —¿Dónde está? —preguntó ella con una voz que salió como un hilo… pero con filo. —Interrogatorio preliminar. —Respiró— Lo detuvieron por “obstrucción de investigación y manipulación de información”. Hizo un gesto de desprecio. —Una jugad

